Sostiene Charles Powell, parafraseando la máxima del autor británico Walter Bagehot, que Juan Carlos I ejerció el “derecho a ser consultado, a alentar, y a advertir” en asuntos internacionales en momentos cruciales de su reinado, desde La Marcha Verde a la integración en la Unión Europea, de la que se cumplen 40 años. Caído en desgracia desde su abdicación y posterior 'exilio' en Abu Dabi, el hoy rey emérito gozó de un margen de acción que Felipe VI no ha tenido desde que accedió al trono.

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Una intervención en la posición de España en el mundo que practicó, por ejemplo, en sus audiencias semanales con los sucesivos presidentes de Gobierno, una tradición hoy desterrada. Durante la etapa de Felipe González, por ejemplo, esos encuentros sumaron 2.650 horas. A lo largo de sus casi 39 años de reinado, Juan Carlos, casi siempre acompañado por doña Sofía hasta el cambio de siglo, efectuó unos 275 viajes de trabajo, oficiales y de Estado, que le llevaron a 103 países. En total, fueron 137 visitas de Estado, y en 1977 y 1980 llegó a realizar 10 en un solo año. Son algunos de los datos que proporciona Powell en El rey Juan Carlos I y la proyección exterior de Exterior, recién publicado por Galaxia Gutenberg. A modo de comparación -desliza el director del Real Instituto Elcano- durante sus setenta años en el trono, Isabel II realizó 89 viajes de Estado.

Juan Carlos se entendió mejor con los presidentes de izquierdas que con los de derechas

El ensayo, que se publica apenas mes y medio después de Reconciliación, considera que su vasta proyección internacional y su liderazgo en diplomacia económica -fuente también de los escándalos que condujeron a su abdicación- se asentaron en “la existencia de un amplio consenso político y social respecto a las prioridades de la política exterior española, y la naturaleza de su relación con los sucesivos presidentes del Gobierno”. “Durante los periodos de consenso estable y baja polarización política, don Juan Carlos pudo encarnar y proyectar con éxito la idea de una España nueva y democrática más allá de sus fronteras, aprovechando al máximo la capacidad de representación simbólica de la Corona. En ausencia de este consenso, su papel e influencia tendieron a disminuir, como ocurrió de forma recurrente tras el cambio de siglo”.

El libro -fruto de entrevistas con la mayoría de los protagonistas, incluida una visita a Abu Dabi para conversar con el monarca- disecciona más de cuatro décadas y reconoce que “Juan Carlos se entendió mejor con los presidentes de izquierdas que con los de derechas, debido sobre todo a que los primeros carecían de convicciones monárquicas cuando llegaron al cargo, por lo que el monarca tuvo que hacer un esfuerzo especial para ganárselos, lo cual no fue necesario con los segundos”.

Pregunta.- ¿Qué aporta El rey Juan Carlos I y la proyección exterior de España?
Respuesta.- Aporta sobre todo los documentos que he ido encontrando en archivos de fuera de España, fundamentalmente británicos y estadounidenses, que son inéditos. Esto me ha permitido, por ejemplo, reproducir todas las conversaciones del rey con diez presidentes americanos, desde Gerald Ford a Barack Obama y también muchas de sus conversaciones con seis presidentes franceses, de Giscard d'Estaing a François Hollande. Como historiador, la principal novedad radica básicamente en esa documentación. He tenido también luego conversaciones con muchos de los protagonistas, jefes y secretarios generales de la Casa del Rey, el propio don Juan Carlos. Estuve con él dos veces en Abu Dabi. A lo largo de mi carrera he hablado con todos los presidentes del Gobierno de España y creo que con todos los ministros de Exteriores y esas conversaciones también se reflejan en el libro.

En febrero de 1976, Hasán II llamó a don Juan Carlos para pedirle ayuda militar contra el Frente Polisario. Le respondió: 'Me encantaría ayudarte, pero no me parece conveniente en este momento'

P.- ¿Qué pasajes arrojan luz nueva sobre esa trayectoria del rey emérito?
R.- Por ejemplo, en el viaje de Estado a Estados Unidos en octubre de 1981,después ya de la aprobación de la Constitución, el rey tuvo un protagonismo que sorprendió a los propios interlocutores americanos. De hecho, el asesor de Seguridad Nacional de Reagan, Richard Allen, se mosqueó y dijo: “Vamos a ver, yo había venido aquí a hablar con el ministro de Exteriores y estoy hablando con el rey de España. No me habían dicho que yo iba a tener que negociar con dos a la vez”. Esto refleja un poco la situación tan especial que se produjo después del golpe de febrero de 1981. Leopoldo Calvo-Sotelo, que era un monárquico, tenía otros problemas más perentorios en casa, obviamente, y permitió que el rey tuviera más protagonismo. El protagonismo del rey no se agota con la aprobación de la Constitución, ni mucho menos. Es verdad que cambia. Yo diría que hay una transformación en el tipo de influencia que ejerció, pero estuvo muy presente. Y luego, quizás a mí mismo me ha sorprendido un hecho en concreto: ¿cuál es el objetivo más importante de política exterior de España durante estos años? El ingreso en la Comunidad Europea.

Obviamente, el rey no participa en las negociaciones para la adhesión, pero sí participa en dos cosas que hemos olvidado un poco. Y es que había dos vetos a la adhesión de España. El más explícito era el veto británico. El Parlamento Británico no hubiera aprobado el ingreso de España en la Comunidad Europea si antes no se hubiera restablecido completamente la comunicación entre Gibraltar y España. Y esto es algo en lo cual participa muy activamente don Juan Carlos. De hecho, esto quizá sorprenda e incluso haya personas que se ofendan por esto. En 1983, don Juan Carlos, a tres actores británicos, el ministro de Exteriores, el embajador y a Hugh Thomas, el famoso historiador, les dice claramente: 'Nosotros no queremos Gibraltar. Lo importante es el ingreso en la Comunidad Europea, pero digamos que yo tengo que hacer como que sí queremos Gibraltar. Entonces, vamos a intentar contentar a la opinión pública, pero sin poner nunca en peligro el objetivo fundamental, que es el ingreso en la comunidad'.

En el libro, Powell ahonda en el asunto que desbloqueó la oposición de Londres a la adhesión española: en el verano de 1983 Don Juan Carlos citó al embajador británico en España, Sir Richard Parsons, en La Zarzuela. Le insistió en que, «en privado, ambos gobiernos debían tener muy claro que en realidad España no buscaba una pronta solución al problema de la soberanía» sobre Gibraltar, por los motivos que ya le había explicado en marzo [entre ellas, la advertencia de Hasán II de, en el caso de que España recuperara el peñón, Marruecos reclamaría de inmediato Ceuta y Melilla]. Por ello, el rey era partidario de que los ministros de Asuntos Exteriores respectivos abrieran cuanto antes unas «conversaciones confidenciales» para llegar a un acuerdo que les permitiera diferenciar «entre su verdadero objetivo y los métodos a utilizar para ganarse a la opinión pública», como explicó el embajador a sus superiores en impecable jerga diplomática. Fiel a su estilo, don Juan Carlos lo había expresado sin tantos rodeos, sugiriendo que ambas partes «adopten alguna medida sobre Gibraltar para que la opinión pública esté callada por ahora». Esto fue muy bien recibido por Parsons, que comunicó con indisimulada satisfacción que «quizás no sea mala cosa que la opinión pública española, así como el Gobierno español, hayan empezado a comprender que el objetivo principal de su política exterior, la adhesión a la CEE, podría estrellarse contra el peñón de Gibraltar».

El otro veto es la relación con Israel. Este es un veto implícito. No está en los tratados, pero las grandes potencias europeas habían decidido que para ser miembro de la Comunidad Europea, un país tenía que tener relaciones diplomáticas con Israel. Y aquí el rey juega un papel decisivo, fundamentalmente con los países árabes. En buena medida, es el rey quien va presentando a Felipe González a los jefes de Estado de los países árabes, para que les convenza, y él también lo hace. España tiene que establecer relaciones diplomáticas con Israel, porque es lo que le corresponde y también, sobre todo, porque, como digo, si no lo hubieran hecho, pues eso habría dificultado mucho el ingreso en la Comunidad Europea. O sea, que estos son ejemplos de una acción que va mucho más allá de lo simbólico. Estas son intervenciones directas, conversaciones directas con otros jefes de Estado.

P.- Dos ejemplos de realpolitik
R.- Absolutamente. Y que quizás no hubieran sido entendidos en el momento si la opinión pública los hubiese conocido. Hay otro episodio que es que en el año 1979 don Juan Carlos le dice a un visitante americano importante que a lo mejor hay que entregar a Melilla a Marruecos en algún momento. Yo fui el primero en publicar este documento y básicamente lo explico en función de la intervención de don Juan Carlos en su relación con Hasán II de Marruecos, que es una relación muy compleja porque Hasán II acababa de hacer lo que había hecho en el Sáhara Español, obligando de hecho a España a salir en febrero de 1976. Ahí hay un tira y afloja constante y el rey estuvo dispuesto a contemplar esta cuestión. No hay ninguna evidencia de que hubiese planes específicos. Pero de nuevo, si en ese momento se hubiese sabido en Ceuta y Melilla que esto estaba incluso planteándose en abstracto, pues eso lógicamente habría generado una gran preocupación. Esto no significa que el rey no pensara que Ceuta y Melilla eran españolas y debían seguir siéndolo.

De hecho, Moratinos comenta que una de sus principales alegrías como ministro fue poder organizar la primera visita oficial de don Juan Carlos y doña Sofía a Ceuta y Melilla, en la época de Rodríguez Zapatero. Es increíble, si lo pensamos. Hasta Zapatero, los reyes no habían podido ir a Marruecos por temor a ofender a los marroquíes. Suarez había ido en 1980, fue el primero, Y Zapatero había ido también nada más llegar al Gobierno en el 2005. Pero esto da una idea de lo complicado que era ese asunto. Hay otros ejemplos de su actuación. Por ejemplo, en un momento en que se está negociando un acuerdo sobre la pesca, esto lo cuenta Jaime Lamo de Espinosa, ministro de Agricultura, para desbloquear la negociación llaman a don Juan Carlos a altas horas de la noche, que a su vez llama a Hasán II y al final se conforma o accede a desbloquear las negociaciones, porque Juan Carlos le convence de que le va a ayudar. Tenía interés en repoblar una de sus fincas de caza y el rey le envía unas cabras ibéricas para repoblar su finca de caza y eso desbloquea las negociaciones. Nos puede parecer un poco pintoresco, pero esto es así.

¿Vale la pena sacrificar el Sáhara para garantizar la unidad de las Fuerzas Armadas y una transición pacífica a la democracia? En mi opinión, evidentemente sí

P.- Su primera acción de política exterior es la entrega del Sáhara Español, en los últimos días de Franco en el poder  en contra de lo que había dicho previamente en un viaje a El Aaiún. Para algunos sectores de la sociedad española, más aún después de su caída en desgracia, Juan Carlos es  un traidor. ¿Aquello fue un peaje a pagar o una muestra de debilidad ante Marruecos?
R.- Don Juan Carlos tenía dos preocupaciones en ese momento. En primer lugar, le preocupaba mucho la unidad del ejército español. No olvidemos que en ese momento estaba activa la Unión Militar Democrática, que era un grupo de unos 200 oficiales de las Fuerzas Armadas de orientación democrática, en algunos casos de orientación incluso izquierdista, que estaban siguiendo un poco el ejemplo del movimiento de las Fuerzas Armadas que había derribado al régimen portugués. Entonces, una cosa que casi ha pasado desapercibida, cuando Juan Carlos va a El Aaiún, el 4 de noviembre de 1975, ve a un comandante que es el jefe de la UMD en el Sáhara, con el cual había estado en la Academia Militar de Zaragoza y le dice: 'No os preocupéis, yo entiendo vuestras aspiraciones profesionales, toda son legítimas. Yo voy a ser el rey de una monarquía democrática y parlamentaria, y por lo tanto veréis satisfechas vuestras aspiraciones. Pero en este momento, por favor, no pongáis en peligro la unidad de las Fuerzas Armadas'. Por lo tanto, le preocupaba la situación interna del ejército, que podía haberse visto en crisis, si hubiese habido un enfrentamiento militar con Marruecos. Y en segundo lugar, le preocupaba que esto coincidiera con su proclamación como rey porque era muy importante que eso se produjera en una situación de relativa tranquilidad.

Las encuestas de la época demuestran que los españoles no querían ir a la guerra con Marruecos por el Sáhara occidental. Prácticamente no había población española en el Sáhara español. Has mencionado la Realpolitik; fue de nuevo una operación de Realpolitik. Don Juan Carlos habla con Estados Unidos, fundamentalmente con Henry Kissinger, secretario de Estado, y con Giscard d'Estaing, presidente de Francia. Y lo que les dice, básicamente, es que le ayuden a evitar un conflicto armado con Marruecos. Es un momento de debilidad para España. Hasán II, muy hábilmente, aprovecha el momento para ir más allá de lo que jamás se hubiera atrevido viviendo Franco. Se aprovecha la enfermedad de Franco y de la necesidad del rey de buscar una cierta tranquilidad en el momento de la sucesión para ocupar de facto el Sáhara. Hay una anécdota inédita, que es de la documentación americana también. Don Juan Carlos comenta luego al agregado militar americano en Madrid una conversación entre don Juan, su padre y Hasán II, y don Juan le dice: 'Cabrón, ¿cómo has puesto a mi hijo en este apuro justo en el momento en que está a punto de llegar al trono?'. Y Hasán le dice: '¿Y en qué otro momento hubieses querido que lo hiciera?'. Hasán era perfectamente consciente de que estaba poniendo en un apuro a don Juan Carlos. Pocos meses después, en febrero del 76, llama a don Juan Carlos para pedirle ayuda militar contra el Frente Polisario. Don Juan Carlos, obviamente, le dice: 'Me encantaría ayudarte, pero no me parece conveniente en este momento'. Sí, es un ejercicio de pragmatismo y de realismo político. Pero yo comento, y esto también es inédito, cuatro años después, el rey le dice a Jimmy Carter en el despacho oval, que