Es parte de la historia reciente. Está escrita en muchas plazas, calles e instituciones. Un recuerdo para los que la padecieron y una enseñanza para los que sólo la escucharon, o ni siquiera eso, de sus mayores. Un monumento, una placa o un mural basta para recordar que un día la violencia terrorista dejó su rastro de dolor en ese lugar. En España son casi 400 los puntos en los que se recuerda el zarpazo de ETA, del GAL, del Grapo, del Yihadismo…

Un proyecto llevado a cabo por el Instituto de Historia Social Valentín de Foronda de Vitoria con la financiación de la Fundación de Víctimas del Terrorismo ha documentado 393 elementos de recuerdo levantados a lo largo de toda España en recuerdo de las víctimas del terrorismo, bien de modo global o bien de forma personalizada. Se trata de un importante número de elementos de memoria pero no de todos. Los propios promotores de la iniciativa, denominada ‘Espacios para la memoria’, afirman que el proyecto seguirá abierto con la idea de ir ampliando e incorporando más elementos de recuerdo existentes o que puedan instalarse en el futuro.

En la mayoría de los casos se trata de elementos de recuerdo a víctimas de ETA, la organización terrorista que más víctimas ha causado. Elementos que mediante un sistema de geolocalización se pueden buscar en el mapa. En cada uno de los casos una ficha relata lo sucedido y las características del elemento de memoria instalado.

En torno a un 60% del total corresponden a víctimas provocadas por ETA. El resto hacen referencia a víctimas provocadas por otras organizaciones terroristas como los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), el Grapo, las organizaciones de extrema derecha o el yihadismo terrorista. Alrededor de un tercio de los elementos están dedicados de manera global al conjunto de víctimas y casi otro 60% son elementos de recuerdo personalizado en alguna de ellas.

Placas en San Sebastián, ausencia en Bilbao

En el caso del País Vasco, el lugar donde ETA actuó con mayor crueldad, se encuentran 113 de los 393 hitos de recuerdo. Se da la circunstancia de que en el caso de Gipuzkoa, la provincia con un mayor número de asesinatos terroristas, es donde más elementos se han inaugurado en los últimos años. En el caso de San Sebastián, el alcalde Eneko Goia inició en enero de 2020 la colocación de placas en recuerdo de las víctimas provocadas en la ciudad por la violencia terrorista.

Una instalación de placas que comenzó con Gregorio Ordóñez, quien fuera teniente alcalde de la capital guipuzcoana y fue asesinado por ETA en 1995, y que continuó con otras muchas víctimas. En cambio, en la vecina Bilbao, la colocación de placas en recuerdo de las víctimas continúa siendo una asignatura pendiente. El alcalde de la capital vizcaína, Juan María Aburto, ha asegurado que si no se han colocado es por no haber existido una petición expresa de las familias.

Por ahora la instalación de este tipo de elementos de memoria suscita en algunos lugares de Euskadi y Navarra rechazo y reticencias. Muestra de ello son los ataques sufridos por muchas de las placas o esculturas a los pocos días de ser inauguradas o la resistencia a sus colocación que aún persiste en no pocas localidades.

«Algunos quieren olvidar a la fuerza»

«Con estas cuestiones hablamos de la memoria de las buenas personas, pero la de las malas personas en ocasiones es más contumaz», asegura el director del Instituto Valentín de Foronda, Antonio Rivera: «Aún hay gente que quiere olvidar por la fuerza, apartar de esa memoria colectica a todas esas personas, a las víctimas», asegura a El Independiente. Subraya que lograr que perviva la memoria de lo sucedido es fundamental no sólo por «un aspecto meramente empático hacia las víctimas» sino fundamentalmente por recordar lo que provocó ese legado de violencia y muerte: «No olvidar que fue el intento de imposición de un proyecto totalitario, exclusivista y excluyente, tiene una dimensión política muy relevante».

Lamenta que aún hoy se dan casos en los que determinadas instituciones intentan «pasar de puntillas» sobre esta cuestión y evitar la colocación de este tipo de elementos de memoria. Pese a ello, Rivera destaca el valor de que existan 393 elementos que recuerdan a estas víctimas y lo que las convirtió en tales, «un intento de imposición»: «No sé si son muchas o pocas, pero tienen gran valor. No se trata de que cada municipio tenga un elemento, eso podría provocar cierta banalización, ritualización que tampoco sería buena».