Letizia vive en una dicotomía imposible: odia a las cámaras con la misma intensidad con que las adora. No hay duda de que le gusta destacar y brillar (si no, su comentada elección de algunos modelitos no se explicaría), pero no soporta que husmeen en su vida y le tiene alergia a cualquier detalle que ella no controle, por lo que protege su imagen y su privacidad con un hermetismo que bordea lo obsesivo. 

Precisamente por esa insistencia en hipercontrolarlo todo que sorprendiera tanto que Letizia dejara hace un par de años, allá por el 2019 más o menos, que unas cámaras alemanas la siguieran durante un año, un privilegio al que no tenido acceso ningún medio patrio. 

De hecho, no fue el Covid sino una periodista alemana de nombre Julia Melchior quien nos permitió ver por primera vez por dentro la sala de reuniones donde normalmente trabaja la reina Letizia en la Zarzuela, un espacio diáfano, moderno y minimalista en el sentido nórdico del término: todo es blanco (excepto el suelo, que es gris claro), con cuadros contemporáneos y mobiliario de cuero y acero. 

Letizia se convertía en princesa de Asturias sin ser en absoluto consciente de dónde se metía, pensando que estaba viviendo su personal versión de una película romántica de Hollywood, la adaptación castiza de la Cenicienta»

Letizia nunca había permitido que ninguna cámara entrara en la estancia —como no permite que fisgoneen en nada que no sea estrictamente oficial— pero los alemanes la convencieron. La cadena germana ZDF quería hacer una serie llamadaVon Beruf: Konigin, (De profesión: Reina), formado por tres documentales de 44 minutos cada uno. El primero se dedicaría a Letizia von Spanien, Letizia de España, y luego hablarían de Matilde de Bélgica y de Máxima de Holanda. 

Letizia nunca antes había dado luz verde a algo semejante, pero sabía que era la oportunidad perfecta para darse a conocer en Europa más allá de por sus trajes y, sobre todo, del fatídico rifirrafe de Palma que había dado la vuelta al mundo entero un año antes. El enfoque le gustaba: el documental hablaría de su trayectoria, de su formación y, sobre todo, de sus inquietudes. Demasiado tentador como para dejarlo escapar. 

Seguramente por ello, la Reina autorizó un acceso sin precedentes a su trabajo diario, el de reuniones y preparaciones, y dejó que la acompañaran cámaras alemanas durante un año entero. La siguieron por un viaje de cooperación por Mozambique, en actos a favor de la mujer, de apoyo al cine y de defensa de la educación y la infancia.

También en jornadas en Roma de la Organización Mundial de la Salud —dando un discurso en inglés nada menos— y en grandes recepciones de gran gala en el Palacio Real de Madrid, donde la Reina aparecía siempre sonriente y risueña.

El documental de la ZDF proyectó la imagen por la que a Letizia le gustaría ser conocida: la de una reina moderna, cercana, trabajadora, eficiente y volcada en causas sociales

El documental proyectó la imagen por la que a Letizia le gustaría ser conocida: la de una reina moderna, innovadora, cercana, trabajadora y eficiente, muy volcada en causas humanitarias y sociales. El de una profesional que ha ayudado a devolver la estabilidad a la Corona tras años de sórdidos escándalos de su cuñado y su suegro. El de una madre abnegada que intenta desesperadamente proteger a sus hijas y formarlas lo mejor posible. 

Esta es la Letizia ideal, su mejor versión, la que le gustaría llegar a ser. Sin embargo, puede que a los alemanes los convenciera, pero en España no es la imagen que abunda de ella. Más bien lo contrario: Letizia sigue a día de hoy, diecisiete años después de su boda y siete años después de convertirse en reina, sin encontrar su lugar, papel y rol exactos. Aún se está definiendo, reinventando a cada momento, probando y desechando aspectos nuevos, intentando amoldarse a esta imagen ideal por la que le gustaría que la reconocieran.

Letizia tiene tesón, fuerza de voluntad y una portentosa disciplina. Es astuta y muy espabilada. Tiene gran curiosidad, lee bastante y es una cinéfila empedernida. 

Un largo camino de cambios

Es cierto que ha evolucionado mucho desde aquel lluvioso —torrencial, más bien— 22 de mayo del 2004, en que Letizia apareció en la Almudena enfundada en un Pertegaz muy mal planteado (el cuello era especialmente horroroso) y portando por primera vez la tiara prusiana, la misma que había lucido la reina Sofía el día de su boda en Atenas cuarenta y dos años antes.

Letizia se convertía en princesa de Asturias sin ser en absoluto consciente de dónde se metía, pensando que estaba viviendo su personal versión de una película romántica de Hollywood, la adaptación castiza de la Cenicienta. Ella era, al fin y al cabo, una mujer de clase media, periodista, criada sin ningún tipo de lujos que había conocido a un príncipe, se había enamorado y, después de luchar contra la oposición de todo el establishment, aquel 22 de mayo se iba a casar con el hombre al que amaba.

Sin embargo, puede que comieran perdices, pero no siempre fueron felices. Más bien, a Letizia se la vio profundamente infeliz durante años. 

Letizia creyó erróneamente que el hecho de haber sido presentadora le había preparado para estar delante de las cámaras pero se equivocaba

Letizia creyó erróneamente que el hecho de haber sido presentadora del telediario de máxima audiencia le había preparado para estar delante de las cámaras y que iba a ser pan comido. Pero se equivocaba, vaya si se equivocaba: en cuanto puso un pie en palacio se tuvo que enfrentar a un nivel de intrigas, traiciones y zancadillas más parecido a una tragedia de Shakespeare que a un cuento de hadas. La dulce comedia romántica se convirtió en cuestión de días en un thriller vertiginoso cuyos protagonistas harían las delicias de los guionistas de Juego de Tronos

La obsesión de la prensa por ella tampoco ayudó en exceso. Siguiendo el manual de uso por aquel entonces, basado casi exclusivamente en crónicas cortesanas y pelotas no aptas para diabéticos, a Letizia la intentaron vender como una auténtica Cenicienta revestida de dones que no se veían desde Einstein. Si a Felipe lo ensalzaban como el Preparado (algo que ahora sirve más de mofa que de halago), Letizia no iba a ser menos.

Durante interminables semanas no sólo se nos explicó su descomunal inteligencia y meteórica carrera jalonada por premios, sino que nos describieron un nivel de sensibilidad y sofisticación cultural inauditos.

Obviamente, su formación humanística y lingüística era excelsa —se llegó a decir que hablaba ocho idiomas— y, por descontado, le encantaba —perdón, «le extasiaba»— la música clásica. «Siente pasión por Wagner, Grieg y Tchaikovsky», aseguraba un gran rotativo. «Se emociona al escuchar el Réquiem de Mozart», desveló otro. «Ha leído toda la obra de Ryszard Kapuscinski y en su piso se amontonan libros de ensayo», certificó un tercero. Y esto venía de la prensa seria. 

Luego, por supuesto, las revistas del corazón intentaron transformarla en un icono de glamour y elegancia, en un verdadero referente de estilo, la Diana de Gales española, la Jackie Kennedy de Asturias —¡todo lo que lleva se agota en cuestión de minutos!, proclamaban, ¡todos caen rendidos al estilo Letizia!—, aunque Letizia a todas luces no tenía el tipo de donaire innato que se requiere para ser eso que ahora llaman vulgarmente una trendsetter. Se notaba clarísimamente que no sabía nada de moda y, más allá de ir correcta y apropiada para presentar el telediario, no parecía importarle demasiado su atuendo. 

El nivel de empalago fue tan bochornoso que se perdió una gran oportunidad para explicar la verdadera Letizia y poner en valor lo que significaba: iba a ser la primera Reina de España sin sangre real

El nivel de empalago fue tan bochornoso que se perdió una gran oportunidad para explicar a la verdadera Letizia y poner en valor lo que significaba: ella iba a ser la primera Reina de España sin sangre real y, por tanto, la primera que sabía realmente lo que era echar currículums, buscarse prácticas, comenzar desde abajo con trabajos insulsos y mal remunerados, pagar alquileres e hipotecas y tener que soportar horarios imposibles.

Sus orígenes sociales —padre periodista, madre enfermera y sindicalista, abuelo taxista— deberían haber sido celebrados y no vilipendiados como hicieron los sectores de más rancia carcunda. Que estuviese divorciada y que hubiese vivido con hombres no debería haber sido pasto de tanto aspaviento. 

No habría hecho falta lo del Requiem de Mozart y la pasión por Grieg. Simplemente bastaba con describirla sin caer en vulgares exageraciones. Al fin y al cabo, Letizia tiene tesón, fuerza de voluntad y una portentosa disciplina. Es astuta y muy espabilada. Aunque no es tan culta ni remotamente sofisticada como nos la quisieron vender, sí que tiene gran curiosidad, lee bastante y es una cinéfila empedernida. 

Una imagen imposible

Como era de esperar, frente a semejante imagen imposible de sobrellevar que le fabricaron entre Zarzuela y ciertos sectores de la prensa, Letizia hizo lo que pudo, pero enseguida quedó claro que jamás iba a estar a la altura de semejante espejismo (¿y quién lo habría estado, por otra parte?). 

Presionada por todas bandas, tan sólo en términos sartorialistas pasó por un periplo artístico con demasiados altibajos y muy pocos éxitos. Letizia comenzó con trajes chaqueta de colores pastel tan cursis y sosos que le echaban años. El vestido beige rígido con lazada en el cuello con el que acudió a los primeros Premios Príncipe de Asturias tras su boda fue injustificablemente vetusto.

Lo peor, sin duda, vendría con su época It girl, simbolizada por aquel vestido de lentejuelas de Nina Ricci y un maquillaje a lo Kardashian totalmente inadecuado para su rango. El vestido entre baby doll y cabaretera ultra minifaldero de Teresa Helbig para unos premios Mariano de Cavia fue una importante metida de pata. 

Su principal problema ahora en términos de moda es que Letizia bascula entre sus ‘looks’ de institutriz inglesa y algunas concesiones no del todo razonables a las últimas tendencias

Desde que la estilista Eva Fernández está en Zarzuela no es que Letizia haya encontrado su estilo, pero el número de fallos ha disminuido. Algo es algo. Su principal problema ahora en términos de moda es que Letizia bascula entre sus looks de institutriz inglesa y algunas concesiones no del todo razonables a las últimas tendencias. Tanto la vemos con un dos piezas de tweed que podría haber salido de Downton Abbey como aparece con una blusa decorada con unos flecos que parecen alerones. Viste bien de gran gala, pero para actos de tarde o de mañana suele caer en eso que los ingleses llaman overdressed y que por aquí llamamos, simplemente, pasarse tres pueblos. 

Letizia ya no confía sólo en Felipe Varela, un tipo que sabe hacer chaquetas con un muy buen patronaje, pero que abusa del guipur y otros abalorios inncesarios. Ahora, en el armario de la Reina se acumulan los Carolina Herrera, los Hugo Boss y, más recientemente, los Cherubina y los Matilde Cano.

De vez en cuando recupera algún traje icónico del pasado, aunque aún no ha repetido su «gran traje», ese majestuoso vestido rojo de satén que le hizo Lorenzo Caprile para la boda de Federico de Dinamarca con Mary Donaldson. Aquel día estaba despampanante, y lo sabía. 

Demasiadas críticas

Aparte de criticar sin piedad sus vaivenes en el vestir, desde el principio Letizia comenzó a ser escudriñada y analizada a unos límites que rozaban lo patológico. Criticarla—a veces por causas fundadas, otras por auténticas chorradas— pasó a ser un nuevo deporte nacional: que si no se sabía vestir, que si era una estirada, que si había abducido al príncipe, que si era una cateta sin modales. 

El preludio de lo que estaba por venir lo tuvimos el 6 de noviembre del 2003 en el palacio del Pardo, en la pedida de mano, cuando Letizia dijo con una sonrisa aquello de «¡déjame terminar!».

Los monárquicos de pura cepa y los cronistas de la realeza, verdaderos guardianes de las esencias y algunos más papistas que el papa, se quedaron sin habla al comprobar estupefactos cómo una (a sus ojos, insignificante) prometida —¡una mujer! ¡una plebeya! ¡la nieta de un taxista!— osaba interrumpir a su futuro marido (el cual, por cierto, la había interrumpido antes a ella, aunque esto nunca se diga). 

A partir de ahí, la imagen de una Letizia marimandona y con mucho genio quedó establecida. Aunque, siendo sinceros, ella también puso de su parte muchas veces para acabar de rematarlo. Porque por muchas cualidades que tenga, y las tiene, Letizia es también impetuosa, impulsiva, claramente dominante, hipercontroladora y algo abrasiva.

Suelta comentarios provocadores y frases tajantes a la mínima, de una tozudez sorprendente para alguien de su rango. Y es muy obstinada, excesivamente terca. 

Su obsesión por la imagen personal no la ayuda: cuando se casó, Letizia no tenía una nariz perfecta, pero era indudablemente guapa. La operación de nariz (hay quien asegura que también hubo retoques en la barbilla) le cambió totalmente el rostro y la expresión: ganó en armonía visual pero perdió en naturalidad. Las inyecciones de botox hicieron el resto: ha habido momentos en que, cuando sonreía, de tan tensa que tenía la piel, parecía que se iba a desgarrar. 

El gran salto

El nivel de nerviosismo que llegó a sufrir tampoco ayudó. Letizia sin duda vivió un auténtico calvario durante años, sobre todo en la época dorada de los Urdangarín, el momento cuando a Juan Carlos aún se le veneraba como el auténtico icono y artífice de la Transición. Ella ni se supo amoldar a su nuevo estatus, ni se adaptó a palacio, ni encajaba en absoluto entre su nueva familia política o los amigos de su marido —algunos, auténticos pijos redomados—. Ingenua y muy inexperta, cometió sonadas metidas de pata y confió en personas que no hubiese debido. 

Durante más de una década, Letizia parecía casi siempre descolocada e incómoda, como si todos los actos a los que debía acudir —los eventos militares, las recepciones diplomáticas, las cenas de gala, los viajes oficiales— le produjeran una mezcla de estupor, asco y un aburrimiento supino. No sonreía, fruncía siempre el ceño y su gesto era distante, gélido e incluso en ocasiones desagradablemente hosco. 

Letizia tenía el consuelo de erigirse como la única que, a pesar de sus defectos, no había cometido actos ilegales con miles de millones de por medio

Su metamorfosis comenzó después del nacimiento de sus hijas, en el momento en que su matrimonio vivía sus horas más bajas —la pelea entre ellos debió ser de órdago—, y comenzaba la gran crisis de la Casa Real: del panegírico absurdo se pasó a airear todos los trapos sucios en cuestión de segundos. Mientras Juan Carlos pasaba de héroe a villano, se destapaba el Corinnagate y todo se derrumbaba a su alrededor, al menos Letizia tenía el consuelo de erigirse como la única que, a pesar de sus defectos, no había cometido actos ilegales con miles de millones de por medio. 

Sin embargo, no supo en ese preciso momento articular una imagen potente que la realzara. Cometió el error de intentar proyectarse sólo como una hipster, una intelectualoide de Malasaña, algo que desde luego la alejaba del casticismo de los Borbones pero no hacía nada por acercarla al pueblo. Se filtró a la prensa que acudía a menudo a cines alternativos para ver películas minoritarias, que le encantaban las creaciones del cineasta Carlos Vermut, le gustaba el humor ácido de Miguel Noguera, leía las novelas de Agustín Fernández Mallo (icono de la llamada Generación Nocilla) y compraba los libros de Marta Sanz.

No había nada malo en semejantes gustos, por supuesto (les reconozco que a mí también me gusta mucho la literatura independiente), pero contribuyeron a crearle una imagen algo elitista que no la favorecía. 

Una agenda propia

Al mismo tiempo que la Reina insistía en que era una mujer moderna, incluso indie, desde Zarzuela intentaban imponerle una agenda encorsetada y totalmente inadecuada para ella. El papel de consorte, tal como parecen entenderlo en palacio, es de un anacronismo pasmoso: reduce a la esposa a una mera comparsa y adorno, alguien que acompaña pero que no tiene voz ni protagonismo alguno. Un modelo casposo imposible de conciliar con el siglo XXI. 

En Zarzuela se nota que hay muy buenos abogados del Estado, pero ni un sólo verdadero experto en comunicación moderna. Básicamente, porque todo sigue un guion tan rígido y pautado como el temario de una oposición o la redacción de un contrato de una notaria. Todo resulta gris, árido y antiguo. 

Su obsesión porque nadie cometa el más mínimo desliz —bastantes escándalos llevan ya— ha llegado a unos niveles de hermetismo surrealistas y contraproducentes: no hay ni un gesto ni palabra fuera del guion, todo es frío y rígido, y tan ultraconservador en las formas que acaba por ser soporíferamente anodino.

Más allá de detalles sin la más mínima importancia —¡Leonor va vestida de azul! ¡Sofía ya es más alta que su hermana! y chorradas por el estilo—, los actos de la Familia Real generan indiferencia incluso entre los acólitos. O, como se dice en castellano castizo, duermen hasta a los muertos. 

Tampoco saben articular una agenda potente de temas y actos con el que Letizia pueda destacar y, sobre todo, tener impacto. No hay duda de que se prepara a conciencia cada acto, pero no consigue resultados tangibles ni está liderando nada. Lo de «prestar apoyo» o la muy manida expresión de «ayudar a visibilizar» son expresiones huecas que no significan, en el fondo, nada. Letizia necesita una narrativa coherente, con objetivos definidos y una estrategia de acción. 

Podrían copiar lo que está haciendo Kate Middleton, por ejemplo, la cual está dando un recital sobre cómo ser royal en el mundo moderno. Kate comenzó con los mismos problemas que Letizia: todos esperaban que tuviera una agenda humanitaria como la de su suegra, la malograda Diana de Gales, y que se pasara el día en hospicios y hospitales.

Kate comenzó con los mismos problemas que Letizia… cuando dio con su tema, comenzó a despegar… Ha puesto en marcha una exitosa campaña de comunicación

Kate lo intentó, sonrió todo lo que pudo, pero no encajó. No significa que no tenga empatía, simplemente no era su ámbito. En cambio, cuando dio con su tema, comenzó a despegar. Kate se propuso cambiar la imagen de la salud mental, luchar contra los estereotipos y conseguir que más gente buscara ayuda cuando lo necesitase, sobre todo los más pequeños.

Ha encargado informes, ha hecho vídeos dinámicos, ha puesto en marcha una exitosa campaña de comunicación, ha unido a decenas de organizaciones y ha dado entrevistas al respecto. Ha sido innovadora, eficiente y muy moderna. Y, lo mejor de todo, es que está consiguiendo resultados. 

Letizia, en cambio, parece que sólo se mueve en el formato «conferencia y seminario»: sólo acude a inaugurar o clausurar simposios, donde pronuncia el típico discurso ultrainstitucional que no dice nada interesante. Recibe a muchas personas en audiencia y se estudia los temas al dedillo, pero más allá de una foto, el público en general no ve nada.

No hay vídeos, no se les escucha, jamás hablan con la prensa. No hay objetivos. No hay hoja de ruta. Con lo que, al final, aunque el esfuerzo detrás sea loable, lo único de lo que queda hablar es de la ropa que la Reina lleva puesta. 

Letizia debería olvidarse de las obligaciones que heredó en su día de su suegra. Los viajes de cooperación los prepara muy bien, pero no consigue visibilizarlos, básicamente porque somete a los voluntarios a auténticos interrogatorios, con cuestiones de fondo muy precisas, pero no se trata de eso. Se trata de que la prensa hable de ellos.

Lo mismo podríamos decir de muchos actos sociales a los que asiste. Su trabajo con la Organización Mundial de la Salud podría ser interesante, al fin y al cabo es una auténtica experta en nutrición, pero se limita a un acto al año, de nuevo con el formato conferencia que no le interesa a nadie. 

Letizia, en cambio, podría hacerlo muy bien promocionando hábitos de lectura entre los más pequeños, algo sumamente necesario. ¿Por qué no va a guarderías y les lee un cuento a los pequeños y luego lo comentan? ¿Por qué no hace vídeos de Instagram o en Youtube con libros que leyó a sus hijas de pequeñas o con técnicas para hablar a los niños sobre los libros?

La promoción de una alimentación saludable podría ser otro gran tema donde podría hacer una buena contribución: ¿por qué no entrevista a expertos y lo cuelgan en Internet? 

Letizia podría —debería— tener una agenda más ambiciosa y, sobre todo, más ejecutiva. Más potente y relevante. 

Por ello, en Zarzuela harían bien en tirar a la basura los viejos manuales. 


Ana Polo Alonso es la editora de Courbett Magazine, una publicación digital sobre libros, diseño y cultura. También es la creadora del podcast Sin Algoritmo, centrado en novedades literarias. Publicará próximamente una biografía sobre Jackie Kennedy y está trabajando en una biografía sobre la reina Isabel II de Inglaterra.