Ciencia y Tecnología Paleobiología

De cazadores a agricultores: una revolución de 3.000 años

Los agricultores de Oriente se mezclaron con los cazadores europeos del mesolítico, según un estudio español

Recreación del Hombre de La Braña

Recreación del Hombre de La Braña, que vivió en Burgos hace 7.000 años CSIC, Paleopantón

El salto del paleolítico al neolítico no fue tal salto. Se suele hablar de mesolítico como periodo de transición. Pero ahora sabemos que la revolución que nos hizo agricultores y ganaderos duró 3.000 años. Así lo concluye un estudio liderado por el paleobiólogo Carles Lalueza Fox, investigador del Instituto de Biología Evolutiva (CSIC/UPF) que se publica hoy en Nature.

El cambio del modo de vida cazador-recolector a agricultor supone, quizás, la mayor transición demográfica de la humanidad, además del nacimiento de una nueva economía. La agricultura surge en Oriente Próximo hace unos 10.000 años y posteriormente se expande hacia Europa. «Lo hace siempre desde el este», de ahí lo interesante de la península ibérica como terreno de estudio, «que está al oeste de todo», señala a El Idependiente Lalueza-Fox. Además, Iberia está «en contacto con el norte de África y tenemos varios centenares de genomas de todos los periodos». Hay muestras de toda nuestra historia biológica condensada en discos duros.

Hoy, los humanos tenemos un 30% de genética de los cazadores nómadas

El equipo de este investigador secuenció hace tres años el genoma del conocido como Hombre de La Braña. Un conjunto óseo de un individuo encontrado, junto a los restos de su hermano, en esa localidad leonesa en 2006. Gracias a las avanzadas técnicas genéticas, le pudimos poner cara. Y nos llevamos una sorpresa. El Hombre de la Braña es considerado el primer europeo del mesolítico. Sabemos que era un cazador de piel oscura y ojos azules. El cambio de dieta ligado al neolítico aclaró su piel mucho más tarde.

Pero en la Iberia primitiva llegaron otros humanos por el Mediterráneo septentrional de los que se consiguió también acceder a su entraña genética. «En 2016 vimos que este primer agricultor era distinto del Hombre de la Braña», apunta Lalueza-Fox. Lo interesante es que los agricultores empezaron, desde entonces, a tener también genes propios de los cazadores: se mezclaron.

Yacimiento de Alto de la Huesera (Álava)

Yacimiento de Alto de la Huesera (Álava) Fernández-Eraso y Mujika

«A medida que llegan los agricultores y se expanden por el interior, aumenta el componente ancestral de cazador», es decir, incorporan a sus genes los de quienes poblaban hasta entonces esta tierra. «Es un proceso de cerca de 3.000 años. El porcentaje de cazador ancestral en los primeros agricultores va del 10% al casi 30% cuando se acaba el neolítico. El porcentaje que tenemos nosotros de aquellos cazadores sigue en esta cifra», concreta Lalueza-Fox.

La conclusión llega tras haber puesto a ejemplares como el Hombre de La Braña cara a cara frente a otros ejemplares de Hungría, Alemania y España (Burgos y Álava). Con su secuenciación se puede ver que «después de la llegada inicial de los primeros agricultores, éstos se entrecruzaron con los cazadores locales».

La evolución no va a trompicones

En algunos casos, especialmente en Europa central, se detectan individuos con ancestralidades mixtas e incluso cazadores que se incorporan a vivir a las comunidades agrícolas y son enterrados allí. “Este descubrimiento dibuja un panorama más complejo del que existía hasta ahora sobre el proceso hacia el neolítico, que ya no puede considerarse únicamente una migración de agricultores ni un proceso demográfico uniforme”, señala Lalueza-Fox.

Por primera vez, estamos en condiciones de correlacionar registros arqueológicos, algunos centenarios, con la genética de aquellos humanos. Lalueza-Fox señala lo «revolucionario» del cambio de paradigma: «Antes se pensaba que eran las ideas las que cambiaban [con los siglos], pero no la gente. Sin embargo, hay grandes movimientos de personas y, genéticamente, vemos que las poblaciones no se reemplazan, sino que se superponen».

Con el análisis de más ejemplares (hasta 400 registros) encontrados en la península ibérica, persiguen ahora entender los cambios en el genoma que hubo en la edad de los metales o las grandes migraciones posteriores.

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