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Letizia, el Valentino de la reina Sofía y la curiosa historia de las hermanas Molinero

Los Reyes han ofrecido, en el Palacio Real, la recepción al #CuerpoDiplomático acreditado en España con motivo del nuevo año.Los Reyes han ofrecido, en el Palacio Real, la recepción al #CuerpoDiplomático acreditado en España con motivo del nuevo año.

Los Reyes han ofrecido, en el Palacio Real, la recepción al #CuerpoDiplomático acreditado en España con motivo del nuevo año.Los Reyes han ofrecido, en el Palacio Real, la recepción al #CuerpoDiplomático acreditado en España con motivo del nuevo año. Twitter / @CasaReal

Ayer por la mañana y siguiendo con el calendario de todos los años, los Reyes protagonizaron uno de los actos más solemnes que tienen lugar en el Palacio Real: la recepción al Cuerpo Diplomático acreditado en España. Es el momento en que el Rey suele pronunciar uno de sus discursos de mayor calado político —es donde desgrana las líneas de política internacional de España para los próximos años—, pero todos los focos se suelen centrar en qué lleva puesto Letizia. Bien, vamos a romper la costumbre y a hablar de lo que ha dicho el Rey. Luego nos ocupamos de Letizia. 

Este año, el Rey dio un buen discurso —largo y con frases enrevesadas, pero bastante mejor  escrito y con más substancia y concreción que otros años—. Sobre todo tendió la mano a Marruecos, un país con el que no nos llevamos excesivamente bien —vamos a decirlo con finezza— en los últimos tiempos. “Con Marruecos”, dijo el rey Felipe VI, “nuestros respectivos gobiernos han acordado redefinir conjuntamente una relación para el siglo XXI, sobre pilares más fuertes y sólidos. Ahora, ambas naciones debemos caminar juntas para empezar a materializar ya esta nueva relación”. Significativo, muy significativo. Y más teniendo en cuenta que en el discurso no nombró en ningún momento a Argelia (sí habló del Magreb). Hay silencios que hablan por sí solos. 

Letizia y el fondo de armario reciclado

Pasemos a Letizia. Ahora se lleva mucho eso de reciclar ropa —por eso de que hay que ser sostenibles— y hemos visto a multitud de princesas remover en el armario de sus abuelas y madres para rescatar del olvido trajes que antes se llamaban viejos y ahora han adquirido el título más digno de vintage. Sin ir más lejos, las princesas de Suecia Victoria y Magdalena aparecen frecuentemente en público con vestidos que llevó su madre hace lustros. Y la propia princesa Beatriz de York, hija del príncipe Andrés y nieta de Isabel II de Inglaterra, escogió para su mismísima boda un traje de hace décadas de su soberana abuela.

Letizia también se ha apuntado a esto de mirar en el fondo de armario y ya ha aparecido en público con tres modelos que pertenecieron a la reina Sofía, su suegra. La primera vez fue en enero del 2018, cuando la Casa Real hizo pública una fotografía de la familia real celebrando el 80 cumpleaños de Juan Carlos y vimos a Letizia con un traje gris de finas rayas y con lazada que Sofía había llevado en 1984. La segunda vez fue en diciembre del 2018, cuando Letizia presidió la ceremonia de entrega de los Premios Nacionales de la Industria de la Moda y apareció con un traje rojo que Sofía había estrenado en un viaje oficial a Dinamarca allá por noviembre de 1984. 

La tercera fue ayer. Letizia llevó un traje —hecho por las hermanas Molinero siguiendo patrones de Valentino— que la reina Sofía estrenó en 1977 en un viaje oficial a lo que entonces era la República Federal Alemana. Consistía en una amplia falda en verde botella y con una cinturilla alta, y un cuerpo con una especie de blusa con —preciosos— bordados de flores y mangas anchas. En el caso de Sofía, el look se complementaba con una discreta lazada en la cintura. Letizia le ha quitado el lazo. 

Y la espectacularidad al traje, podemos decir. Se nota que los materiales son buenísimos y que el patronaje es impecable —e, insisto, el bordado de las flores es exquisito—, pero el traje no lucía. O no lucía tanto como debiera. Para empezar, ni el color ni la forma eran adecuados para un acto de mediados de enero. En segundo lugar, el vestido no se ajustaba bien al cuerpo de Letizia, en especial la falda. Esa cinturilla —tan típica de los diseños de Valentino en los ochenta— requieren de mucha más altura y también de algo más de corpulencia. Aparte, esas blusas con mangas transparentes y bordados que Letizia se empeña en lucir —tiene unos vestidos de Carolina Herrera que siguen ese patrón— a ella no le funcionan.

La Reina tiene serios problemas para encontrar trajes de gala que le sienten bien en actos de mañana (con notables excepciones: el otro día, en la celebración de la Pascua Militar, estaba radiante con ese traje azul metálico). Además, Letizia sigue arrastrando un problema desde hace años: los trajes la visten a ella y no al revés. La eclipsan. De la reina Sofía se podrán decir muchas cosas, desde luego, y no siempre buenas, pero sabía llevar trajes de gala como nadie. En su día a día resultaba algo gris y clasicona, pero en ocasiones de gran gala era de una elegancia sublime, mayestática. Realmente veías a una Reina. 

La reina Sofía sabía, como lo saben todas las damas verdaderamente elegantes, que hay que buscar un estilo propio (no copiar a nadie), ir siempre adecuada y, sobre todo, apostar por trajes que se ajusten bien a tu cuerpo. Que te realcen y disimulen tus defectos. 

Sofía lo sabía y, por ello, se rodeó de verdaderas profesionales. Letizia podrá tener una estilista, pero Sofía tuvo a dos mujeres mucho mejores: las hermanas Molinero. 

La historia de las hermanas Molinero

Aunque sus nombres no sean conocidos fuera de la alta sociedad, Pilar y Maria Antonia Molinero, las hermanas Molinero, como se las llamaba, han sido dos de las creadoras que más han hecho por la alta costura en España. 

Primero desde su taller del Paseo de la Castellana y luego desde el que abrieron en la calle Ayala (y, más recientemente, en la calle Fortuny), fueron ellas las que, en un momento en que no existían las boutiques como las conocemos hoy y animadas por su amigo el maestro Balenciaga —que las llamaba “niñitas”—, empezaron a traer las creaciones de los mejores modistos extranjeros. Compraban los bocetos en París y Milán y los cosían ellas —con la autorización de las maisons— en España. Gracias a ellas, las señoras bien de Madrid pudieron vestir de Yves Saint Laurent, Lacroix y Oscar de la Renta. Y, sobre todo, llevar trajes de noche —“de fantasía”, como los llamaban ellas— de Valentino, por quien sentían una especial devoción. 

Muy profesionales, exponente de un savoire faire impecable y con unas maneras sublimes, las Molinero eran tan discretas que no sólo jamás concedieron una entrevista, sino que, cuando murió María Antonia, el 24 de junio del 2019, su esquela no salió en el ABC hasta casi tres meses después. Sin embargo, a pesar del silencio que las caracterizó, el apellido Molinero estará siempre ligado a las mujeres más elegantes, de Paloma O’Shea (viuda de Emilio Botín) a María José Guil (viuda del Isidoro Álvarez, el presidente del grupo El Corte Inglés), Paloma Botón o Conchita de la Lastra. 

A doña Sofía, por supuesto, no se le pasó por alto el talento descomunal de aquellas hermanas educadísimas, muy guapas y con un gusto exquisito (algo innato, que no se puede comprar con dinero). En el taller de las Molinero todo se hacía a mano, de manera artesanal, pensando cada pieza y dando mucha importancia a cada detalle. Pilar era la que se encargaba de las “proporciones”, de dibujar el traje pensando en el cuerpo de cada clienta. Cada patrón y corte estaban pensando para favorecer. Era una perfeccionista nata: insistía en hacer pruebas hasta que el vestido quedara impecable. Maria Antonia se centraba en eso que hoy llamamos “look”, que el conjunto funcione. Era la que escogía los complementos e incluso sugería peinados y maquillajes. 

Si hubiesen sabido que Letizia quería optar por una de sus creaciones, seguramente le hubiesen recomendado otro estilo de traje totalmente diferente. Y lo hubiesen hecho con esa sutileza amable de quien tiene verdadera clase. 

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