La escalada militar entre Estados Unidos e Irán continúa tras nueve noches consecutivas de bombardeos norteamericanos contra posiciones estratégicas en la República Islámica. Mientras, los iraníes responden con sendos ataques contra bases estadounidenses, que han dejado tres soldados muertos en los últimos días. Son momentos de tensión, que podría alcanzar un punto aún más crítico si los planes de Donald Trump para la región terminan por cristalizar.
Desde la semana pasada, varios medios estadounidenses han publicado informaciones que detallan supuestas conversaciones en el seno de la Casa Blanca sobre un posible despliegue terrestre de tropas en la región. Aunque por el momento Trump no ha dicho nada sobre una invasión a gran escala, sí coquetea con la opción de tomar la isla de Charag, centro crítico para las exportaciones de petróleo iraní.
Cuando hace poco más de un mes se firmó el memorando de entendimiento que prometía poner fin al conflicto entre Washington y Teherán, era difícil imaginar el regreso a un conflicto a gran escala durante el verano. Sin embargo, The Washington Post informa ahora de que EEUU está planeando una guerra "más amplia", citando a un funcionario de la Administración que asegura que su Ejército no está preparado para llevar a cabo operaciones de este tipo.
En conversación con El Independiente, Jason Campbell, investigador del Middle East Institute, ha expresado su preocupación ante una decisión de este tipo, que podría acarrear grandes pérdidas en equipos y armamento, pero también en vidas humanas. Así lo ha demostrado el ataque iraní del pasado viernes contra una base estadounidense en Jordania, que ha matado a tres soldados norteamericanos.
El fantasma de otras intervenciones en Oriente Medio
Desde que comenzó el conflicto a finales de febrero, 17 combatientes estadounidenses han muerto en servicio, según el recuento de la Associated Press. Quedan lejos de los miles fallecidos durante las guerras de Irak y Afganistán, pero no dejan de ser bajas norteamericanas en suelo extranjero. Un hecho que puede pesar en la conciencia de los electores de cara a las elecciones de medio mandato en noviembre.
"A diferencia de Irán, Trump es más sensible a los costes políticos derivados de la guerra", señala a este periódico el analista hispano-iraní Daniel Bashandeh. Al no alcanzar sus objetivos -que cada vez son menos claros- el presidente estadounidense ha apostado por invertir más recursos en lograrlos. Así, las acciones militares continúan, lo que podría "prolongar" el conflicto, según el experto. Nos podríamos colocar en un escenario de guerra de larga duración.
Quienes salen más beneficiadas de esta posibilidad son las autoridades iraníes, que aprovechan la amenaza externa para cohesionar internamente al país. "La guerra ha demostrado que el conflicto actúa como garantía de cohesión, mientras que las negociaciones derivan en divisiones internas", comenta Bashandeh. Así, a la Guardia Revolucionaria le interesa mantener la guerra con EEUU, por lo que la continuación de los ataques estadounidenses no tiene por qué hacer al régimen más receptivo a una solución diplomática.
"Trump entiende que con más presión militar podrá tener más poder negociador. Sin embargo, los líderes de la República Islámica son menos sensibles a los costes políticos de la guerra", resume el analista.
Un enorme esfuerzo militar
Más allá de las consecuencias políticas, el impacto de una incursión en el terreno podría ser devastador para el Ejército estadounidense. Una invasión terrestre en Irán, incluso concebida bajo una escala limitada, podría arrastrar a sus Fuerzas Armadas a un escenario de desgaste inédito y de consecuencias potencialmente catastróficas.
La Guardia Revolucionaria "es plenamente consciente de su infraestructura crítica y de los objetivos más probables para una incursión de este tipo", por lo que lleva décadas fortificando sus posiciones y preparando planes de contingencia para este escenario, asegura Campbell.
Aunque las unidades de élite estadounidenses podrían tomar con relativa rapidez la isla de Charag, el verdadero desafío comenzaría inmediatamente después. Una vez asentadas en el terreno, las tropas quedarían expuestas a una lluvia constante y asimétrica de proyectiles, con capacidad para evadir los sistemas de defensa aérea más avanzados, detalla el experto.
Sostener logísticamente este despliegue exigiría un esfuerzo monumental en tareas de inteligencia, vigilancia, reconocimiento y reabastecimiento. Esto no solo dispararía las bajas de combate entre el personal estadounidense, sino que provocaría una reducción crítica de los inventarios de misiles e interceptores.
A nivel global, obligaría al Pentágono a concentrar su poder de fuego en Oriente Medio, desatendiendo otras regiones que las estrategias de Seguridad y Defensa Nacional consideraban de máxima prioridad antes de la guerra. "Habría una gran incertidumbre sobre si alguna operación terrestre lograría el resultado estratégico deseado", expone el analista del Middle East Institute.
Las bases en países aliados no son infalibles
El dilema operativo más grave radica, sin embargo, en la absoluta falta de infraestructuras seguras. Los recientes ataques de Teherán han demostrado que las instalaciones blindadas de EEUU en sus bases en la región son insuficientes para proteger convoyes a gran escala.
A todo esto hay que añadir el creciente rechazo de los aliados del Golfo, frustrados por la falta de desescalada. No sería descabellado que acaben por mostrar su negativa a albergar a "decenas de miles de soldados en sus territorios" por temor a convertirse en blancos directos de las represalias iraníes, señala Campbell. Sin bases de apoyo seguras y frente a un enemigo dispuesto a una guerra de desgaste prolongada, la viabilidad de una victoria estratégica sobre el terreno parece desvanecerse en la incertidumbre.
Te puede interesar