Investigación

Momias intactas de cocodrilo, el enigma del antiguo Egipto resuelto por españoles

El equipo de la Universidad de Jaén somete a estudio las diez momias halladas en el sur del país

La investigadora belga con el cráneo de uno de los cocodrilos hallados. PATRICIA MORA/QUBBET EL HAWA

Diez momias de cocodrilo emergieron de la arena. Fueron halladas por una de las misiones españolas con más solera en tierras de Egipto. Ahora el proyecto ha logrado someter a estudio los ejemplares y desvelar algunos de los secretos que guardaban sus esqueletos bajo unas vendas que el tiempo hizo desaparecer. Uno de los animales se halla tan bien conservado que en sus intestinos han aparecido las piedras que usaban para mantener el equilibrio en el agua.

“Se trata de un estudio realmente interesante con un peso multidisciplinar importante”, señala a El Independiente Alejandro Jiménez Serrano,  profesor de la Universidad de Jaén y director del proyecto de la Universidad de Jaén que excava la colina de Qubbet al Hawa en Asuán, a orillas del Nilo. El hallazgo fue localizado al borde de la necrópolis en un espacio en el que los arqueólogos nunca pensaron que pudieran ubicarse unas cámaras intactas. Entonces, en mitad de la sorpresa del equipo, asomaron los cráneos de cocodrilos. Los resultados del estudio centran un estudio publicado este miércoles por la revista científica Plos One.

La pequeña tumba, horadada en la roca, albergaba cinco esqueletos y cinco cráneos de grandes cocodrilos. Data de época preptolemaica, antes del 304 a.C. Está emplazada junto a otras seis tumbas en las que se enterraba a dignatarios de la región, a apenas unos cinco metros al este del acceso a la tumba de Shemai, hermano de uno de los gobernadores más notables de Elefantina de la dinastía XII. “En Egipto se conocen más de 20 enterramientos con momias de cocodrilo, pero hallar una decena de momias de cocodrilo bien conservadas juntas en una tumba intacta es extraordinario», confirma la arqueozoóloga Bea De Cupere, investigadora del Real Instituto Belga de Ciencias Naturales.

Ha sido De Cupere la encargada de examinar al detalle este tesoro animal, que arroja luz sobre el uso a menudo industrial de los animales con fines sagrados en el antiguo Egipto. Los reptiles debieron ser ofrendas dispensadas por habitantes devotos de la zona a Sobek, suplicando su favor.

Los reptiles debieron ser ofrendas dispensadas por habitantes devotos de la zona a Sobek, suplicando su favor

Hallazgo peculiar

“De la mayoría de las momias recogidas por los museos a finales del siglo XIX y principios del XX, a menudo crías, no sabemos exactamente de dónde proceden”, reconoce la experta. Contar ahora con la ubicación precisa de los reptiles representa un destacado avance para los egiptólogos, que siguen interrogándose por la función de estos animales. Es probable, deslizan desde el equipo, que los cocodrilos se utilizaran durante los rituales de Sobek, el dios egipcio del agua y la fertilidad, a menudo representado con cabeza de cocodrilo. El templo de Kom Ombo, el centro de su culto, se halla a unos 50 kilómetros al norte de la necrópolis.

El examen de los ejemplares, que por las regulaciones locales no pueden salir del país ni siquiera para investigaciones académicas, ha despejado algunos de los enigmas. El cocodrilo más pequeño mide 1,8 metros de largo, el más grande 3,5 metros. Y pertenecen a dos especies diferentes: el cocodrilo del Nilo y el cocodrilo de África Occidental. “Para nuestra sorpresa tres esqueletos estaban casi completos, mientras que a los otros dos les faltaban bastantes partes”, detalla la investigadora belga.

Temidas y veneradas

Los cocodrilos, unas criaturas temidas y al mismo tiempo veneradas, son el hallazgo de época faraónica más tardía que se ha rescatado entre los pliegues de la colina de Qubbet el Hawa. “Hasta ahora sólo habíamos encontrado un perro momificado que probablemente fuera la mascota de uno de los difuntos enterrados en el siglo VI a.C. y su misión sería la de proteger al finado en el más allá pues estaba colocado en la entrada de una cámara. Era cuestión de tiempo que encontrásemos este tipo de enterramiento porque son muy comunes. Lo que yo no esperaba es que fueran cocodrilos”, confiesa Jiménez Serrano, responsable de un proyecto financiado por la Junta de Andalucía.

“Los cocodrilos fueron enterrados primero en otro lugar, posiblemente en fosas de arena», agrega De Cupere. Una ubicación que permitió que los reptiles se secaran de manera natural antes de enfilar el descanso eterno. En ese proceso se exhumaron los restos, se envolvieron y se trasladaron a la tumba de Qubbet el Hawa. “Debieron de perderse partes del cuerpo durante el envoltorio y el transporte”, sugiere la especialista, que también ha trazado una hipótesis sobre la captura de los cocodrilos.

A partir de la iconografía, los cocodrilos se capturaron principalmente con redes. “No se han encontrado marcas de sacrificio en los cocodrilos de este enterramiento. Posiblemente los cocodrilos fueron ahogados, asfixiados o sobrecalentados al exponerlos al sol durante largos periodos de tiempo”, esboza  De Cupere. En la cámara intacta en la que aparecieron, también han sido recuperados restos de lino, hojas de palmera y cuerda, asociados a algunos de los cocodrilos, lo que indica que alguna vez habían estado envueltos.

Piedras en el intestino

Piedras halladas en le interior de uno de los cocodrilos. QUBBET EL HAWA

Las vendas de lino, apuntan desde el proyecto, debieron de pudrirse, y los cocodrilos tampoco estaban cubiertos con grandes cantidades de brea o betún, habitual en épocas más recientes. Unas condiciones que han permitido a los investigadores medirlos y estudiarlos con detalle.

Tal vez el caso más peculiar es el de uno de los cocodrilos, que aún mantenía en sus intestinos los gastrolitos, las piedras que ayudan a los cocodrilos a mantener el equilibrio en el agua. Los guijarros constituyen una señal de que el animal no fue abierto para extraerle los intestinos. “Estoy encantada de que hallazgos como éste nos permitan echar otro vistazo a la vida de los antiguos egipcios», concluye De Cupere.

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