Steve Jobs compareció en San Francisco con sus zapatillas blancas y esa aura que persigue a los genios. Y dijo: “De vez en cuando aparece un producto revolucionario que lo cambia todo. Hoy presentamos tres productos de este tipo”. Lo confesó con medida parsimonia, mientras caminaba por un escenario digno de estrella de rock, con sus pantallas extraordinarias, con un público rendido, ansioso por conocer el hit que Apple estaba a punto de desvelar. Jobs, que manejaba los tiempos y las palabras con arte de prestidigitador, levantó otra carta del tapete: “El primero es un iPod con gran pantalla y controles táctiles; el segundo, un teléfono móvil; y el tercero, un aparato para navegar por internet”. La audiencia aguardaba con regocijo el final del truco, la solución al acertijo. El fundador de Apple lo soltó de un tirón: “No son tres dispositivos separados, es sólo uno. Y lo llamamos… iPhone”.

El teléfono más famoso del siglo XXI -por ahora- nació un martes 9 de enero, en 2007. Cuando los Nokia dominaban el mercado con diseños sinuosos. Cuando los directivos idolatraban sus Blackberry. Cuando Samsung aún era una amenaza tan alejada de Occidente como Seúl. El iPhone era descendiente directo de la mente irrepetible de Steve Jobs. Y consecuencia indirecta del tremendo batacazo que sufrió Apple entre 1985 y 1996. Justo el periodo en que el fundador estuvo exiliado de la multinacional.

El móvil fue engendrado tras la convulsión que supuso el fracaso de quienes reemplazaron a Jobs. El consejero delegado fue expulsado de los cuarteles de Cupertino porque Apple no volaba a la altura que se esperaba. Mientras que IBM se colaba en millones de hogares y empresas con sus computadoras, los ordenadores de la manzana seguían dependiendo de la demanda de una legión de adeptos. Usuarios sumamente fieles, pero insuficientes para que la cuenta de resultados de Apple brillara con más lustre en Wall Street. Tres directivos con reconocida pegada –John Sculley, Michael Spindler y Gilbert Amelio- asumieron, uno tras otro, la misión de elevar el beneficio. De lograr que la calidad, la potente imagen de marca, se tradujera en millones de dólares. Pero los tres aplicaron recetas con poco sabor. Sculley, que había demostrado su valía en Pepsi Cola, llegó a acuerdos con competidores y abrió los Mac a terrenos inexplorados como el de la educación. Pero el éxito le dio la espalda. Peor aún le fue a Spindler y Amelio, que apenas duraron un año en el puesto.

Apple acabó resignándose, comprendiendo que el único cerebro capaz de dar brillo a la manzana era el de Jobs. En 1996, la multinacional lo repescó de Pixar, donde generaba dinero en abundancia explotando el negocio incipiente de la animación por ordenador. La filmoteca guarda pruebas de ello, como Toy Story, la primera producción de la factoría, que reventó las taquillas en 1995.

Al llegar a Cupertino, se topó con una Apple mustia, dubitativa en el rumbo y en la estrategia. Y empezó a trabajar en un rotundo viraje. No se trataba de refundar Apple, sino de armarla para el futuro que se avecinaba, sin renunciar a su ADN innovador, ni al poderío de la marca. El siglo XXI olía a internet, a la explosión de las comunicaciones, a contenidos digitales.

Los esfuerzos de ­­­­­Jobs se materializaron primero en el iPod. Echó a andar en 2001 y abrió un nuevo camino para Apple…y para la industria musical. El dispositivo potenciaba las descargas de canciones por internet a través de iTunes, una plataforma completa y sencilla de usar, como casi todo en el universo de la manzana. El directivo quería desarrollar lo que él mismo llamaba hub digital: un ecosistema virtual en el que todos los dispositivos de la firma estuvieran conectados; donde el almacenamiento, la descarga y la transmisión de los contenidos fuera inmediata, fiable y sencilla.

El hub estaba listo cuando Jobs compareció en San Francisco, en enero de 2007, para presentar el iPhone. No era un teléfono al uso, ni un reproductor de MP3, ni un mini ordenador con el que trabajar, jugar o navegar por internet. Era la mezcla de todos ellos, condensada en un terminal de diseño, todo pantalla y sin teclado, con un acceso a una plataforma mucho más que grande que iTunes: el Apple Store. El iPhone había inaugurado la era de los teléfonos con pantalla táctil, pero también el negocio inabarcable de las aplicaciones.

Cuando salió a la venta, un puñado reducido de compañías se repartía la tarta de la telefonía móvil. Nokia, Motorola y Samsung acaparaban el 60% del mercado. En común tenían la apuesta por desarrollar productos tecnológicamente correctos, pero con un ciclo de vida corto.

Quien marcaba el ritmo, quien vendía los teléfonos más codiciados era, de lejos, Nokia. La empresa, que había nacido en 1865 como un aserradero al sur de Finlandia, dedicó el siglo XX a expandirse en el sector de las telecomunicaciones. Tanto que se convirtió en la empresa más puntera del país. Demasiado, a juzgar por el peso que acabó alcanzando en el PIB. Y a la vista de lo mal que lo pasó la economía finlandesa cuando Nokia pinchó.

El camino que llevó al grupo de estrella a estrellado no fue largo. Cuando el negocio de los móviles eclosionó, a mediados de los 90, Nokia estaba bien posicionada. Sus teléfonos eran fiables, con carcasas que menguaban con cada lanzamiento y baterías que duraban cada vez más. Pero también molaban, y mucho, sus diseños. Algunos Nokia son casi un icono, como  el modelo 3310, lanzado en 2000, del que se vendieron más de 100 millones de unidades.

Un número abultado de finlandeses acabó viviendo, directa o indirectamente, de la compañía. Entre 1995 y 2000, el PIB nacional creció en torno al 5% de media anual. El milagro económico pervivió en los primeros años del siglo XXI. Hasta que llegó la crisis financiera global… y el iPhone.

Ni Nokia ni ningún otro rival podían augurar la que se avecinaba en la economía mundial (empezando por la quiebra de Lehman Brothers, en 2008). Sin embargo, no era tan difícil prepararse para los cambios que se veían venir en las telecomunicaciones. El futuro apuntaba a contenidos multimedia, que exigían pantallas cada vez más grandes y más nítidas. También olía a globalidad, pero los operadores estaban demasiado concentrados en sus respectivos mercados regionales. Nokia en Europa, Samsung en Asia y Motorola en Norteamérica.

El único que tuvo vista para reaccionar al doble embiste fue Samsung. Desarrolló con rapidez pantallas táctiles de calidad y plantó cara a Apple aliándose con alguien de su tamaño. Incorporó el sistema operativo Android de Google a sus smartphones y empezó a cruzar fronteras, hasta convertirse en la empresa que más móviles vende en todo el mundo.

La pinza Apple/Samsung se llevó por delante a Motorola, que acabó troceada. E impidió a Nokia levantar cabeza. Y eso que la compañía finlandesa imitó los pasos del fabricante coreano y se asoció con otro gigante. En 2011 selló una alianza con Microsoft, en un intento de revitalizar sus acciones, que acumulaban una caída superior al 30% desde que Jobs estrenó el iPhone.

Steve Ballmer intentó incorporarse con su propio sistema operativo (Windows Phone) a la carrera que lideraban Apple y Samsung; y en la que participaban compañías cada vez más prometedoras, como Huawei, OPPO o Vivo. La compañía de Redmon absorbió Nokia en 2013 por más de 5.000 millones de euros. Pero su apuesta nunca caló en el mercado, demasiado copado y cada vez más maduro. En 2016, Microsoft tiró la toalla y se deshizo de la empresa. Se la quedó HMD Global, una pequeña firma constituida por veteranos del grupo nórdico, que compraron los derechos para usar la marca. La compañía empezó a trabajar desde las cenizas, con un humildad pero también olfato. El mejor ejemplo es su apuesta, arriesgada pero interesante, de reeditar el modelo 3310.

Cuando nació la nueva Nokia, no quedaba ni rastro del milagro económico finlandés. Sin el combustible del gigante de los móviles, la economía entró en una profunda recesión, de la que salió apostando de nuevo por la innovación y la tecnología. Ya hay pruebas del éxito. Juegos como Angry Birds o Clash Royale, han sido ideados en Finlandia. Hoy se descargan por millones en todo el mundo, sobre todo en los móviles más vendidos. Como el Samsung Galaxy. O el iPhone de Jobs que destrozó a Nokia.