Un cariacontecido Friedrich Merz se mostró "profundamente conmocionado" por el triunfo del partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD) en las elecciones regionales de hace una semana en el estado de Sajonia-Anhalt, donde cosechó un 43,8 del voto. El canciller alemán vio como su partido, la CDU, perdía por el sumidero nada menos que el 20 por ciento de su voto, -"la peor derrota electoral en décadas", dijo- y todo ello a punto de celebrarse comicios en Berlín y en la región oriental de Mecklemburgo-Antepomerania. La cosa no pinta bien para el que siempre ha sido todopoderoso partido de los conservadores europeos, que lleva años con tendencia a la baja.
No son sólo los alemanes los que dan claros signos de debilidad en el conjunto de Europa. La única excepción a una progresión cada vez más decreciente es España, donde el PP lleva camino de convertirse en el partido más hegemónico, en términos de reparto de cuotas de poder, de toda la familia popular europea.
El último ciclo electoral de cuatro elecciones autonómicas, que arrancaron en Extremadura, siguieron en Aragón y luego en Castilla y León, para culminar en Andalucía, consolidaron al PP como primera opción. No hubo mayorías absolutas y en todos los territorios pasó a depender de Vox, con quien firmó gobiernos de coalición, pero los porcentajes de voto obtenidos fueron la envidia de los socios comunitarios.
Los populares europeos viven una progresiva tendencia a la baja amenazados por la ultraderecha
El 43,18 por ciento de María Guardiola o el 41,6 por ciento de Juanma Moreno son cifras ahora mismo impensables en el conjunto de Europa, tanto para populares como socialistas. Incluso en los principales bastiones conservadores de otros países pasar del 40 por ciento del voto es una quimera y eso si consiguen salir vencedores en la pugna electoral y no reciben un varapalo como el de hace una semana en Alemania.
Si como apuntan los sondeos, Alberto Núñez Feijóo no sólo gana de nuevo las generales sino que, esta vez, consigue aunar una mayoría parlamentaria suficiente para ser investido presidente del Gobierno, el PP será casi una excepción en la familia política de centro derecha. Bien es cierto que para que ese escenario sea una realidad necesitará del concurso de Vox y, muy probablemente incorporar a Santiago Abascal a un gobierno de coalición, tal y como el líder popular ya asume públicamente. Este escenario introduce en el debate público otro asunto suscitado tras las últimas elecciones europeas, esto es, cómo se detiene el auge de la ultraderecha, esto es, si con cordones sanitarios o normalizando su presencia en el tablero político.
Panorama poco alentador
El panorama europeo es poco alentador. Marine Le Pen es favorita para las presidenciales francesas según los últimos sondeos y su partido ostenta ya bastante poder local. La chega portuguesa es la segunda fuerza política en el país vecino y los ultras de Países Bajos de Geert Wilders llegaron a tener la presidencia del país, aunque de forma efímera. En Austria, la ultraderecha ganó las elecciones hace dos años, aunque no llegó a gobernar tras una alianza del resto de las fuerzas políticas. Y en Italia, Giorgia Meloni ha firmado el gobierno más longevo de Italia, aunque ha suavizado muchos de sus postulados y aparece como una convencida europeísta y anti Putin. La verdad es que muchas de las fuerzas de ultraderecha europea recelan de Alternativa por Alemania, heredera directa del nazismo, empezando por la propia Le Pen.
En España, Vox es la tercera fuerza política, pero a mucha diferencia del PP. Un par de ejemplos. En las elecciones andaluzas Moreno sacó casi 28 puntos de ventaja a Manuel Gavira. Y en Aragón, donde la distancia proporcional fue más corta, fue de 16,4. Vox no ha conseguido superar la barrera del 20 por ciento del voto en ninguna consulta. Incluso los actuales sondeos para las generales, si bien auguran un fuerte incremento de representación, les dan un techo del 19 por ciento del voto.
"Prioridad nacional" y "reemigración"
No dejan de ser determinantes para sostener los gobiernos populares con un listado de exigencias centrado en la batalla cultural y términos tan preocupantes como la "prioridad nacional", que el PP ha convertido en arraigo, y la "reemigración", concepto también manejado por AfD y que Merz equiparó a la "limpieza étnica". Pero Génova aspira que el desgaste de la acción de gobierno "puede pasarles más factura que dejarles vociferar desde la oposición", dicen en Génova. Volvemos al debate entre el cordón sanitario -que en puridad solo se aplica en Alemania- o la incorporación al sistema y, en este sentido, el PP cree mucho más efectiva la segunda vía pues contiene a los ultras de Abascal por debajo del 19 por ciento del voto.
La asunción de los postulados de la ultraderecha es una de las principales acusaciones que se lanzan contra Núñez Feijóo. Desde el PP se defienden: "Nos separan cosas capitales: nuestro europeismo, la defensa de la España de las autonomías y de la Corona y de la igualdad". Pero las críticas van dirigidas fundamentalmente hacia las políticas de inmigración, que Génova ha endurecido sin duda alguna. También lo han hecho sus socios europeos y, en realidad, toda la Unión, incluidos gobiernos socialistas, de ahí la reacción de la mayoría de los jefes de gobierno de los 27 ante los acontecimientos de Ceuta.
Ceuta: "Gasolina para la ultraderecha"
El asalto masivo se convierte en una prueba de fuego. Tal y como recogió El Independiente a los pocos días del mismo, una alarmada Europa veía en esas dantescas imágenes de las riadas humanas "gasolina para la ultraderecha".
Y el error de Pedro Sánchez, de pasar de hablar de "violación de la integridad territorial de España" a "crisis migratoria", ha dado aún más alas a los que hacen del rechazo a la inmigración irregular el eje de su actuación política. "Es Sánchez y los errores de gestión del Gobierno con Ceuta los que han dado artillería a los ultras", replican en el equipo de Feijóo convencidos de que Moncloa es la más interesada en "alimentar" a Vox en detrimento del PP y que las estrategias de uno y otro partido se han retroalimentado durante mucho tiempo.
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