La ciencia lo hizo posible. Los investigadores británicos Joe Farman, Brian Gardiner y Jonathan Shanklin investigadores de la British Antarctic Survey publicaron, en 1985 en la revista Nature, su observación de grandes pérdidas de ozono sobre la Antártida. La capa de ozono adelgazaba en todo el mundo. De continuar su destrucción el aumento de los rayos ultravioletas harían imposible la vida en el planeta.

La humanidad se tuvo que enfrentar esta situación, no prevista, causada por el desarrollo industrial. En particular, por los culpables, los clorofluorocarbonos (CFC), Localizados, entre otros, en sprays y aerosoles.

Joe Farman, Brian Gardiner y Jon Shanklin descubridores de la agujero de la capa de ozono British Antarctic Survey

Ante la amenaza, tan solo dos años después de que la ciencia alertara de la situación, los gobiernos de todo el mundo tomaron medidas y firmaron el Protocolo de Montreal de 1987, que se firmó el 16 de septiembre, hoy hace 30 años. El protocolo y su desarrollo legislativo ha garantizado la eliminación de las sustancias que agotan el ozono.

Jonathan Shanklin, uno de los descubridores del problema del ozono en la Antártida asegura que «el Protocolo de Montreal es un acuerdo notable cuyos efectos estamos viendo ahora. Los signos de recuperación del agujero de ozono son cada vez más evidentes, lo que tendrá enormes beneficios para la sociedad con menos casos de problemas relacionados con los rayos UV y demuestra que cuando la política y la ciencia funcionan conjuntamente, puede resultar en una acción eficaz».

El caso del ozono resulta especialmente importante cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha decidido romper esa colaboración entre la ciencia y la política. Así lo percibe la comunidad científica de su país y de todo el mundo por su abandono de los Acuerdos de París y por negar las evidencias científicas que constatan el cambio climático.

El Protocolo de Montreal es tan necesario hoy como lo fue en la década de 1980

«Hace 30 años, el mundo demostró que puede unirse y afrontar un problema con una solución global. El resultado fue lograr que el impactante daño a la capa de ozono se detuviera y que hoy hayan indicios de su recuperación», ha declarado Erik Solheim, Director Ejecutivo de ONU Medio Ambiente con motivo del 30 aniversario. «Este trabajo de salvar al planeta no se detiene aquí y ahora no es el momento de dormirse en los laureles. El Protocolo de Montreal es tan necesario hoy como lo fue en la década de 1980, no sólo para la capa de ozono sino también como parte de los esfuerzos globales para detener el cambio climático», aseguró Solheim.

https://youtu.be/XPvKkOU4q70

 

Un caso de éxito

Emilio Cuevas, director del Centro de Investigación Atmosférica de Izaña, en Tenerife (de la Agencia Estatal de Meteorología, AEMET), ha asegurado a EFE esta semana que la eliminación de los clorofluorocarbonos es un éxito y ha señalado que cerca del 99 por ciento de las sustancias que destruyen el ozono, como los clorofluorocarbonos (CFC), ya no se emiten a la atmósfera. No obstante, dicho proceso no va a ser como se preveía hace 30 años: «No se alcanzarán unos niveles de equilibrio iguales previos a la destrucción de la capa de ozono».

El escenario climático previsto para mediados de este siglo es un «adelgazamiento» de la capa en zonas ecuatoriales y un engrosamiento del que había antes en latitudes medias y altas, lo que afectaría de lleno al continente europeo, con especial incidencia en los países nórdicos.

La disminución de este filtro gaseoso incrementaría la radiación ultravioleta y podría afectar gravemente a la salud humana, cáncer de piel, cataratas y al sistema inmunitario, pero una capa de ozono más gruesa de lo normal ocasionaría niveles muy bajos de radiación ultravioleta y también con consecuencias para la salud.