Si el Mossad no existiera, los guionistas de Hollywood, o de Netflix, se lo inventarían. Solo una agencia de inteligencia extraordinariamente sofisticada sería capaz de matar al niño mimado de su enemigo más acérrimo ante sus propios ojos, en su territorio. La mayor humillación que hasta ahora ha sufrido el régimen de los ayatolás es obra del Mossad, según ha desvelado The Jewish Chronicle. De acuerdo con la investigación de este semanario editado en Londres, sus espías fueron quienes acabaron con la vida del padre de la bomba nuclear iraní a finales del año pasado en Absard, cerca de Teherán.

Doce guardaespaldas acompañaban al científico Mohsen Fakhrizadeh (Qom, 1958), cuando viajaba en coche junto a su esposa el pasado 27 de noviembre. Ni la mujer de Fakhrizadeh ni su equipo de seguridad sufrieron daños.

El golpe fue limpio, sin daños colaterales. No quedaron pruebas. La sospecha apuntaba a Israel, pero no hubo arrestos, ni pistas claras. Un golpe perfecto contra uno de los hombres más cercanos al Líder Supremo, Ali Jamenei.

En el operativo, formado por una veintena de personas según el relato de JC, participaron también iraníes, entre ellos un alto cargo de las Fuerzas Armadas que habría preparado el terreno, según dijo esta semana el ministro iraní de Inteligencia, Mahmud Alavi en la televisión estatal.

El régimen iraní ha prometido «venganza» por la muerte de quien era el gran cerebro del programa nuclear. «El principal asesino es el régimen criminal sionista y el ocupante de Quds [Jerusalén], que basa su existencia en estos movimientos terroristas y cobardes», señaló el ministro iraní.

Israel declinó hacer comentarios sobre la muerte de Fakhrizadeh en noviembre. Esta semana, un portavoz israelí citado por Reuters al distribuir la historia, tampoco quiso valorar la nueva versión sobre el operativo: «Nunca hacemos comentarios sobre estos asuntos. No ha habido cambio en nuestra posición».

Todo empezó por un robo

Si la supuesta operación fuera objeto de una serie de televisión, el primer capítulo arrancaría con un destello de luz en una zona comercial de las afueras de Teherán. Es la noche del 31 de enero de 2018. Después de un año de vigilancia los espías israelíes están manos a la obra.

Con sopletes que arden a 2.000 grados centígrados, un equipo de operaciones especiales abre 32 cajas fuertes donde Irán tenía hasta entonces a buen recaudo sus secretos nucleares. Con este golpe el Mossad habría facilitado al gobierno israelí todas las claves sobre la investigación en energía nuclear del régimen de los ayatolás.

Según el relato de The Jewish Chronicle, este archivo nuclear, que mencionó el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en un discurso ante el Ministerio de Defensa en 2018, se encuentra ahora en un lugar ultrasecreto en Israel. Los datos que revelan estos documentos son oro puro para Israel.

El gobierno confía en que la Administración Biden confíe en sus averiguaciones y no vuelva a pactar con Irán, como hizo Barack Obama. Biden era su vicepresidente.

En este archivo sobre sus investigaciones en materia nuclear hay un protagonista. Es el científico Mohsen Fakhrizadeh. Al analizar el material los israelíes se dan cuenta del verdadero poder del padre de la bomba atómica iraní.

«Todo estaba bajo su mando: desde los avances científicos hasta el personal», dicen las fuentes israelíes. Netanyahu, al referirse al hallazgo en 2018, lo dejó claro al hablar del físico iraní: «Recuerden ese nombre: Mohsen Fakhrizadeh». Estaba anunciando su sentencia de muerte.

Un plan concebido en el confinamiento global

En marzo de 2020, mientras el mundo se encerraba debido a la pandemia del coronavirus, se daba forma al plan para acabar con el padre de la bomba atómica. Un científico al servicio del régimen de los ayatolás, que según las fuentes israelíes, había trabajado en la creación de varias cabezas nucleares. Cada una sería capaz de provocar cinco Hiroshimas.

Las autoridades iraníes estaban desbordadas por la propagación del coronavirus y por las protestas en las calles, motivadas por la grave crisis que vive el país y la opresión del régimen. La versión ahora publicada detalla que el Mossad desplegó a una veintena de agentes israelíes y recurrió a sus fuentes locales.

Comenzó a vigilar de cerca a Mohsen Fakhrizadeh. Con el tiempo llegaron a conocerlo mejor que a su propia familia. Sabían a qué hora se levantaba, cuáles eran sus rutinas cotidianas, sus contactos, sus gustos, sus hábitos, sus horarios, incluso cuando improvisaba. Estaba bajo control.

A la vez se llevaba a cabo la operación para introducir en territorio iraní un arma automatizada de una tonelada con capacidad destructiva y autodestructiva. Por piezas los agentes introdujeron poco a poco el arma desmontada.

Mientras se completaba la labor de información sobre el científico y su entorno, se iba montando el arma y seleccionando dónde y cuándo se llevaría a cabo el ataque mortal contra el padre de la bomba atómica iraní.

En la operación los estadounidenses no estaban involucrados, sino simplemente informados, según las fuentes de inteligencia citadas en el artículo. El ataque contra Mohsen Fakhrizadeh se llevó a cabo a finales de noviembre, tres semanas después de las elecciones que ganó el demócrata Joe Biden.

Bajo la Administración Trump, Israel había estado tranquila con respecto a la relación de EEUU e Irán. Trump hizo que Estados Unidos dejara el Acuerdo Nuclear con Irán de forma unilateral para gran felicidad de las autoridades israelíes.

Estados Unidos también había perpetrado otro golpe mayúsculo contra Irán al ordenar el atentado que costó la vida al general Qasem Soleimani, el hombre al mando de las operaciones especiales de Irán fuera de su territorio. De hecho, murió después de llegar a Bagdad el 3 de enero de 2020. Washington informó a Israel pero la operación tenía la firma de Trump. Irán prometió venganza.

Trece impactos en el objetivo desde un Nissan

Después de estudiar todas las posibilidades, los agentes decidieron que la mejor opción para atacar a Mohsen Fakhrizadeh se la brindaba uno de sus desplazamientos habituales, los viernes, a una villa en Absard. Los agentes sabían hasta la velocidad a la que se desplazaba el convoy en cada tramo del viaje.

El arma empleada habría sido montada en una camioneta Nissan aparcada en la cuneta de la carretera. Ese 27 de noviembre, el científico se desplazaba en un Opel saloon negro con su esposa al lado. En el convoy le acompañaban 12 guardaespaldas.

Al paso del automóvil junto a la camioneta Nissan, el equipo sobre el terreno activó el arma a distancia que disparó trece veces al científico. Su esposa, que estaba a centímetros de él, no resultó herida. Al terminar los disparos, estalló la bomba con el fin de no dejar rastros.

Intentaron salvar la vida a Mohsen Fakhrizadeh en el hospital pero fue en vano. Las autoridades iraníes aseguraron que el jefe del equipo de seguridad se interpuso a las balas para intentar salvarlo, pero los israelíes lo niegan. También se dijo que había más de 60 efectivos con armas. Pero no fue así, de acuerdo con esta versión de The Jewish Chronicle.

Con este golpe, Israel calcula que puede haber retrasado entre dos y cinco años que Irán obtenga la bomba atómica. Estima también que necesitará años para reemplazar a su científico más preciado.

Los agentes israelíes se replegaron y regresaron sanos y salvos a Israel. Dispuestos a seguir actuando.