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El president mártir que nadie recuerda y otros tabús que la Diada oculta

’L’Onze de Setembre de 1714’, cuadro pintado por Antoni Estruch en 1909 MHC

Lluís Companys no ha sido el único presidente de la Generalitat mártir, esto es, asesinado por su cargo. Ni siquiera fue el primero. Si se atiende a la numeración ideada por el nacionalismo catalán para justificar las raíces milenarias de la nación catalana, que otorga a Pere Aragonés el cargo de 132 presidente de la Generalitat, el primer president mártir no fue Companys, sin Francesc Valls i Freixa.

Monje del convento de Sant Pere de Camprodon, fue presidente de la Generalitat entre 1704 y 1706, cuando murió víctima de las heridas sufridas por el bombardeo de las tropas austracistas sobre Barcelona. Los borbones controlaban entonces la capital catalana y las tropas del Archiduque Carlos decidieron romper la resistencia de la ciudad con un intenso bombardeo en el que resultó herido Valls.

Pero su historia, víctima de los austracistas, no convenía al relato oficial de la Guerra de Sucesión construido por el nacionalismo catalán a finales del siglo XIX. Por eso nadie honra a Valls en la Diada. Como tampoco se recuerda a Nicolau Sant Joan, conseller del Consell de Cent como Rafael Casanova, pero asesinado por lo austracistas durante la purga de partidarios de los borbones posterior a la toma de la ciudad, en 1706.

Su muerte dio el poder a los austracistas en el Consell de Cent, el gobierno de Barcelona en la época. Pero esta Diada no habrá ofrendas florales para él.

Desmontando el mito

Son algunos de los tabús de la historia catalana que la historiografía catalanista se ha esmerado en eliminar del relato oficial del 1714. Todo lo que no se explica para mantener el mito «sobre el que se crea un pasado» que permite construir esa identidad catalana, explica el historiador Óscar Uceda, presidente de Historiadores de Cataluña.

La historia de la Diada «es la búsqueda de un agravio impostado para conseguir que nos enfademos con alguien que no existe por algo que no ha hecho» lamenta Uceda. «Y lo han conseguido». Para revertir esa construcción, «llevamos mucho tiempo trabajando en el estudio y la difusión de la Guerra de Sucesión porque la gente no conoce realmente lo que sucedió».

Un origen mítico que su asociación se ha propuesto deconstruir para hacer emerger la historia real. De ese empeño surge el documental presentado en colaboración con Sociedad Civil Catalana, La Diada. Una historia crítica en el que cotejan hechos y mitos de la Guerra de Sucesión.

Ni Fossar de les Moreras ni Roser de Lleida

Entre los mitos desmontados, dos de los elementos esenciales de la simbología independentista, el Fossar de les Moreres y la masacre del Roser de Lleida. El Fossar, junto a la Iglesia de Santa María del Mar de Barcelona, es la zona cero de la reivindicación nacionalista del 1714, donde supuestamente yacen enterrados los últimos defensores de Barcelona ante el sitio de los borbones.

El arqueólogo Roger Molina desmonta ese mito. «No hay ninguna fosa común en el Fossar, es memoria simbólica» explica Molina. Un símbolo nacido décadas después, con una poesía de Serafí Pitega que recoge después como hecho probado la historiografía catalanista de la Renaixença.

Tampoco hubo nunca una masacre en le el antiguo convento del Roser de Lleida, actual sede de un Parador Nacional, para escarnio de los independentistas. Las crónicas austracistas de la época narran la muerte de cuatro personas en el Roser durante la toma de la ciudad, en el sitio de 1707. La cifra de 700 muertos empieza a aparecer en los libros de historia del siglo XX, pero ahora se enseña como verdad irrefutable en los libros de texto catalanes.

Son dos ejemplos más, de la versión «muy politizada e idealizada que se ha construido durante más de un siglo», explica Uceda. «La versión real de la Guerra de Sucesión es mucho más humana y permite entender mucho mejor lo que está pasando ahora que la versión romántica que nos ha llegado de la mano de la historiografía académica nacionalista».

La gran mentira del Tricentenario

Para el historiador Joaquim Coll, el objetivo de esta visión romántica de la Guerra de Sucesión es construir «un continuo histórico de maltrato y represión de España a Cataluña». Para ello se crea «un relato falseado de Cataluña contra España» con la fecha de 1714 como punto de partida.

Una construcción que empieza con el nacimiento del nacionalismo, en la Renaixença, y alcanza su clímax con los fastos del Tricentenario de 1714 organizados por el Gobierno de Artur Mas en plena promoción de la consulta del 9N.

«La gran mentira de 2014» cuando la Generalitat organiza los fastos del tricentenario de 1714 y la caída de Barcelona, es el reparto de culpas con Felipe V como único responsable, explica Uceda. Un mensaje amplificado por la maquinaria propagandística de la Generalitat que el Govern puso al servicio de Toni Soler, Jaume Sobrequés y Quim Torra como maestros de ceremonias.

Felipe V no tenía la culpa

Uno de las bases del agravio histórico catalán es el Decreto de Nueva Planta que abolía los fueros catalanes, según se estudia en los libros de texto catalanes. Pero «quien rompe el acuerdo son las cortes catalanas -ya purgadas por los austracistas- que derogan en las constitucions pactadas con Felipe V» explica Uceda. Fue en 1706 -mucho antes del Decreto de Nueva Planta, de 1716- con un nuevo marco estatutario en el que se excluía a los borbones del trono de España.

«Existía un contrato entre el Rey Felipe V y la oligarquía catalana que se rompe de forma violenta, después pierden y la culpa de la ruptura y de la derrota es del otro» Felipe V, «esa es la gran mentira del tricentenario» explica el presidente de Historiadores de Cataluña.

Hubo otras falsedades, como la buscada confusión de lemas bélicos para dar la impresión de que los austracistas luchaban por la libertad y no por sus intereses comerciales. Por ejemplo, la elección para la cartelería del tricentenario de la bandera negra -no das ni pides cuartel-. Pero no la del sitio de Barcelona, que portaba por lema «muerte o nuestros privilegios conservados», sino la de Cardona: «Viure lliures».

La Revolución Francesa en Barcelona

El engaño está en la definición de lliures, que aquí no se refería a libres, sino a los libros que recogían las leyes forales catalanas, también llamadas «constitucions«. Unas leyes que no hacían más que «proteger los privilegios de las oligarquías» recuerda Uceda. «Los modernizadores del Estado eran los Borbones, pero empiezas a llenar las calles de carteles reproduciendo imágenes de la época con las palabras lliures y constitucions y parece que la Revolución Francesa tuvo lugar 80 años antes en Barcelona«.

El historiador reconoce que la historiografía académica catalana es la principal culpable de esta reconstrucción interesada del pasado. Lo hicieron Ferran Soldevila o Antoni Rovira i Virgili, que impusieron su visión frente a la más crítica de Vicens Vives. Josep Fontana acaba sumándose a esa línea que define Sobrequés en el prólogo de su historia de Cataluña: «se deben a la patria».

«El catalanismo tira más que el oficio de historiador» lamenta Uceda. «Este proyecto de construcción nacional permanente» ha marcado la historiografía en Cataluña. Un estudio del pasado «nacionalista y muy financiado que nos lleva a la decadencia de la propia historiografía».

Lo demuestra la batalla abierta entre la historiografía académica y el Instituto Nova Historia. Un proyecto que obvia cualquier rigor, reconoce Uceda, pero que sirve para «enriquecer el supremacismo de buena parte del nacionalismo» con una nueva mitología sobre el origen catalán de Cristobal Colón, Miguel de Cervantes o Santa Teresa.

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