No hay que remontarse muy atrás en el tiempo para encontrar tiempos felices para Deutsche Bank en los parqués. En los inicios de la primavera de 2015, el banco germano avanzaba espoleado por el recién estrenado plan de compra de deuda del BCE y las favorables expectativas para la economía europea, apoyadas en la debilidad del euro y el abaratamiento del petróleo. En los poco más de tres meses desde el arranque de 2015, las acciones del banco germano habían logrado apreciarse más de un 30%.

Dieciocho meses después de aquello, la estampa que deja Deutsche Bank en los mercados es mucho más inquietante. En este periodo ha visto evaporarse dos tercios de su valor bursátil, reduciendo su valor a menos de 15.000 millones. Más de 30.000 millones de capitalización, o el equivalente a unos 60 millones de euros al día, han volado de las acciones del gigante financiero alemán ante las crecientes preocupaciones sobre la situación de su balance.

La presunta negativa del Gobierno germano a respaldar al banco, aireada por distintos medios, y el temor a una nueva ampliación de capital han puesto a Deutsche Bank, este lunes, en el foco de la preocupación de los inversores. Sus acciones retrocedieron más del 7,5%, hasta su nivel más bajo desde que empezó a cotizar en el mercado Xetra, en 1992.

El nerviosismo en torno a Deutsche se trasladó al conjunto de la banca europea. El alemán Commerzbank retrocedió más de un 4% y los italianos Mediobanca y UniCredit y el francés BNP sellaron recortes superiores al 3%. También los bancos españoles se vieron penalizados: BBVA cayó un 3,19%; Popular, un 2,54%; y CaixaBank y Santander, algo más del 2%.

El valor bursátil del banco se ha reducido en el último año y medio a un ritmo de unos 60 millones al día”

La amenaza de una multa de hasta 14.000 millones de dólares (en torno a 12.500 millones de euros) en EEUU, por su responsabilidad en la crisis de las hipotecas basura, ha supuesto la última piedra en el convulso camino que ha recorrido el banco alemán en el último año y medio.

Los problemas judiciales han sido, de hecho, una pieza clave en el hundimiento de la entidad. El 23 de abril de 2015, Deutsche Bank recibía el primer golpe al ser sancionado con 2.500 millones de dólares, por su participación en la manipulación de los tipos interbancarios, como el euribor y el libor. Poco después, estallarían nuevos escándalos legales, relacionados con falsedades contables o cooperación con actividades ilícitas. Acusaciones saldadas, en muchos casos, con nuevas sanciones.

Cambio en la dirección

Esta sucesión de escándalos pasó una pesada factura al equipo gestor de Deutsche Bank. El 7 de junio del año pasado, sus dos consejeros delegados presentaron su dimisión. John Cryan, hasta entonces miembro del consejo de supervisión del banco, asumió la gestión del banco y pocos meses después, el 29 de octubre, anunció una radical reestructuración del negocio, en la que se contemplaba, entre otras medidas, la suspensión del dividendo durante dos años y la eliminación de unos 9.000 puestos de empleo.

Nada de esto ha servido hasta la fecha para frenar la hemorragia que sufre el banco en los mercados, en un escenario especialmente complejo para la banca europea. A inicios del presente ejercicio, cuando se conoció que el banco había cerrado 2015 con pérdidas superiores a los 6.700 millones, los recelos del mercados volvieron a hacer mella en el banco, que tuvo que anunciar un plan de compra de deuda para contener los temores sobre su solvencia.

El pasado 30 de junio, el FMI volvía a apuntar hacia Deutsche Bank, al señalarla como la entidad que representa un mayor riesgo para la estabilidad del sistema financiero internacional. No en vano, cada resbalón del banco alemán en bolsa suele ser secundado por el conjunto del sector, que se mueve en sus niveles más bajos en cinco semanas.

Las dificultades para llevar a buen puerto el plan estratégico elaborado hace algo menos de uno año –entre otras cuestiones se duda de la capacidad para encontrar un comprador a Postbank, su filial de banca minorista- ha alentado presiones para que el equipo gestor de Deutsche reelabore su plan. Una de las opciones más comentadas es la posibilidad de vender su división de gestión de activos, aunque el banco alemán se muestra reacio, ya que es una de las más rentables del grupo. La posibilidad de una fusión con Commerzbank también se ha puesto sobre la mesa en las últimas semanas.

Varios recortes de ráting a lo largo del año y la perspectiva negativa que mantienen las principales agencias en la calificación de su deuda son síntomas de que la desconfianza hacia el banco alemán se encuentra muy asentada sobre el parqué.

Como observa Pablo García, director de análisis de Carax-Alphavalue, “un banco no es una empresa normal, sino que la seguridad y confianza del cliente es un factor no clave, sino condición sine qua non“. La amenaza de una millonaria multa en EEUU supone un nuevo golpe a la confianza de los inversores en el banco, ya muy dañada. El otrora gigante financiero alemán continúa menguando; su amenaza para los mercados se mantiene en aumento.