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Una mesa de diálogo a medida de las urgencias de Sánchez y Aragonés

Pedro Sánchez y Pere Aragonès, en el Palau de la Generalitat.

Pedro Sánchez y Pere Aragonès, en el Palau de la Generalitat. EFE

La reunión de la mesa de diálogo que el pasado lunes era una auténtica patata caliente para Pedro Sánchez y Pere Aragonés se ha convertido, superado el encuentro, en un bálsamo en el atribulado inicio de curso de ambos presidentes. La medida escenificación preparada finalmente por Moncloa y Generalitat ha permitido a Sánchez exhibir un conflicto catalán pacificado y a Aragonés recuperar algo de autoridad.

Sin concreciones ni calendarios, ambos dirigentes han conseguido superar la prueba con éxito. No por lo pactado en la mesa, sino por la imagen ofrecida del encuentro. «Las imágenes son importantes en un conflicto político» aseveraba Pedro Sánchez ante la prensa al ser preguntado por el contenido de dos horas de diálogo de sordos.

El poder de la imagen

«Igual están acostumbrados a ver a un presidente en el Palau de la Generalitat» ironizó ante la exigencia de resultados de la prensa, pero «lo sustantivo es que se está celebrando una reunión y que dos presidentes nos hemos reunido». Más allá de fotografías, el éxito de la apuesta hecha por Sánchez y Aragonés el miércoles puede medirse en el modo en que JxCat y ERC intentaban cerrar la crisis un día después. O a la escasa incidencia de las críticas a Sánchez, superado el episodio de la bandera española eliminada de la comparecencia de Aragonés.

Con esa frase, Sánchez le daba la vuelta como un calcetín a la indiferencia mostrada hasta este miércoles sobre la carpeta catalana, que parecía haber eliminado de su agenda tras la concesión de los indultos. Aunque quizá fuera solo apariencia, si se tiene en cuenta que la crisis de Gobierno de julio sirvió para poner a un catalán, Francesc Vallés, al frente de la Secretaría de Estado de Comunicación. Y que Vallés ha abierto el curso fichando a un periodista catalán, Pablo Tallón, para ocuparse en exclusiva de la carpeta catalana en Moncloa.

Los tropiezos de Aragonés

El presidente catalán, por su parte, llegaba al encuentro tras el fiasco del Acuerdo por la amnistía y de la ampliación del aeropuerto. En el aeropuerto, tanto sus socios de JxCat como el Gobierno o la patronal catalana lo han señalado como culpable, sin que ERC haya rentabilizado la oposición al proyecto, que abanderan los comunes.

Tampoco ha sido capaz de sumar a su lema de «amnistía y autodeterminación» a ningún partido o entidad más allá de sus socios de gobierno. El prometido Acuerdo nacional por la amnistía y la autodeterminación sigue sin materializarse tras el portazo inicial de CC.OO., el silencio de UGT o ninguneo de las patronales y entidades que sí secundaron los pactos nacionales de Artur Mas y Carles Puigdemont.

La estocada final llegaba el martes, con el desplante de JxCat proponiendo a cuatro candidatos -no tres- de los que solo Jordi Puigneró pertenece al Govern, como había pedido Aragonés. El último cartucho para dinamitar la mesa de diálogo que sólo podía rentabilizar el líder republicano, tras confirmarse la asistencia del presidente del Gobierno.

Salvar a a Esquerra

Para llegar hasta ahí, los republicanos habían tenido que ejercer toda su presión sobre el Gobierno para conseguir que Pedro Sánchez aceptara acudir a Barcelona. Al presidente del Gobierno, presionado por la crisis de la electricidad o el bloqueo de la justicia, no le hacía especial ilusión regalar al PP el argumento de su rendición ante el independentismo. A esas alturas, sin embargo, el problema era «salvar al soldado Pere» para seguir teniendo un independentismo posibilista con el que pactar. No un referéndum, pero sí la gestión ordinaria y los deseados fondos europeos que tanto Sánchez como Aragonés confían en que les servirán para recuperar apoyos en el próximo ciclo electoral

Si el independentismo lleva dos años sosteniendo a Sánchez bajo el argumento de que la alternativa es un Gobierno de PP y Vox, el PSOE empieza a ver claro -en el Congreso y en Cataluña- que si se imponen las tesis de Junts y la CUP, el Gobierno Sánchez tiene los días contados. En el cuento de «Pedro y el lobo» en el que se ha convertido la política española, el PSOE tiene tantos argumentos como ERC para temer un cambio de gobierno en Cataluña.

Eso explica la presencia de Sánchez en Barcelona, la reunión de dos horas en el Palau de la Generalitat y la medida teatralización de las distancias entre ambos. Los equipos de ambos presidentes midieron cada detalle para que los dos salieran no solo indemnes, sino reforzados, del encuentro.

Govern «blindado» en la Generalitat

También el golpe de autoridad escenificado por Aragonés, anunciando el veto a los nombres propuestos por Junts para participar en la mesa de diálogo. Un golpe de autoridad con un éxito relativo, porque los de Puigdemont se mantienen en su órdago y se niegan a proponer otros nombres. Pero no se han atrevido a ir un paso más allá, cuestionando la estabilidad del ejecutivo catalán que acaba de echar a volar.

Así, Junts ha centrado sus ataques en la mesa y en Moncloa, defendiendo la estabilidad del Govern. La mesa «queda tocada porque lo que tenía que ser un diálogo entre el Gobierno y la parte catalana acaba siendo una mesa entre los partidos que de forma continua acuerdan cosas en Madrid» denunciaba Elsa Artadi refiriéndose a Esquerra, PSOE y Podemos.

Pero dejaba claro que «no creo que haya crisis de Govern«. Poco después, Aragonés y Puigneró se comprometían a «blindar» la coalición en la Generalitat de los choques por la estrategia de sus respectivos partidos en un encuentro convocado por el presidente catalán.

Aún así, Junts mantiene el fracaso es de la mesa, como demuestra según Junts que no fueran capaces de pactar un comunicado conjunto como sí se hizo en Pedralbes, bajo presidencia de Quim Torra. La portavoz de JxCat obviaba así que Torra acudió a la mesa a pesar de sus convicciones, mientras Aragonés ha hecho de ese proceso negociador la bandera de su mandato.

Café con Illa

Mientras Aragonés intenta mantener a raya a sus socios, Sánchez no olvida mimar a su primer y principal apoyo en el socialismo español, el PSC. El presidente abandonó el Palau para participar en una reunión de la ejecutiva de los socialistas catalanes convocada ad hoc para la ocasión. Y antes de encerrarse en la sede de la calle Pallars, regaló a su ex ministro, Salvador Illa, una imagen de deferencia tomando un café en la cafetería de la esquina, convenientemente fotografiada y remitida a los medios para regocijo de los socialistas catalanes.

La escena del café no solo servía para exhibir, una vez más, la buena sintonía en lo personal. Pretendía dejar claro también que la alianza con Esquerra no se hará, esta vez, a costa de los intereses del PSC. En otras palabras, ni Pedro Sánchez pidió y ni Salvador Illa se plantea rebajar el tono de su oposición a Aragonés para facilitarle las cosas al Gobierno.

Aunque lo cierto es que la oposición de Illa ya es, ahora, de guante blanco. El líder socialista ha expresado al president su predisposición a negociar los próximos presupuestos de la Generalitat, que la CUP se niega a avalar, a pesar del portazo de Aragonés a la mesa de diálogo «dentro de Cataluña» que Illa ha reclamado insistentemente.

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