En enero de 2005 Bután, un pequeño estado asiático situado entre China y Bangladesh, se convirtió en el primer país en prohibir la venta de tabaco. La decisión la tomó la cámara parlamentaria del país en la segunda de sus dos reuniones anuales, en la que representantes de los ciudadanos de todo el país se congregan bajo el paraguas de una monarquía muy poderosa.

Para celebrar la aprobación de la ley, en diciembre de 2004, se produjo una quema masiva de cartones de tabaco en Timbú, la capital del Reino en la que residen casi 75.000 personas. La prohibición fue muy celebrada, ya que se cumplía así el mandato de la figura budista más seguida en el país, la del santo gurú Padmasambhava, cuyos escritos se remontan al siglo VIII.

La decisión del país asiático fue muy celebrada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), que lleva mucho tiempo intentando combatir, con escaso éxito, el consumo de tabaco por las consecuencias negativas que tiene para la salud de los fumadores.

En las oficinas de la organización, situadas en la ciudad suiza de Ginebra, también se ha acogido con alegría la última decisión del Papa Francisco I, que ha anunciado hace apenas unos días la prohibición de vender tabaco dentro de las fronteras del Vaticano.

En 2002, bajo el papado de Juan Pablo II, ya se prohibió fumar en las calles de la Santa Sede, pero continuaba la venta de cigarrillos y puros con unos precios más que interesantes. Todos aquellos diplomáticos y empleados del Vaticano podían comprar hasta cinco cartones al mes para luego consumirlo en sus domicilios o en las calle de Roma, una vez abandonados los dominios papales.

Teniendo en cuenta que Italia es uno de los países con mayor carga impositiva sobre el consumo de tabaco, eran habituales los casos en los que los empleados del Vaticano acababan abasteciendo a sus amigos y familiares para que se ahorraran un buen dinero. De hecho, según los datos de unidades vendidas y de empleados, cada uno de ellos debería comprar entre dos y tres paquetes diarios para que las cuentas cuadraran.

A partir de enero ya no podrán hacerlo, aunque sí que continuará la venta de puros. El motivo es que, según los servicios de comunicación, el humo de los cigarrillos se inhala, mientras que el de los puros se exhala y no va directo a los pulmones.

«El Santo Padre ha decidido que el Vaticano dejará de vender cigarrillos a sus empleados a partir de 2018. El motivo es muy simple: la Santa Sede no puede colaborar a una práctica que perjudica claramente la salud de las personas», ha afirmado el director de la Oficina de Prensa del Vaticano, Greg Burke. «Según la OMS, cada año el tabaco es la causa de más de siete millones de muertes en todo el mundo», reza la nota.

Servicio rentable

La prohibición de vender tabaco puede ayudar a mejorar la salud de los santos trabajadores, pero va a suponer una merma en las arcas del Vaticano. Según el libro Avaricia, publicado por el periodista Emiliano Fittipaldi, el estanco es la segunda mayor fuente no religiosa de ingresos, con unas cifras que rondan los 10 millones de euros. Sólo está por detrás de la gasolinera vaticana, en la que repostan el Papamóvil y el resto de vehículos diplomáticos.

«A pesar de que los cigarrillos vendidos -a precio descontado- a los empleados y pensionistas del Vaticano sean una fuente de ingresos para la Santa Sede, ningún beneficio puede ser legítimo si pone en peligro la vida de las personas», explica el comunicado de Burke.

Tras la publicación del libro, ya con Francisco, surgieron muchas voces críticas en la Santa Sede dado que Avaricia también trata los problemas de abusos y el resto de escándalos que han sacudido en los últimos años los cimientos del pequeño Estado.

En cualquier caso, y tal como ha afirmado el autor en muchas ocasiones, ningún cargo autorizado ha negado públicamente que las informaciones relacionadas con las santas cuentas sean ciertas.

Unas cuentas cada vez menos opacas

El Vaticano gestiona sus activos a través del Instituto para las Obras de la Religión, conocido popularmente como la Banca Vaticana. Fundado en 1942 por el Papa Pío XII, esta entidad tiene su sede en la frontera de la ciudad, cerca de la Porta Perugina.

Actualmente el director general es Gian Franco Mammi, que dirige una junta en la que también está el ex CEO del Banco Santander Javier Marín. El banquero italiano lleva 25 años en la entidad, desde que en 1992 comenzara a trabajar en una de las ventanillas de atención al público, y fue nombrado por el Papa Francisco tras su llegada al cargo.

Los escándalos dentro de la Banca Vaticana obligaron a acometer una limpieza interna sin precedentes en el año 2010. Benedicto XVI promulgó una batería de leyes para prevenir el lavado de dinero y se terminó por contratar al gigante británico EY para que realizara una auditoría completa de las cuentas, que desde entonces se publican anualmente.

Así, en el año 2016 el Instituto para las Obras de la Religión registró unos beneficios netos de 36 millones de euros, doblando los 16,1 millones de euros que ganó en el año anterior. Los activos de la Banca Vaticana ya alcanzan los 5.700 millones de euros, gracias a sus más de 15.000 clientes. La mayoría de ellos son instituciones religiosas, pero también son muchos los Estados que dejan su dinero en manos santas.

Por constitución, la entidad es una organización sin ánimo de lucro. Su misión es gestionar los bienes de la Iglesia y de sus clientes, y mantenerlos a buen recaudo y sin pérdidas. Tampoco puede hacer cualquier inversión, ya que debe enfocarse en los bonos estatales, las obligaciones y el mercado interbancario.

Ya hace 15 años que está prohibido fumar en las calles del Vaticano, si bien ese veto no se extendía a las habitaciones privadas de aquellos que residen en el minúsculo país. Los que quieran mantenerse fieles a la nicotina tendrán que hacer una excursión internacional y pisar tierra profana para conseguirlo.