Sostiene Jon Favreau, y cita a Barack Obama con su discurso ante la Convención Demócrata en 2004, que «un buen discurso es una historia, desde el principio al final». Jon Favreau, escribano de Obama, es el speechwriter de referencia para todos los que se dedican a escribir a la sombra del poder. Pero él no estaba entre bambalinas. En España, la mayoría no acaparan los focos. Quizá haya que ser Obama para que no te importe que haya un Favreau a tu vera. O quizá haya que ser Favreau para saber dónde acaba tu talento y dónde empieza el genio del político para el que trabajas. O quizá en nuestro país haya que superar ciertos tabúes.

Lo decía Fernando Ónega, logógrafo de Adolfo Suárez, en una entrevista con Fran Carrillo en El Molinillo: «En España hay un cierto complejo de aceptar la normalidad. Los políticos españoles (y los empresarios y otra gente) quieren ser excelentes en su oficio, y excelentes en sus escritos, excelentes en todo, y les parece una humillación que alguien sepa que la frase brillante no es suya, sino de laboratorio».

Era válido en 2014 y ahora también. Fernando Ónega es quien acuñó uno de los mejores mantras discursivos de nuestra historia reciente: «Puedo prometer y prometo». Es el título de su libro sobre sus años con Adolfo Suárez. Para Ónega es fundamental que el escritor de discursos tenga en cuenta que no es él quien habla, es el otro: «Escribir para otro es es regalarle, venderle, quizá alquilarle, un poco de uno mismo».

Según David Redoli Morchón, uno de los escribanos más reconocidos en España, la cuestión tiene que ver con la cultura política propia de los países latinos, donde el mundo de la asesoría y la comunicación está en el backstage. «En Estados Unidos, Reino Unido y Francia forma parte del escenario. El asesor no puede ocupar la pista central del circo pero tampoco podemos negar su existencia. Es muy relevante saber quiénes forman parte de los equipos de los políticos. Forma parte de la rendición de cuentas», afirma David Redoli, sociólogo y ex presidente de la Asociación de Comunicación Política (ACOP).

Mientras que en EEUU o el Reino Unido los logógrafos son un colectivo consolidado, unos profesionales que forman parte del equipo que asesora al político, en España ni son muy numerosos ni muy conocidos. Entre los más nombrados, además de Fernando Ónega, están José Enrique Serrano (Felipe González), Miguel Ángel Simón (Rubalcaba), Carlos Aragonés (Aznar), Miguel Barroso (Zapatero), Luis Arroyo (Zapatero y Fernández de la Vega), Antonio García Maldonado (Sánchez y González Laya), Ignacio Martín Granados (Dolores Delgado) o Ignacio Peyró (Rajoy). Las mujeres son aún más celosas de su intimidad profesional. Sánchez cuenta con tres logógrafas, pero prefieren el anonimato.

En el caso del Rey, cuando da un discurso invitado por un Ministerio, suele ser el equipo de escribanos del titular de esa cartera quien hace el primer borrador. Como escritor de discursos del Rey, se ha citado en alguna ocasión a Frigdiano Álvaro Durántez Prados, doctor en Políticas y autor de ensayos sobre paniberismo. A su padre le escribieron discursos Francisco Tomás y Valiente, o Pedro Laín Entralgo, y Víctor García de la Concha, entre otros.

Cicerón indicó el camino

La palabra «logógrafo» aparece por primera vez en Tucídides, historiador y militar ateniense del siglo V a.C. El logógrafo es el prosista, el redactor de discursos judiciales, de tratados literarios, y en la actualidad así nos referimos al redactor de discursos públicos. También se llaman por influencia anglosajona speechwriters o ghostwriters, es decir, escritores fantasma o incluso negros

Las bases de la oratoria se sientan en la Grecia y la Roma clásica. Las técnicas para ser un buen orador, fundamentales para todo buen logógrafo, se explican en el Breviario de campaña electoral de Quinto Tulio Cicerón, escrito en el 64 a. C. “Persevera en el camino que te has marcado: sobresalir en la elocuencia. Gracias a ella, uno puede en Roma ganarse y atraerse la simpatía de los hombres y, a la vez, evitar los obstáculos y los ataques”, subraya Quinto Tulio Cicerón. 

Ni Lincoln ni Churchill contaron con un equipo de escribanos, pero tampoco sus apariciones públicas eran tan numerosas como lo son ahora. Como apunta Ignacio Peyró en un artículo titulado Grandeza y servidumbre del negro presidencial, publicado en la Revista Leer, “el puesto de escritor de discursos es de incorporación tardía. No sin razón: de 1929 a 1933, un presidente como Hoover promediaba unas ocho apariciones en público al mes; en la primera legislatura de Bill Clinton, ese número había ascendido a veintiocho”. 

En Estados Unidos impera la transparencia. La política es labor de equipo y el político ha de dedicarse a gestionar»

ignacio martín granados

“En Estados Unidos tienen una oficina de redacción de intervenciones públicas con un escritor-jefe. Impera la transparencia. La política es labor de equipo y el político ha de dedicarse a gestionar. Para preparar un discurso puedes emplear horas, incluso días. He llegado a escribir 12 borradores. Si hicieran eso, no podrían tomar decisiones”, afirma Ignacio Martín Granados, que trabajó como logógrafo con la ministra de Justicia, Dolores Delgado, y ahora es director de Comunicación en el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN). 

La exposición pública es mucho mayor. Los políticos están constantemente en el punto de mira de los medios de comunicación y de las redes sociales. No solo los presidentes o primeros ministros, también los miembros del gobierno, y otros cargos regionales y locales. Si se rodean de profesionales, expertos en comunicación política, disponen de más tiempo para la gestión y cuentan con los recursos adecuados para llegar mejor a más gente.

Ni siquiera Obama, que se escribió sus discursos hasta que empezó a brillar como senador por Illinois, es autor del “yes, we can”. Fue idea de David Axelrod y Obama reconoce que al principio no creía que fuera a funcionar. Le pareció “banal”. Fue Michelle Obama quien apoyó la propuesta de Axelrod.

Sintonía con el político

El escritor Antonio García Maldonado, que ha trabajado en Presidencia del Gobierno con Pedro Sánchez y en el Ministerio de Exteriores con Arancha González Laya, sostiene que “escribir discursos es meterse en la piel del otro y, por tanto, el discurso es de quien lo pronuncia, no de quien lo da forma”. Explica García Maldonado, que prepara un manual sobre el tema, que “es una labor de equipo: el discurso lo nutre mucha gente: técnicos, asesores, redactores… No es un trabajo en solitario”. 

La clave es que el político entienda que la comunicación es fundamental en la actividad política»

david redoli morchón

Los logógrafos coinciden en que la sintonía con el político facilita mucho la tarea. “La clave es que el político entienda que la comunicación es fundamental en la actividad política: comunicar, identificar problemas y resolverlos”, indica David Redoli Morchón, que trabajó en el equipo de la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega. Según Redoli, el político es el arquitecto (el diseñador del proyecto), sus asesores son los obreros, los albañiles, los fontaneros, los electricistas, que ejecutan los planos. 

Para un speechwriter de dilatada trayectoria en el gobierno español, que prefiere quedar en el anonimato, “lo más difícil es conocer a la otra persona. El punto de partida es leer todo lo que haya escrito. Después, me ayudó viajar con ellos y aprovechaba para conversar: saber de su juventud, su música preferida, las películas que les gustan. Suelo observar cómo toman decisiones, cómo forma sus razonamientos políticos, eso ayuda porque el ritmo del discurso va en sintonía con la evolución de su pensamiento”. 

Para este escribano es básico tener en cuenta que “una vez entregado, el discurso no es tuyo, de modo que el ego hay que dejarlo guardado en un cajón”. Y ser consciente de que “no todo discurso sirve para todo el mundo. “Los discursos de Kennedy, para Kennedy”, concluye.  Es fundamental saber quién dice qué, dónde y cuándo lo dice. No es igual un discurso de investidura de un jefe de gobierno que unas palabras de un alcalde en una entrega de premios. 

Como escribió Redoli en la revista de Beers and Politics, “para lograr el objetivo nada mejor que utilizar las técnicas de la ‘narrativa transmedia’, descritas por Henry Jenkins… se trata de lograr que nuestros mensajes principales lleguen al mayor número posible de personas a través de diversos medios y plataformas de comunicación, con el objetivo de transformar a los espectadores en participantes activos de nuestro proyecto político”. Es decir, “no hace falta que los discursos sean muy extensos, ni muy sofisticados, ni extraordinarios. Solo hace falta que estén escritos por profesionales que sepan que los discursos son los cimientos de cualquier proyecto político”. 

Los que trabajan en comunicación política tratan de hacer más comprensible lo que quiere decir el político. No se trata solo de saber expresarlo bien, sino de saber comunicar, conseguir memorabilidad, que sea recordado. Ese mensaje no solo es para la audiencia de ese momento o para los medios, sino para que todo el que lo haya escuchado pueda trasladarlo a su entorno.

Puedes hacer discursos para alguien a quien no admiras pero en tu biografía no tiene sentido. Has de tener cierta sintonía con el fondo»

antonio garcía maldonado

En España esa sintonía suele traducirse en afinidad ideológica. “Puedes hacer discursos para alguien a quien no admiras pero en tu biografía no tiene sentido. Has de tener cierta sintonía con el fondo: mejoras el desempeño porque sueles tener más bagaje intelectual en esa línea. Si no, me cuesta pensar que se pueda elaborar algo brillante”, afirma García Maldonado, quien destaca cómo “es fundamental hacer de parapeto, dar seguridad al líder, aunque no utilice lo que has escrito”.  

En Estados Unidos David Gergen, que ahora da clases en la Harvard Kennedy School, trabajó para cuatro presidentes estadounidenses, demócratas y republicanos (Nixon, Ford, Reagan y Bill Clinton). Hay otros que sí están ligados a los presidentes con los que han trabajado como Ted Sorensen, quien fue vital para John F. Kennedy (“cuando hieren a Jack, Ted sangra”), o bien Charlie Fern, autora del famoso “read my lips, no new taxes”, de George W. Bush. 

En Francia se han dado varios casos pero el que más sobresale es el de Marie De Gandt, una escritora que se confesó de izquierdas pero trabajó a las órdenes del presidente conservador Nicolas Sarkozy. Cuanto terminó su labor publicó el libro Sous la plume (En los escritos), donde deja claro qué era obra suya y qué no, en un ejercicio de destape que resulta insólito en España. Por ejemplo, arranca con una anécdota cruel al contar cómo Sarkozy se cargó una frase suya (“Wir sind Brüder, wir sind Berliner”, que emulaba el “Ich bin ein Berliner” de Kennedy), al pronunciarla mal (wir sind Bruhe, somos caldo). Al contrario que Favreau, que solía reunirse a solas con Obama con frecuencia, casi nunca se vieron en privado. 

¿Dónde están las mujeres?

En la escena internacional hay varias mujeres que han colaborado con figuras de primera fila, además de la francesa Marie De Gandt y la británica Charlie Fern o Ann Lewis, que trabajó con Hillary Clinton. La periodista Margaret Ellen Noonan, a quien llamaban Peggy, está detrás de las mejores citas de Ronald Reagan (“señor Gorbachov, derribe este Muro”), autora de The Speeches We Kept in Our Heads

En su obra, Peggy Noonan dice: “Es bueno sentirse inspirado por los grandes discursos, y conocerlos… pero no es aconsejable imitarlos, a menos que quieras ser un reflejo del alcalde de Springfield en Los Simpsons”. Confiesa cómo fue el discurso del actor Christopher Reeve el que más destacó en la Convención Nacional Demócrata de 1996, con Bill Clinton y Al Gore en escena. ¿Por qué? “Desprendía amor. Y sonó auténtico. Sus frases eran sencillas y las leyó pausadamente por su condición física. Cada palabra tenía su peso”, señala. 

En España cada vez son más las mujeres que se dedican a la comunicación política y algunas se especializan, al menos durante un tiempo, en la escritura de discursos. Sin embargo, no quieren darse a conocer. 

“Es cierto que no hay muchas mujeres. Son lugares de poder que siguen estando muy masculinizados”, dice David Redoli. Una logógrafa que prefiere quedar en el anonimato señala que puede que la razón es que sean más discretas o que tengan peor sentido de venta. Defiende esta profesional la naturalidad de las mujeres que son líderes en política.

“Cuando una persona siente lo que dice, trasciende. En la política española hay muchas mujeres así”, afirma, y cita a Trinidad Jiménez, Carme Chacón o Soraya Sáenz de Santamaría, entre otras. Para esta consultora, lo ideal para un político no es tanto “una persona que sepa escribir, como alguien que sepa leer las claves de los escenarios políticos. Los discursos que trascienden trasladan esa visión política”. 

Otra logógrafa que tampoco quiere ser identificada defiende que estén en segunda fila porque no tienen «vocación de exposición pública”. Además, dice que esa discreción “va con el oficio; estamos en la sala de máquinas”. 

Los discursos son como un traje de alta costura, a medida, porque han de conectar con las emociones de la gente y transmitir naturalidad»

ana fernández

La periodista cordobesa Ana Fernández ha trabajado en su ciudad natal con varios políticos. “Los discursos hay que hacerlos a la medida, son como un traje de alta costura, porque han de conectar con las emociones de la gente y transmitir naturalidad. Los políticos más inteligentes quieren algo que les encaje como un guante, porque los discursos son instrumentos para dar ánimo, para convencer, para allanar el camino en la toma de decisiones, para dar impulso”. 

¿Hasta qué punto es relevante el discurso del político? García Maldonado destaca el poder de la palabra. “No hay intermediarios. Cuando se galvaniza algo, lo que se logra es muy potente. Recuerdo el discurso que improvisó Gordon Brown para pedir el no a la independencia de Escocia. Puede darse la vuelta a una tendencia con las palabras. Y, sobre todo, la calidad de una democracia depende de la calidad de las palabras porque ayudan a que haya una relación más sana entre representantes y representados”. 

En aquel discurso en la Convención Demócrata de 2004, Obama cuenta su historia, nieto de un cocinero africano a las órdenes del Imperio Británico, hijo de un keniata que se forma en la universidad americana donde conoce a su madre, de Kansas, como ejemplo de las bondades de América («un lugar mágico»). «Mis padres me dieron un nombre africano, Barack, porque creían que en una América tolerante tu nombre no te impide el éxito… Los sueños de mis abuelos viven en mis dos hijas… No hay otro país en la tierra donde mi historia sea posible. Estamos aquí para honrar la grandeza de nuestro país». Aquel día Barack Hussein Obama enfiló su camino hacia la Casa Blanca. Y Jon Favreau, que trabajaba para John Kerry, el entonces candidato, vio en escena a quien sería su alter ego.