La crisis de los quiosqueros

El fin de los quioscos de prensa iStock

Economía

Adiós, señor quiosquero

En los 90, cada domingo Manolo vendía “fácilmente” en su quiosco más de mil periódicos solo de El País. “Ahora un buen fin de semana no llegan a cien y es del que más vendo”, explica este quiosquero que lleva desde hace 56 años trabajando “362 días al año” en la céntrica plaza de Santa Bárbara en Madrid. “Antes además había una veintena de cabeceras que han desaparecido… Esto se acaba”, comenta resignado mientras apoya en la repisa, junto a las pilas y los chicles, el crucigrama del ABC que estaba haciendo para amenizar las 16 horas al día que pasa en su quiosco.

Acaba de llegarle el último ejemplar de la revista Tiempo y de Interviú, dos míticas revistas que dejan de publicarse tras casi 40 años en los quioscos. Le da “mucha pena” cada vez que cierra un medio, pero lo que más le preocupa al quiosquero es la rápida caída de ventas de la prensa diaria porque “es de lo que comemos y su caída se ha acelerado muchísimo en el último año”. Los datos del Estudio General de Medios (EGM) lo corroboran: los periódicos han perdido más de 850.000 seguidores solo en 2017. Hay 9,6 millones de lectores diarios, según las cifras oficiales, la mitad que hace 10 años.

Las víctimas colaterales de la crisis de los medios impresos están siendo los quiosqueros, que poco a poco van desapareciendo del paisaje urbano. Solo en 2017 han cerrado un millar de puntos de venta, según la Asociación Nacional de Distribuidores (ANDP), que son los intermediarios que los sirven. Pero los quiosqueros son mucho más alarmistas: “Hay zonas de Madrid menos céntricas donde la caída ha sido mayor del 50%”, afirma Rafael Artacho, presidente de la Agrupación Nacional de los Vendedores de Prensa (ANVP), que cuenta con 2.000 asociados en España.

Tanto editores como distribuidores son más conservadores en las cifras de cierres que dan porque, según Artacho, “no les interesa reconocer la caída real y nos están dando falsas esperanzas mientras buscan nuevos puntos de venta en cadenas comerciales y en supermercados”. Calcula que en el último año han cerrado más de 200 solo en Madrid, más de un 10% de media. “Nuestros asociados están cayendo como moscas, sobre todo en barrios y periferia”, alerta.

Cuánto cuesta un quiosco

“La gente ve los quioscos cerrados y nos preguntan si podrían abrirlos”, afirma Artacho. “Pero cuando les contamos las condiciones nos dicen que parece que en vez de un quiosco vayan a montar una boutique de lujo”, lamenta. Ante la falta de demanda, las licencias también están en caída libre: “Hace diez años por un traspaso se pedían 45.000 euros, ahora menos de 15.000”, añade.

El último quiosco que ha cerrado en Madrid es el de María Jesús y su marido Sandalio. El domingo 31 de diciembre a las dos de la tarde bajaron la persiana del que ha sido el sustento de su familia en un barrio de Móstoles desde hace 37 años y no la van a volver a levantar. “Los vecinos nos dicen que les da mucha pena, pero yo les digo que a mí ninguna”, confiesa María Jesús, que tiene 62 años y ayuda a su marido, en silla de ruedas por una enfermedad degenerativa. “Ahora, al menos, podemos sentarnos en una terraza al sol a tomar un café, que no lo habíamos hecho nunca”, afirma María Jesús.

“El cierre ha sido un descanso porque no cubríamos gastos”, confiesa mientras reconoce que no se acostumbra a tener tiempo libre, acostumbrada a abrir el quiosco de siete de la mañana a nueve de la noche. “Si hubiéramos podido librar al menos un día hubiéramos aguantado, pero como las publicaciones salen todos los días no podíamos cerrar… Que si el lunes sale el Pronto, el miércoles las revistas del corazón y los fines de semana los dominicales… Había que abrir de lunes a lunes. Una vida muy esclava”. Si alguien quisiera el traspaso, le sería de gran ayuda para su jubilación. “Pero está complicado”, reconoce.

Para ofrecer todas las publicaciones un quiosquero tiene que trabajar con las dos distribuidoras que las sirven. “Una nos pide un aval de 18.000 euros y otra de 2.000 solo para empezar a servir”, explica Artacho, que desde la asociación de vendedores gestiona los traspasos. “Además hay que sumarle el coste del transporte cada semana, que pueden ser más de 600 euros; el canon del ayuntamiento (en Móstoles unos 900 euros al año), y hay que pagar autónomos…”.

La ANVP calcula que entre la gestoría, los avales, el canon hacen falta unos 70.000 euros para abrir un quiosco y unos ingresos de 3.500 al mes solo para cubrir costes. “El 80% de los de nuestros asociados no los ingresan, solo los de calles muy céntricas”, afirma Artacho. “Es normal que muchos estén cerrando”.

“Que las condiciones para abrir puntos de venta no sea inasumible va en interés de todos, pero no es algo exclusivo de España, los cierres suceden en todos los países de nuestro entorno”, explica José Manuel Anta, secretario técnico de ANDP (Asociacion de Distribuidoras de Prensa y Revistas). “Y que cierren los quioscos no solo es un problema para ellos, también para las editoriales, que cada vez encuentran más complicado vender su producto. Su supervivencia también va en nuestro interés porque mientras un quiosco típico tiene 800 referencias, un supermercado solo ofrece unos 45 ó 50 títulos. La limitación de la oferta preocupa mucho a los editores”, explica.

Buscando un culpable

“No veo futuro a esto, pero aquí seguiré hasta que el cuerpo aguante”, comenta Manolo, que a sus 72 años recuerda que era quiosquero antes incluso de tener quiosco: “Mi familia empezó a vender periódicos en esta esquina de Santa Bárbara hace más de cien años”, recuerda. “De joven los iba vendiendo voceando por las calles y los teníamos en una caja ahí en medio de la acera”. No se jubila porque aunque él y su mujer tenían ahorros “de cuando en los buenos tiempos se ganaba bastante dinero, tuve que gastarlos durante la crisis en ayudar a mis hijos, que se quedaron sin empleo”.

Su céntrica ubicación hace que el suyo sea uno de los quioscos más transitados de Madrid, pero aun así reconoce que “hay meses que lo que gano no llega a 800 euros”, confiesa. “Aún tengo clientes fijos, pero ya nadie de menos de 50 años me viene a comprar un periódico, todo lo leen en internet”, lamenta. Aunque Manolo opina que la culpa de la crisis de los quiosqueros la tiene la red, sobre todo “la tienen ellos”, dice señalando la pila de periódicos de su quiosco, “que empezaron a publicarlo todo gratis y ahora se lamentan de que van a desaparecer y nosotros, claro, vamos detrás”.

María Jesús tampoco le ve futuro al oficio. Recuerda como si fuera hace un siglo el boom de los coleccionables que hubo hace 20 años. “Se vendían muchísimas enciclopedias, vídeos, música… Pero quién va a comprar todo eso ahora si lo buscas en internet en dos segundos”, pregunta.

El inicio del declive empezó hace unos diez años. “Empezamos a notar que la gente que venía todos los domingos antes del aperitivo a llevarse su periódico iba dejando de venir poco a poco. Primero por la crisis y ahora porque todo el mundo se informa en el móvil”. Según María Jesús, lo que en los últimos años les ayudó a mantener el negocio abierto han sido sobre todo “las revistas infantiles que se les antojan a los niños y las botellas de agua”, confiesa.

Para Artacho, más allá de la crisis de las publicaciones en papel, culpa a que los editores no se hayan adaptado a la nueva realidad: “Los vendedores de prensa no tenemos alternativas para conseguir las publicaciones y el distribuidor nos impone condiciones leoninas de transporte y suministro”, dice Artacho. “Nos están ahogando cada vez más, aunque tratamos de renovarnos”.

Según los distribuidores, sin embargo, el cierre de quioscos “es una mala noticia para todos”, insiste Anta. “Les estamos ayudando lo que podemos porque cuando cierra un punto de venta no lo ganan los de alrededor”. Calcula que cerca del 50% es una compra de impulso que se pierde. “Nuestro futuro va ligado al de los quiosqueros”, afirma.

Manolo coincide en que internet no es el único problema de estos tiempos: “Madrid está despoblándose de vida”, lamenta mientras mira cómo ha cambiado el barrio que “le ha hecho feliz”. Y añade: “Cada vez hay menos vecinos y empresas en el centro de las ciudades. Están convirtiendo Madrid en un decorado para turistas y la gente de paso no hace el mismo gasto”.

Mientras hablamos bajo el techo que cubre el quiosco de la lluvia, un señor con un papel en la mano se asoma a preguntarle una calle que según Manolo está la cuarta a la derecha. “Algunos que vienen mirando el mapa en el móvil a preguntarme una dirección porque se fían más de lo que les diga yo”, presume. “Soy como el patriarca de este barrio”. Y como prueba cuenta que guarda como un tesoro, en su pequeño almacén de periódicos, el chuzo que le regaló el último sereno que hubo en Santa Bárbara cuando se jubiló allá por el año 64. En este rato solo ha pasado un hombre, que se ha llevado un Marca.

Buscando una solución

“Nuestra lucha es que siga habiendo quioscos”, dice Artacho. “Somos el alma de los barrios y estamos buscando alternativas para sobrevivir, pero nos ponen muchas trabas en las ordenanzas municipales; no nos dejan vender otras cosas”. Además de que les deje vender más variedad de refrescos, golosinas y frutos secos sin trabas, la asociación de vendedores pide a los ayuntamientos que les permita alternativas como la recarga de la tarjeta de transportes (desde que no hay metrobús en Madrid ya no están autorizados) y convertirse en punto de entrega de paquetería para la compra por internet. “Estamos en todas partes y podemos seguir siendo muy útiles si nos dejan, pero necesitamos un avance regulatorio que no llega”, reclama Artacho. “Si la gente ha pasado a usar internet para todo, ¿por qué no nos podemos los quiosqueros beneficiar de ello también entregando paquetes de venta online?”

Según los distribuidores, “los poderes públicos deberían intervenir para favorecer la fiscalidad y las ayudas públicas para la modernización, porque el acceso a la información es un derecho de los ciudadanos y la alternativa a comprar productos impresos debería existir”, dice Anta.

También los editores apuestan porque los medios en papel tienen mucha vida. Según la Asociación de Medios de Información (AMI), que representa a ochenta medios tanto digitales como impresos, “nunca desaparecerá la prensa impresa”. Y desde esta asociación defienden la importancia fundamental de los quioscos, así como tener “una capacidad y actitud de trabajo conjunto entre los medios, las distribuidoras y los puntos de venta para abordar las evoluciones y adaptaciones que sean necesarias”. Su esperanza es que “la demanda de publicaciones impresas permanecerá todavía muchos años y que queremos seguir estando ahí”.

Los quiosqueros, sin embargo, son mucho más pesimistas. Quedan unos 20.000 puntos de venta en toda España, y pese a la lucha por reinventarse y los apoyos que les manifiestan editores y distribuidores, los vendedores no creen que su futuro dependa de la venta de periódicos: “Nosotros somos los que damos los buenos días a los lectores todos los días, no son un número del EGM, y la realidad es que están dejando de venir”, afirma Artacho, que calcula que en 2022 quedarán, “con suerte”, una cuarta parte de quioscos “como no actuemos rápidamente para evitar la escabechina”.

Manolo también es pesimista. “No hay futuro, pero día a día esta sigue siendo mi vida”, comenta. No podrá leer este reportaje en su quiosco de Santa Bárbara porque no saldrá en papel, y el quiosquero no quiere “saber nada de internet”. No lo usa porque “es lo más coherente” con el odio que le tiene. Un vecino del barrio al que saluda por su nombre le acerca un café en vaso de cartón y tres azucarillos. “¿Ves lo bien que me tratan en el barrio?”. Me despido de él deseándole buena suerte y acordándome del chuzo de aquel sereno, símbolo de una época que también acabó.

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