El historiador Josep Lluís Alay fue nombrado responsable de la Oficina de ex presidente de Carles Puigdemont en julio de 2018. Entre 2019 y 2020 realizó tres viajes a Moscú, en los que se reunió con personas próximas con el entorno de Vladimir Putin. Hubo un cuarto encuentro en Ginebra, en el que también participó, brevemente, Puigdemont. Y un quinto en Barcelona.

Los contactos, destapados por la investigación de The New York Times, han sido admitidos por el propio Alay. Esta semana, tras la nuevas revelaciones de El Periódico y El Confidencial, Alay ha acudido a diversos medios catalanes para asegurar que «es una falsedad que yo pidiera apoyo de Moscú«, y advertir que «el relato de que intentamos desestabilizar a la Unión Europea con nuestros contactos es una absoluta fantasía».

El propio Puigdemont firmaba un artículo en La Vanguardia para desmentir esos contactos. Y JxCat iba un paso más allá, acordando la comparecencia de Alay y el abogado Gonzalo Boye -implicado en esos contactos, según las escuchas del caso voloh– en el Parlament para contrarrestar las acusaciones avaladas por el líder de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián.

Pero sus socios de gobierno no son los únicos que dan crédito a las acusaciones contra el entorno de Puigdemont. El Parlamento Europeo aprobó el 9 de marzo un informe en el que pide que se investiguen a fondo los «contactos estrechos y regulares entre funcionarios rusos y representantes de un grupo de secesionistas catalanes en España» dentro de la estrategia de Rusia para «desestabilizar» la democracia en la UE. El texto fue aprobado por 552 votos a favor, 81 en contra y 60 abstenciones.

En su comparecencia parlamentaria, Boye y Alay deberán responder a los puntos oscuros del relato ofrecido por Junts para justificar sus conexiones rusas y negar lazos con el entorno de Putin.

Dmitrenko, el conseguidor

El papel del Alexander Dmitrenko es una de las grandes incógnitas de la trama. Alay ha justificado sus lazos con el «empresario» ruso afincado en Cataluña por su acceso a periodistas de peso en Rusia, con los que quería contactar para promocionar la causa catalana en medios rusos. Evgeni Primakov en primer término.

Pero en las conversaciones desveladas por el sumario del caso voloh no solo se habla de promoción en prensa. Alay y Dmitrenko sostienen también diversas conversaciones vía mensaje sobre una operación de venta de petróleo ruso a China. Una operación que finalmente fracasó, y en eso se escuda Alay para no dar más explicaciones sobre su interés en esa venta, que ambos presumían millonaria.

Tampoco queda claro por qué tanto Alay como Gonzalo Boye se esforzaron denodadamente para obviar las advertencias sobre Dmitrenko. Por un lado, sobre sus dudosas credenciales profesionales, después de que un adepto a la causa independentista advirtiera a Puigdemont de que el ruso había estado implicado en negocios turbios.

Por otro lado, la alerta que desata en algunos ámbitos el hecho de que el Gobierno se negara a concederle la nacionalidad española, precisamente por sus lazos con la administración de Putin, según los informes del CNI.

La implicación de la Cambra

Alay y Boye no solo obvian estas advertencias, sino que presionan a Joan Canadell para que habilite a Dmitrenko como «embajador» de la Cámara de Comercio de Barcelona. El ruso quiere actuar como intermediario en «negocios» con su país de origen, pero reclama un cargo para dar apariencia de oficial su relación con la entidad cameral. Una reclamación a la que Canadell se resiste inicialmente, aunque acaba accediendo.

«Aunque no soy partidario de la titulitis, en unas reuniones singulares es importante. Y sobre todo en Rusia y según con quién. Por tanto, podría plenamente representar a una entidad y nos beneficiaría como tal para hacer formales los negocios que quiero proponer a la Cámara. ¿me explico? Me refiero al tema energético también» explica Dmitrenko a Alay.

La tarjeta de presentación de Dmitrenko se convierte poco después en una piedra en el zapato, cuando un periodista pregunta a Canadell sobre la implicación del ruso con la Cambra. Una incomodidad que no casa con el discurso de JxCat sobre el ruso.

«Desconocíamos que esté operando como colaborador nuestro, lo investigaremos. Quiero dejar claro que no se ha firmado ningún convenio con una institución que no está reconocida» afirmaría después Canadell en entrevista a El Periódico de Andorra en referencia a Dmitrenko.

¿Qué sabe Puigdemont?

Las conversaciones registradas en la instrucción del caso voloh muestran además como Alay y Boye maniobran para controlar la información que llega a Puigdemont sobre Dmitrenko. También para utilizar su nombre en la relación con Canadell y la Cambra. Y para evitar que el ex president incomode con sus posicionamientos públicos al régimen de Putin.

El apoyo de Puigdemont a Eduard Snowden, ex espía norteamericano exiliado en rusia, alarma a Alay. Boye, miembro de la defensa de Snowden, la defiende señalando que «los rusos están apoyando esto» pero el jefe de la Oficina de Puigdemont reclama prudencia. «Hay un triángulo clave ahora: Bielorusia-Snowden-Navalny».

Y añade «en cualquier momento puede aparecer un tuit del president a favor de Navalny» –Aleksei Navalny, el opositor a Putin envenenado por los servicios secretos rusos. «Y eso nos mata». Un comentario que muestra la apuesta por el apoyo ruso, que va mucho más de contactos con la prensa para pactar entrevistas, como ha argumentado Alay.

Los espías rusos

Más allá de los «contactos de prensa», Alay ha reconocido haberse reunido con Sergei Sumin y Artyom Lukoyanov. Catalogados como miembros del servicio secreto ruso, ambos volaron a la capital catalana en 2018, justo dos días después de que Tsunami Democratic tomase el aeropuerto de Barcelona. Un encuentro en el que, de nuevo, participa Dmitrenko.

Alay regresa a Moscú meses después, en teoría para participar en un debate en la Mgimo University. Dmitrenko hace de traductor. Allí contacta con Andrei BezrukovElena Vavilova, la pareja de ex espías detenidos en Estados Unidos que inspiraron la serie The Americans. Alay justifica ese encuentro en la traducción del libro de Vavilova al catalán «El secret de la clandestina«.