Están presentes en casi todos los objetos de uso cotidiano. Envases, muebles, cosméticos, juguetes, pinturas, alimentos o detergentes contienen moléculas que interfieren en el funcionamiento de las hormonas. Son disruptores endocrinos. Los hay que provocan diabetes y podrían estar favoreciendo la obesidad, la infertilidad y algunos cánceres. Están bajo la lupa de los científicos, asociaciones ciudadanas y las autoridades de salud alimentaria.

“Las inhalamos en gases y partículas del ambiente, las ingerimos con la comida y el agua o acceden a nuestro organismo a través de la piel”, explica a El Independiente Miquel Porta, investigador del Institut Hospital del Mar de Investigaciones Medicas (IMIM). Luego pasan al torrente circulatorio, que lo distribuye por todo el organismo. Estas sustancias suplantan a las hormonas naturales y aumentan o disminuyen su efecto. No siguen la máxima de “la dosis hace el veneno”, juegan al despiste: a dosis muy bajas o muy altas pueden producir cambios en el metabolismo… O no. Su toxicidad aparece con el paso del tiempo, según la edad y el modo de exposición. Son discretas y silenciosas.

Hay más de 800 sustancias sospechosas, según la OMS. Las más estudiadas son el insecticida DDT, el bisfenol A, presente en muchos los envases de comida, y las dioxinas, que se forman cuando las incineradoras queman plástico junto con materia orgánica. Los compuestos perfluorados, usados como antiadherentes. Los alquilfenoles, presentes en detergentes, en plástico PVC y plaguicidas. Los fenilfenoles, que se emplean como conservantes debido a sus propiedades fungicidas y desinfectantes. El triclosán, un agente antibacteriano, presente en pastas de dientes, jabones, ropa o incluso piezas de los ordenadores. Los parabenos, conocidos conservantes en la industria cosmética y farmacéutica. Los ftalatos, que se añaden a los plásticos para darles flexibilidad. O el glifosato, el herbicida más usado del mundo. La lista de nombres imposibles es interminable.

Los disruptores forman parte de nuestra vida doméstica

Los disruptores forman parte de nuestra vida doméstica J. A. Peñas / SINC

La humanidad está expuesta a un cóctel de sustancias. “Estas sustancias no han llegado a nuestros alimentos y al entorno por capricho o por una perversión de la malvada industria química. Muchas son útiles y cumplen una función y nos hacen la vida más fácil”, explica Porta. Por eso, varían según la época. “Por ejemplo, antes era más alta la contaminación por DDT. Ahora las concentraciones son más bajas porque está prohibido. En los años 60 no encontrábamos retardantes de llama en las personas, pero partir de los años 80 son cada vez más abundantes en la cadena alimentaria y en los humanos”, describe. Lograr analizar la mezcla de sustancias a las que está expuesta una persona en el día a día es uno de los principales retos de la investigación actual.

Algunos disruptores se acumulan en la grasa del organismo donde permanece durante meses o años, hasta que esas grasas se movilizan y las hormonas impostoras se liberan a la sangre. Esto sucede, por ejemplo, al adelgazar o durante el embarazo y la lactancia. Se han detectado estas sustancias en la leche materna, el líquido amniótico y el cordón umbilical. Otros disruptores se eliminan a través de la orina en cuestión de horas o días. “Cuando analizas la orina de una población, encuentras este tipo de moléculas en el 98% de los ciudadanos. ¿Por qué, si se excretan? Porque estamos expuestos a diario”, explica Porta, médico pionero en biomonitorización en España. “En la orina, el tejido graso y la sangre, es habitual encontrar alrededor de 200 tóxicos en un ciudadano común”, indica.

Es habitual encontrar alrededor de 200 tóxicos en un ciudadano común

Sus efectos están en plena investigación. Solo se conocen las consecuencias de una pequeña parte de los muchos sospechosos. “Hay enfermedades metabólicas que en parte se deben a algunos de estos compuestos. Por ejemplo, los PCBs contribuyen con claridad a la epidemia de diabetes en humanos”, afirma. Los estudios en animales han demostrado que los disruptores endocrinos pueden alterar el aparato reproductor, favorecer cánceres dependientes de hormonas o interferir en el desarrollo cognitivo y del sistema nervioso.

Por el momento no hay un estudio epidemiológico concluyente sobre los efectos en personas. Es muy difícil establecer una correlación directa con la exposición. “Los efectos de los disruptores endocrinos se manifiestan con mayor frecuencia en la descendencia que en el progenitor expuesto. Y si la exposición tiene lugar durante el desarrollo embrionario, las manifestaciones pueden no ser evidentes hasta la madurez del individuo”, describe Maribel Casas, investigadora en ISGlobal, centro impulsado por la Fundación La Caixa, donde analiza los efectos de estas moléculas en los niños con el proyecto INMA. Su equipo ha averiguado que la exposición del feto a los disruptores endocrinos puede aumentar el riesgo de padecer obesidad y asma en la edad infantil.

Legislación en pañales

“Interfieren con las hormonas. Con este concepto básico debería bastar para prohibirlas”, opina Casas. “Los resultados de los estudios son por el momento muy tranquilizadores. No se puede plantear la presencia de estas sustancias como un apocalipsis“, discrepa José Manuel López Nicolás, bioquímico experto en alimentos en la Universidad de Murcia.

Con casi cuatro años de retraso frente a lo exigido por la normativa comunitaria, este julio la Unión Europea dio un primer paso y sentó las bases científicas para identificar a los disruptores endocrinos en pesticidas. A principios de septiembre se sumaron los biocidas. Aún tienen que someterse a votación.

Son criterios tan exigentes que “para considerar una sustancia un disruptor tendría que ser catastrófica. No nos protegen lo suficiente”, denuncia Porta. “Los criterios requieren un nivel de evidencia irrazonablemente elevado para la identificación de sustancias como disruptoras endocrinas”, coinciden Ecologistas en Acción.

Mientras toma forma la regulación, los consumidores pueden intentar minimizar el contacto con estas moléculas con pequeños gestos, como cambiarse de ropa al llegar a casa, retirar el polvo regularmente con un paño húmedo, ventilar, usar pocos materiales sintéticos, no comprar cosméticos que contengan estas sustancias, lavar bien la fruta y verdura y no calentar envases de plástico. Eso, presionar al industria y hacerse oír por los gobernantes.