John Maynard Keynes, el economista que cambió por completo las teorías de la macroeconomía y las políticas públicas en el siglo XX, aprovechaba la complicidad de una noche de primavera de 1918, mientras el temido cañón Gran Bertha de los alemanes bombardeaba el París de la Primera Guerra Mundial, para dejar en la acera de una calle de Londres un bodegón de manzanas del pintor Paul Cézanne. Pero puede que esto sea lo menos importante.

¿Hasta qué punto es necesaria la belleza? Esa era una pregunta que seguramente se hizo Maynard (de momento será mejor llamarle así, como lo hacían los artistas) mientras paseaba su cierta fealdad provocada por sus excepcionalmente gruesos labios y su estirpe de académicos y economistas de Cambridge por el King’s College prebélico. Lo haría porque, antes de cumplir 30 años, absorbió como motor de su conducta futura la Principia Ethica, del filósofo británico G.E. Moore, una influyente obra publicada en 1903 que reflexionaba en torno al significado de lo que es bueno o no en la vida. Para Maynard, lo correcto siempre estaría asociado a la experiencia del conocimiento, la estética y la belleza.

Además, el filósofo pertenecía a una élite de intelectuales de Cambridge llamada Los Apóstoles, entre un club privado y una sociedad secreta, cuya mayor actividad se desarrolló en los años previos a la Primera Guerra Mundial, a la que también pertenecía Maynard.

Pero la inspiración definitiva del economista serían sus amigos. Pintores, escritores y críticos, algunos de los cuales formaban parte del Club de Bloomsbury, en referencia al barrio cercano al Museo Británico de Londres, donde se congregaban. Se les podía encontrar, sobre todo, en el 46 de Gordon Square, donde vivían la escritora Virginia Woolf y su hermana Vanessa Bell. Maynard también visitaba aquella casa, entre otras cosas, porque adquirió la vivienda situada en el piso inferior y mantuvo una estrecha amistad con Bell.

Keynes vivía un piso más abajo que Virginia Woolf

Hacia el año 1915, Maynard se incorporó oficialmente al Ministerio de Hacienda británico para dirigir las finanzas de guerra del imperio. Por sus manos pasaban los créditos entre Gran Bretaña y los países aliados. Desde entonces su ascenso político fue rápido y brillante. En cuestión de poco tiempo pasó de ser un experto en divisas raras a asesor del Tesoro británico. Así es que poco antes de 1918, Maynard igual manejaba la política monetaria del imperio; charlaba sobre arte con la ruda Vanessa Bell; que tenía como amante (al parecer detallaba con precisión su vida personal en sus diarios) a un pintor llamado Duncan Grant. Es por eso, que solo él podía ser quien dejara aquel Cézanne en la acera. Pero tal vez eso no sea lo importante.

Solo podía ser Keynes

Eso mismo señala Anne Eberton en su artículo Keynes and the Degas sale, publicado en History Today en enero de 1996. En este documento, uno de los más completos de los que hacen referencia a la cuestión que nos ocupa (un Cézanne en una acera), plantea la posición única que ocupaba Maynard, quien, en contra de lo que otros hubieran hecho, no se sentía atrapado entre una clase política que no siempre entendía su querencia por los artistas y su dudosa vida, y unos intelectuales pacifistas que también criticaban su labor en la finaciación pura y dura de una guerra, nada menos que mundial.

Y es cierto que Gran Bretaña dedicó grandes sumas de dinero a armamento y hacía de banco europeo moviendo dinero desde las arcas de EEUU hasta la de los aliados, mientras muchas familias e instituciones pasaban penurias económicas. Una de esas instituciones era la National Gallery de Londres, a la que desde que estalló la contienda se le retiró la subvención anual para la compra de obras de arte, aunque no necesariamente un Cézanne.

Keynes, el estratega

Pero mientras el Gran Bertha ya empezaba a escupir bombas sobre París, sus amigos Vanessa Bell y Duncan Grant pusieron a Maynard al corriente de una subasta de pinturas contemporáneas que se iba a celebrar en próximas fechas en París, aunque otros autores indican que fue otro pintor y amigo del Club de Bloomsbury, Roger Fry, el que le puso sobre la pista.

En lo que coinciden todas las referencias es en que la subasta se iba a celebrar en la Galería Roland Petit de París los siguientes 26 y 27 de marzo de 1918. Los cuadros pertenecían a la colección privada de Edgar Degas, quien antes de dedicarse por entero a los lienzos había sido marchante de arte, y que había muerto un año antes. El tesoro, obras de Manet, Corot, Ingres o Delacroix.

La ejecución de Maximiliano, de Eduard Manet, adquirido por John Manyard Keynes en París en 1918.

La ejecución de Maximiliano, de Eduard Manet.

Según Eberton, la ocasión le brindaba a Manyard la posibilidad de actuar según su concepto de lo que es bueno, en favor del arte y la belleza, pero haciendo uso de su posición en el Tesoro. Y la maniobra de Keynes (llamémosle así durante un rato) fue de ajedrecista.

Se puso en contacto con sir Charles Holmes, entonces director de la National Gallery, para coordinar sus movimientos. La institución pediría al Tesoro británico una dotación especial de 20.000 libras esterlinas para comprar parte de la colección de Degas. Sin embargo, Keynes sabía que esta petición sería rechazada de plano por los consejeros del Tesoro ante la dificultad de justificar este gasto (escaso si se comparaba, sin embargo, con el coste de la guerra) mientras se asfixiaba a los ciudadanos para sufragar armamento.

Sin embargo, Keynes plantearía de otra forma esta propuesta a favor de la National Gallery en un informe remitido a la cúpula del ministerio de Hacienda: «En virtud del convenio firmado con el Tesoro francés, estamos autorizados a acometer gastos oficiales en Francia a cuenta de los préstamos que les hemos concedido», describe Sylvia Nassar en su libro La gran búsqueda.

Lo que el economista quería decir es que la deuda a cobrar por Francia era tan abultada y su situación tan inestable, en plena resistencia frente a las tropas germánicas, que sería prácticamente imposible recuperar dichos fondos, por lo que sería preferible utilizar el convenio vigente para adquirir una colección de cuadros a modo de inversión. Además, puesto que sería una especie de canje de deuda pública por arte, la operación no tendría por qué suponer un coste adicional al Tesoro británico.

Previamente, Keynes había tratado de ganarse el favor del gabinete de guerra del primer ministro David Lloyd George, tratando de sumar a la causa a Lord Curzon, quien era miembro de dicho órgano y también consejero en la National Gallery.

Finalmente, pese a las dudas del Tesoro sobre si habría que dar por perdidos los intereses de la deuda francesa que se iba a emplear de forma indirecta para acudir a la subasta, la operación se autorizó con toda la discreción posible, para no levantar ampollas entre la población. Se transfirieron, desde una cuenta similar a unos fondos de contingencia civiles, los francos equivalentes a 20.000 libras esterlinas hasta otra de la Embajada británica en Francia.

Ese día, Maynard envió un telegrama al pintor Duncan Grant diciendo: «Concedido dinero cuadros». Pero no, ese dinero no acabó usándose para adquirir un Cézanne. Y tampoco eso es lo importante.

La aventura de Keynes en París

La vida tiene sus caprichos y los países aliados celebraban un conferencia en París los días 26 y 27 de marzo, los de la subasta. Keynes se las arregló para que tanto él como Holmes estuvieran en la lista de invitados.

Holmes relata en su libro Self and Partners la aventura que para ambos supuso cruzar el Canal de la Mancha «escoltados por destructores y un avión plateado sobrevolando». Una vez en suelo francés, cogieron un tren con dirección a París, para tomar parte en la subasta. Ambos adoptaron nombres falsos y Holmes incluso se afeitó el bigote y se puso anteojos para pasar desapercibido. De hecho, Eberton relata que los periódicos británicos de la época se hicieron eco de la subasta, sin la menor mención a la presencia de Keynes y el director de la National Gallery.

Keynes y Holmes viajaron a París en 1918 con nombres falsos

Pocos detalles se conocen de esas horas. Cuando finalizó la operación, en sus correos habituales a su madre, Keynes relató que «la conferencia de aliados fue una farsa que contrastó con el interés de la compra de cuadros y la proximidad de la gran guerra».

Keynes compró un Cézanne

«Me he comprado cuatro obras y la nación, otras 27», concretaba, sin embargo, Maynard en la misma misiva.

Holmes decidió comprar, en efecto, 27 cuadros y dibujos, entre ellos, un bodegón de Gauguin, y la Mujer con gato, de Manet. Otras investigaciones aseguran que había al menos un Corot, cuatro pinturas de Ingres, dos de Delacroix y un Rousseau. Además, Holmes solo había gastado la mitad del presupuesto porque los precios habían bajado por la amenaza de la ocupación alemana.

Según Eberton, Maynard quiso convencer a Holmes de que comprara también un bodegón de manzanas de Cézanne, pero éste no quiso y acabó comprándolo personalmente, junto a dos pinturas de Delacroix y un dibujo de Ingres. En aquel momento ninguna colección privada de Gran Bretaña contaba con un cuadro del autor.

Este documento hace hincapié en que la estrategia, el viaje y el haber hecho lo correcto según sus principios éticos supuso una aire de confianza para Maynard, quien ya no dejó desde entonces de ser un buen mecenas para los artistas de su entorno y tampoco dejó de adquirir otras obras de Braque, Picasso o Matisse.

Toda una vida dedicada a la belleza, en los momentos en que no trabajaba de forma incansable en las negociaciones del Tratado de Versalles, tras la Primera Guerra Mundial, cuando vaticinó la posterior venganza de Alemania, o en las de Bretton Woods (1944), que fue la semilla del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Keynes reformuló teorías macroeconómicas y planteó el papel del Estado como motor de la actividad en tiempos de crisis, ideas que han tenido que revisitarse con la última gran crisis.

Y dejó el Cézanne en la acera

Entre tanto, Holmes y Keynes volvieron a Londres desde París. Holmes llevó a la National Gallery piezas de incalculable valor que hoy se siguen exhibiendo. Maynard fue directo a Charleston, donde se encontraba Duncan Grant, entonces amante de Vanessa Bell.

Relata el libro Bloomsbury and France: Art and Friends, de Mary Ann Caws y Sarah Brid Wright, que un coche oficial le dejó a una milla de la casa, en una calle principal. Desde allí, Maynard llegó fatigado arrastrando su equipaje. Cargado como iba, dejó una maleta en la acera antes de entrar en la casa. En su interior había un pequeño bodegón de manzanas pintado por Paul Cézanne. Su nombre era sencillamente Pommes.

Días más tarde, Maynard trasladó el cuadro al 46 de Gordon Square, donde lo pudo contemplar Virginia Woolf. Su hermana, Vanessa Bell, había escrito una carta a Fry en la que contaba lo excitante que había sido la aparición nocturna con los cuadros unos días antes: «La otra noche Maynard se bajó de un coche y se presentó inesperadamente en casa ¡diciendo que había dejado un Cézanne en la acera! Duncan salió corriendo a buscarlo». El pequeño cuadro se encuentra actualmente en el Fitzwilliam Museum de Cambridge y tal vez eso es lo más importante.

Bodegón con manzanas, de Paul Cézanne, que John Maynard Keynes adquirió en una subasta en París en 1918.

Bondegón con manzanas, de Paul Cézanne.