En lo más duro de la crisis, los grandes banqueros centrales se afanaban por implementar políticas monetarias que ayudaran a sus divisas a resistir la tormenta. En sus despachos de Frankfurt y Washington, Jean Claude Trichet y Ben Bernanke capeaban el temporal como buenamente podían.

Mientras, en Japón empezaba la gestación de un movimiento del que más tarde el propio Bernanke, durante su mandato como dirigente de la Reserva Federal estadounidense, tendría que hablar. En octubre de 2008 se publicó el primer documento que mencionaba la palabra Bitcoin, en el que se explicaba los fundamentos de esta divisa.

La idea es que fuera una moneda que no estuviera controlada por ninguna institución que pudiera apreciarla o devaluarla. De esta manera, su precio quedaría marcado por las leyes de la oferta y la demanda. A nivel teórico, la tesis partía de que fuera una divisa perfecta para transacciones grandes entre usuarios libres de las comisiones bancarias. Eso no eliminaba absolutamente a las entidades de la ecuación, pero sí abría el abanico para regatear muchas de sus funciones.

El primero en minar, el proceso por el que se obtienen bitcoins, fue un anónimo que decía ser un ciudadano japonés llamado Satoshi Nakamoto, que recibió 50 unidades por ello. De hecho, también protagonizó la primera transacción con Hal Finney, un californiano experto en criptografía y desarrollador de videojuegos.

La oficialidad al bitcoin le llegó de la mano del broker New Liberty Standard, que realizó el primer cambio a dólares: un billete verde se intercambió por 1.309,03 bitcoins. Con el comienzo de 2010 se fijó el precio de cambio público, establecido en 0,003 dólares por cada divisa digital.

A cierre del año 2010 cada bitcoin se cambiaba por 0,3 billetes verdes. 12 meses después ya valía 5,27 dólares, mientras que al final del año 2012 el cambio estaba en 13,3 dólares por bitcoin.

Auge

En esos momentos en los que las subidas eran diarias nació el actor que marcaría el futuro del bitcoin, y que casi consigue firmar su sentencia de muerte.

Mt Gox era un intermediario de bitcoin nacido en Tokio en julio del año 2010. Su importancia era tal que, sólo dos años y medio más tarde, el 70% de las transacciones mundiales en bitcoin pasaban por sus manos.

Jed McCaleb creo Mt Gox como una plataforma para el intercambio de cartas del popular juego Magic: The Gathering. Tiempo después se dio cuenta de la creciente popularidad de las criptomonedas y decidió cambiar totalmente su página web, para apoyar la difusión de estas divisas digitales. En marzo de 2011 le vendió el dominio a Mark Karpeles, alegando que no disponía de el tiempo suficiente para ayudar a crecer al universo bitcoin. Karpeles pasaba, así, a ser el CEO de Mt Gox.

Poco tardó en saltar el primer escándalo. Sólo dos meses después de que Karpeles asumiera el mando se produjo una brecha en la seguridad de Mt Gox, que provocó un enorme desplome en el precio del bitcoin. Su seguridad, uno de sus puntos fuertes, había quedado comprometida. Tras las investigaciones pertinentes se descubrió que el hacker había usado las credenciales de un auditor de la empresa para transferirse bitcoins por valor de 8,75 millones de dólares a su cuenta.

Pese a todo, en 2013 Mt Gox estaba totalmente recuperado y alcanzó su pico máximo: movían 150.000 bitcoins diarios.

Caída

Un servicio como el que daba Mt Gox, en cualquier caso, se basaba en la seguridad que era capaz de ofrecer a aquellos que aprovechaban sus servicios. Y después de ese fallo, los escándalos se fueron sucediendo. En junio de 2013 se suspendieron los pagos en dólares, que no se activaron de nuevo hasta julio.

Meses después, en noviembre, los usuarios debían esperar días para recibir sus transacciones. Por supuesto, las quejas se contaban por millares. La compañía se defendía como podía, alegando que las autoridades financieras estadounidenses tenían congeladas sus cuentas y por eso no podían satisfacer la demanda.

Herida de muerte, el fin de Mt Gox llegó en febrero del año 2014. Las autoridades niponas demandaron a la empresa por haber perdido 750.000 bitcoin de sus clientes y 100.000 bitcoin propios. Esos 850.000 bitcoin equivalían al 7% de todos los que había en el mundo y, por entonces, tenían un valor total de 473 millones de dólares, 450 millones de euros. La compañía se defendía alegando que un pirata informático había accedido a su sistema y los había robado.

Un mes más tarde los dirigentes de Mt Gox aseguraron haber encontrado bitcoin por valor de 116 millones de dólares, 110 millones de euros, en un monedero virtual creado en el año 2011. En abril de 2014 se cerró la historia de la empresa, que pidió la liquidación a los reguladores japoneses.

Resurrección

Por supuesto, el mercado del bitcoin se ha recuperado. En el año 2016 su valor creció cerca de un 120% hasta superar la barrera de los 1.000 dólares y empezar a mirar a los máximos históricos marcados en el año 2013.

La divisa digital ha evolucionado, casi se ha profesionalizado. El bitcoin cuenta ahora con un volumen de transacciones suficientemente grande como para que los actores más potentes del mundo de la inversión hayan entrado a comercio con esta divisa. Esa circunstancia ha sido determinante para moderar su cotización y eliminar esos fuertes vaivenes que podían asustar a los inversores. El bitcoin se ha hecho mayor. A comienzos de 2017 su volumen de mercado llegó a superar los 17.000 millones de dólares, 16.100 millones de euros, según el Bitcoin Price Index.

Aún así, no está a salvo de las fluctuaciones que han puesto en duda su función en los últimos tiempos. Este viernes el bitcoin cayó por debajo de los 890 dólares después de sufrir un descenso del 12% en la jornada.

La culpa de la inestabilidad está en China, que ya sacudió las bolsas en los primeros compases del año 2016 y ahora está haciendo lo propio en el mercado de las divisas digitales. Durante este viernes el Bitcoin Price Index ha perdido más de 110 dólares de su valor.

El bitcoin es la más importante, pero no es la única criptodivisa que está en pleno auge. Cuatro divisas digitales más tienen un volumen de mercado superior a los 190 millones de dólares, 180 millones de euros.

Ethereum

La segunda más popular, si bien aún muy lejos del Bitcoin. Las monedas se llaman ethers y se crean también por minado, aunque a un ritmo de cinco unidades cada 17 segundos por cada bloque procesado. Su número está limitado a un máximo de 18 millones de ethers al año, algo que además sirve para mantener establece el precio de esta divisa. Actualmente, cada una de estas monedas digitales se cambia por poco más de 10 dólares.

2017 va a suponer una verdadera revolución para los ethers, ya que se regirán por un nuevo algoritmo que aún está en desarrollo. Recibe el sobrenombre de Casper y, en teoría, estará listo y acabado antes del verano del año en curso. Esta nuevo sistema ayudará a mejorar la eficiencia a la hora de hacer el minado.

El pasado año Ethereum llegó a revalorizarse hasta un 1.100%, sobre todo en los meses centrales del año. Al final de 2016 se desinfló un poco, pero aún así dejó atrás el ejercicio triplicando su volumen de mercado.

Ripple

Es un sistema muy enfocado al sector bancario. Ripple se creó con la idea de hacer las veces de seguro en las operaciones, además de servir para evitar pagar fuertes comisiones en las grandes transacciones de capital. De hecho, sus servicios los utilizan algunos grandes bancos como Santander o el suizo UBS.

La herramienta la desarrollaron Arthur Britto, David Schwartz y Jed McCaleb, que fue el primer propietario del domino Mt Gox antes de venderlo. Los dos primeros se encargaron de crear toda la parte informática, mientras que el último fue el que lanzó la idea que acabó por dar forma a Ripple.

Es, además, es una de las pocas divisas electrónicas que cuenta con la BitLicense del Departamento de Finanzas de Nueva York.

Litecoin

El caso de Litecoin no está tanto enfocado a grandes transacciones, si no a operaciones entre usuarios particulares. Su sistema es básicamente igual al que utiliza el Bitcoin. Litecoin procesa un bloque cada 2,5 minutos, un tiempo sensiblemente inferior a los 10 minutos que se necesita para realizar la misma operación en el caso de la divisa en la que está basada. Sólo se pueden crear 84 millones de unidades de esta criptomoneda.

Litecoin es obra de Charles Lee, un antiguo empleado de Google, que la desarrolló en octubre del año 2011. «La gente siempre está temerosa de una intervención estatal, pero las criptomonedas representan un concepto tan potente que pueden incluso contrarrestar a los gobiernos», afirmó Lee en una de sus pocas intervenciones públicas.

En noviembre del año 2013 llegó a tener un market cap superior a los 1.000 millones de dólares, pero actualmente supera con problemas los 212 millones de dólares, 202 millones de euros.

Monero

Es una de las pocas criptomonedas que se sale del molde que ha creado Bitcoin, ya que se basa en los protocolos cryptonote. El sistema de pagos a través de esta plataforma es totalmente anónimo y son imposibles de localizar. Sólo el usuario podrá ver cuántas transacciones ha realizado y el valor que han tenido estas.

Monero, que significa literalmente moneda en esperanto, ha vivido un año en el que su volumen de mercado se ha multiplicado por 35. Desde los cinco millones con los que comenzó el año hasta los 185 con los que terminó el año 2016, su volumen nunca había sido tan alto.

Su límite, según las predicciones teóricas, está en mayo del año 2022. Ese es el tiempo que se tardará en minar los 18,4 millones de unidades de esta divisa digital que se pueden crear.

Son volubles y están ciertamente sujetas a los caprichos del mercado. Las criptomonedas están muy lejos de la perfección, muy lejos incluso del ideal teórico con el que se crearon. Pero aún así, son la muestra palpable de hacia donde podría ir el mercado financiero dentro de algunos años.

Su misión, consistente en romper con el excesivo protagonismo de las entidades bancarias en las transacciones monetarias, además de reducir la importancia de las decisiones de los bancos centrales sobre las divisas que controlan, puede cambiar drásticamente el panorama económico mundial. Hay que darles tiempo.