En un mundo en el que las criptomonedas se disparan y desploman en cuestión de horas, y donde figuras como Javier Milei en Argentina o Donald Trump en Estados Unidos han sido salpicadas por escándalos en negocios millonarios de criptoactivos, resulta fácil olvidar que los tulipanes también fueron, hace casi cuatro siglos, el epicentro de la locura financiera. Entre 1634 y 1637, en la República de las Provincias Unidas —el territorio que actualmente ocupa Países Bajos—, un solo bulbo podía alcanzar el precio de una vivienda en el centro de Ámsterdam. El fenómeno fue recogido por el periodista y novelista Charles Mackay en su célebre ensayo Delirios populares extraordinarios y la locura de las masas (1841), donde la llamada tulipomanía quedó retratada como una de las primeras grandes burbujas financieras de la historia. Así, desde los bulbos del siglo XVII hasta los tokens del siglo XXI, la combinación de codicia y entusiasmo desmedido demuestra que siempre habrá quienes confíen en que la fortuna crezca más rápido que la razón.
Las burbujas nacen como consecuencia del crecimiento desmedido y fugaz de la demanda de un activo, impulsando exponencialmente su precio hasta alcanzar niveles muy superiores a su valor real. En el caso de los tulipanes, ese entusiasmo se tradujo en que cada vez más miembros de la alta burguesía y círculos privilegiados entraron en el mercado convencidos de que podrían obtener altas rentabilidades. Y muchos lo lograron... hasta que la burbuja estalló.
Todo comenzó con la introducción de estas flores al norte de Europa a través del comercio con el Imperio Otomano. Según narran los historiadores, Ogier Ghiselin de Busbecq, embajador del Archiducado de Austria en Constantinopla, llevó los primeros bulbos a Viena a mediados del siglo XVI y, desde allí, se difundieron al resto de Europa. La nueva moda de regalar flores a las mujeres como forma de cortejo catapultó su popularidad, y al igual que entre los otomanos, los tulipanes se convirtieron en un lujo reservado a las élites por su exotismo. Además, cuanto más raro e inusual era el color del bulbo, mayor era su cotización. El atractivo y el precio se intensificaban con un fenómeno curioso, el virus mosaico, capaz de alterar el color de los pétalos, creando flores multicolores.
De esta forma, la fascinación por los tulipanes no tardó en transformarse en un negocio especulativo. Concretamente, en el mercado de futuros, donde se acordaba el precio de las flores en el presente, pero la toma de posesión se producía en el futuro. Este sistema se había impuesto por el carácter estacional de los tulipanes. En verano, los bulbos podían ser transplantados y vendidos, pero entre octubre y abril era arriesgado moverlos, ya que corrían el peligro de estropearse.
Cuando los bulbos valían más que las casas
El fenómeno de la tulipomanía, como tal, se concentró entre noviembre de 1636 y febrero de 1637, aunque ya se habían registrado picos en los precios con anterioridad. Precisamente, durante una de estas fluctuaciones a la baja —en marzo de 1636—, se introdujo una norma que alentó, todavía más, la especulación: la posibilidad de "convertir" los contratos. Es decir, con esta medida, se permitía a los compradores pagar solo el precio de mercado si este era más bajo que el que se había acordado en el contrato del mercado de futuros.
Impulsado por esta novedad, el mercado del tulipán creció vertiginosamente. Los bulbos más comunes llegaron a multiplicar su precio por veinte, y las variedades más raras pasaron de cotizarse por 125 florines en diciembre a 1.500 en febrero. De hecho, algunos ejemplares extraordinarios alcanzaron los 5.000 florines, lo que equivalía al precio de una vivienda en el centro de Ámsterdam. No obstante, este último tipo de operaciones fueron más la excepción que la norma. Estudios recientes apuntan a que la mayoría de las compraventas se cerraban por debajo de los 300 florines, cifra modesta al compararla con los 5.000, pero que aun así representaba el salario anual de un maestro artesano, por lo que no dejaba de ser una suma nada despreciable.
Sin embargo, como en todo mercado especulativo, el estallido fue abrupto y masivo. El 3 de febrero de 1637, un inversor intentó vender una libra de bulbos por 1.250 florines y no logró cerrar la operación. Bajó el precio a los 1.000 florines y aun así no se vendieron. La noticia se difundió de ciudad en ciudad y, finalmente, el mercado de los tulipanes se desplomó.
La fiebre de los tulipanes se convirtió en pánico, precios que habían alcanzado cifras astronómicas cayeron en picado, dejando a los últimos en llegar con contratos inútiles y sueños de riqueza evaporados.
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