El viaje de John Lefevre por los bajos fondos de Wall Street arranca en el techo de Nueva York. Para ser exactos, en la planta 106 de un edificio que ya no existe. Se desplomó tras el impacto de un Boeing el 11 de septiembre de 2001, pocos días antes de que el joven Lefevre se tomara su primer cóctel en el Windows of the World. Era un salón panorámico ubicado casi en la cúpula de la Torre Norte del World Trade Centre. Con la vista apabullante de Manhattan como fondo, Lefevre y varios compañeros de trabajo, recién conocidos, tomaban copas a las 9.30 de la mañana. Combatían con alcohol duro el bochorno pegajoso del agosto neoyorquino. Y celebraban con brindis inacabables su fichaje por Salomon Brothers.

Lefevre y sus compañeros de farra matinal engrosaban un selecto grupo de 350 flamantes licenciados que el banco de inversión –hoy propiedad de Citigroup- había contratado al dejar la universidad. Ya eran jóvenes ejecutivos, listos para adentrarse en las aguas procelosas de Wall Street. Lefevre, texano, con 23 años recién cumplidos, se zambulló sin pensárselo. Para eso había llegado hasta allí. Tenía madera de bróker y eso se lleva dentro. Lo comprobaría en los años posteriores en Salomon y en su paso por Citigroup en Nueva York, Londres y Hong Kong. Jornadas interminables, estrés a raudales, codazos indisimulados, saltos en el escalafón hacia arriba sin considerar a quién se pisa debajo. Y juerga, mucha juerga. Salvaje, constante, viciosa. Una mezcla interminable de sexo y drogas sin rock and roll. Era como vivir en una peli de Gordon Gekko, pero de verdad. En 2011, una década después de las primeras copas en las Torres Gemelas, Lefevre atesoraba material suficiente como para escribir un libro sobre los lobos de Wall Street.

Pero el gestor optó por otra vía, más novedosa; o al menos original. Abrió un perfil falso de Twitter al que llamó @GSElevator y en él comenzó a tuitear algunas de las frases que oía, o había oído e intercambiado, en sus corta pero intensa carrera como gestor. El nombre y la intención del perfil tenía gancho: conversaciones escuchadas en los ascensores de GS. O sea Goldman Sachs, en aquellas fechas uno de los bancos más cuestionados por su papel en la crisis financiera mundial. @GSElevator empezó a atraer tráfico y en pocos meses contaba con 700.000 seguidores.

Lefevre acabó retirándose del planeta financiero y, con el tiempo, se atrevió a confesarse en un libro. Titulado Directo al infierno, el relato ha causado un considerable revuelo en Wall Street. El bróker texano mezcla sus experiencias laborales y nocturnas con los tuits recopilados en el polémico perfil. Estos son algunos extractos de la obra, publicada en España por la Editorial Deusto.

  • Las frases de ascensor convertidas en tuits.

«Si sólo puedes ser bueno en una cosa, sé bueno mintiendo… porque si eres bueno en la mentira, lo eres en todo».

«Cada año, los niños aprenden una valiosa lección de vida: Papá Noel quiere más a los niños ricos».

«Mi triturador de basura come mejor que el 99% del mundo».

«Cuando en la cola del cajero automático tengo detrás a una tía buena, dejo el comprobante en la máquina para que pueda ver mi saldo».

«Jamás doy limosna a los indigentes, mi conciencia no me permite recompensar el fracaso».

«Hay dos tipos de personas que respeten el límite de velocidad: los maricas y los que llevan el coche cargado de drogas».

«Lo que me falta en habilidades sociales, lo compenso a golpe de cartera».

  • Adolescencia en el internado

«Incluso a esa edad tan tierna, yo ya sabía que quería ir a Wall Street. Nunca me había gustado obedecer a quien representa la autoridad (…) Además de la influencia de haber visto la película Wall Street en la tele por cable, mi fascinación por cristalizó de verdad durante mi primer año de internado. Quedé fascinado por los mercados financieros, los hombres que los dominaban y los beneficios tangibles que se derivaban. Los padres que molaban eran los de Wall Street, con sus coches deportivos y su propensión a soltar tacos. Le decían al decano que íbamos a pasar el fin de semana con ellos en Connecticut, pero nos dejaban sueltos por Nueva York y nos instalábamos en una suite del Waldorf Astoria».

  • Las primeras enseñanzas

«No hay justicia en este mundo. Es una lección muy valiosa para aprender cuando eres joven, especialmente si quieres acabar en Wall Street. He visto cómo despedían a algunos de los mejores operadores y vendedores, en favor de gilipollas inútiles. La gente a la que conoces importa tanto como lo que haces, y la percepción que tienen de ti es tan importante como la realidad».

  • El círculo de amistades

«A estas alturas, los únicos amigos que tengo son analistas de banca y otros colegas. El resto del mundo no entiende el estilo de vida, los horarios interminables, las aulaciones de planes, las borracheras y el sentido del humor nihilista. Dudo que alguno de ellos se haya despertado alguna vez de un colocón en un vagón de metro para ir directamente a la oficina vistiendo el mismo esmoquin de la noche pasada y recibiendo una ovación al llegar».

  • El día a día

«Mi trabajo consiste en dar el pego. También en meterle palos en las ruedas a mis competidores. Por ello, me atribuyo a mí mismo todo el mérito por la organización de las reuniones más importantes, y si logramos un buen pedido, soy el primero en comunicar las buenas noticias. Del mismo modo, domino a la perfección el arte de traspasar a otros la responsabilidad de dar las malas noticias.

  • Los analistas

«Lo peor que te puede tocar en una gira [para comercializar un producto] , con mucha diferencia, es que te lleven como analista. Los analistas son los becarios del mundo financiero. El puesto en el que todo el mundo tiene que aguantar sus tres años de collejas hasta que termina el programa formativo. Mientras dura la gira, son los responsables de transportar los materiales necesarios para laspresentaciones y de supervisar las cuestiones logísticas, como los hoteles, vuelos, coches y cenas. Si voy con ellos, más les valdrá que sepan divertirse. Pocas experiencias son más horribles que tener que matar el tiempo en un vestíbulo de aeropuerto con un abstemio recién salido del Instituto Tecnológico de la India».

  • Las juergas

Al cabo de una gloriosa semana de playa, la realidad me cae encima en forma de una monstruosa cuenta de hotel de más de 25.000 dólares, 12.000 de ellos correspondientes al casino. La tarjeta de crédito que utilicé para reservar no tiene suficiente saldo. Pruebo con otra y también es rechazada (…) No hay nada más que hablar. Pagaré con la tarjeta de la empresa y luego llamaré para pagar antes de que venza el saldo.

  • Las drogas

«En otoño de 2004 me traslado a Hong Kong. Mi guía turístico y tutor es Dennis Lipton, el jefe de ventas de fondos de inversión (…) El primer lunes me cita a las seis de la tarde en el Lobster Bar del hotel Shangri-La para presentarme a uno de sus mejores clientes. ‘Toma esto, te hará falta’. Me entrega un pedazo de papel. ‘Es el número móvil de Joe. Vas a necesitar conocerle, es nuestro proveedor’. Jose, descubro en seguida, es el traficante al que recurren los expatriados. Yo había oído que la gente de Wall Street consumía drogas, pero hasta ese momento no me había preocupado.