Una refugiada rohingya en Bangladesh, en 2018. MSF|EP

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Cuando confinarse no es algo temporal

Según un informe de ACNUR publicado este jueves, el desplazamiento global casi se ha duplicado en una década y afecta ahora mismo a 79,5 millones de personas

Confinar. Uno de los términos más utilizados por los españoles, según la RAE, durante esta crisis del coronavirus. A nuestro país le ha pillado de nuevas eso de verse recluido «dentro de límites». Hay personas para las que ese confinamiento es más común, mucho menos cómodo y se alarga durante gran parte de sus vidas. No se confinan en sus casas, porque, en muchas ocasiones, sus hogares han quedado reducidos ya a escombros. Tampoco se quedan en sus países, dado que es precisamente la situación que viven sus lugares de origen la que les hace alejarse de ellos. Su mejor opción es permanecer por un tiempo indefinido en masificados campos de refugiados, en unas condiciones muy precarias.

Guerras, violaciones de derechos humanos, hambre, odio, pobreza. También son pandemias mundiales, porque afectan a la mayoría de continentes, aunque de forma desigual. Como ocurre con las enfermedades globales, aquellos países a los que no les tocan de cerca se muestran menos sensibles con estas situaciones y evitan investigarlas y conocerlas para no ver alterada su ideal tranquilidad.

Según un informe de ACNUR publicado este jueves, el desplazamiento global casi se ha duplicado en una década y afecta ahora mismo a 79,5 millones de personas. El 68% de todos los refugiados y desplazados en el extranjero procedían de cinco países: Siria (6,6 millones de personas), Venezuela (3,7), Afganistán (2,7), Sudán del Sur (2,2) y Myanmar (1,1). «Es una realidad dramática», expresaba esta semana en rueda de prensa Lucía Rodríguez, responsable de Incidencia de Entreculturas.

«Estamos presenciando una realidad distinta en la que el desplazamiento no sólo está mucho más extendido, sino que ya no es un fenómeno temporal y a corto plazo», afirma Filippo Grandi, alto comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. Desde World Vision, prevén que persista la tendencia al alza de este tipo de movimientos migratorios, porque «cada día hay más conflictos y esto genera más desplazados», señala para El Independiente Joao Diniz, líder regional de esta ONG para Latinoamérica y Caribe.

ACNUR refleja en Tendencias globales: desplazamiento forzado en 2019 que entre 30 y 34 millones de desplazados por la fuerza son menores de 18 años. El conflicto en Siria comenzó en 2011 y muchos niños han tenido que huir de sus hogares por esta guerra. Algo similar está ocurriendo en Venezuela, donde viven un periodo de inestabilidad política y social desde hace al menos tres años. Afganistán, una zona con un conflicto armado activo desde 2001, y Myanmar, con un flujo masivo de refugiados rohingya hacia Bangladesh desde 2015, son dos ejemplos más de países que están viendo cómo sus niños pierden la infancia.

Estos y otros muchos países y comunidades han perdido al menos una generación. De estas guerras y conflictos sociales, estos lodos. Niños y jóvenes sin educación, con traumas causados por las continuas huidas y los conflictos armados. Familias separadas.

La crisis del coronavirus ha agravado aún más esta situación y no sólo por las dificultades de acceso a los servicios sanitarios en los países receptores o por el especial peligro que conlleva para algunos de ellos intentar escapar de un virus como el Covid-19 en campos de refugiados y desplazados. El 63% de los menores venezolanos desplazados a Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Chile no ha podido continuar sus estudios durante la pandemia, y la cifra se dispara hasta el 77% en el caso de los niños que han migrado a Brasil, uno de los países de la región más afectados por esta coyuntura.

De los 7,1 millones de niños, niñas y adolescentes refugiados en edad escolar, 3,7 millones no van al colegio. Al no recibir educación, los menores refugiados están más expuestos a situaciones de violencia, abuso y explotación, y a tener más dificultades a para poder comer o acceder a agua potable, tal y como evidencia Entreculturas. La escuela es su refugio y es en ese espacio donde pueden ser niños. 

Las cifras no son esperanzadoras. Resulta muy complicado que los refugiados y, en general, los desplazados de menor edad vivan una infancia común, dentro de lo inusual de la situación, especialmente si son rechazados por las poblaciones receptoras. «Hay discriminación y xenofobia«, afirma Joao Diniz, y este odio ha dado lugar incluso a enfrentamientos «violentos», como los que observó el equipo de World Vision en Pacaraima, un municipio brasileño ubicado en la frontera con Venezuela.

Sin duda, los refugiados sirios han sido las principales víctimas del estigma que el que los europeos les han marcado, principalmente influenciado por los inestables discursos antiyihadistas, que, en algunos casos, disfrazan de peligro a todo aquello que parezca o suene a árabe.

Este sábado se conmemora el Día Mundial de los Refugiados. En esta importante fecha para las ONG y las comunidades afectadas, Save The Children ha instado al Gobierno de coalición a que apruebe una nueva Ley de Asilo, con enfoque de infancia que asegure la protección y acogida de los niños refugiados en nuestro país. La organización pide que se destine un equipo de profesionales especializados para acompañar al menor «en todo el procedimiento» y que se incluyan servicios que ayuden a los menores «a superar las vivencias que han condicionado su desarrollo personal y su bienestar psicosocial». 

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