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Muere Felipe de Edimburgo, el eterno consorte de Isabel II

Hasta los más republicanos en el Reino Unido han ensalzado su contribución al desarrollo de una monarquía moderna

El príncipe de Edimburgo, en uno de sus actos oficiales

El príncipe de Edimburgo, consorte de la reina Isabel, en un acto reciente. EFE

La Familia Real británica ha comunicado este viernes el fallecimiento, a los 99 años, del príncipe Felipe de Edimburgo, consorte de la reina Isabel II. Nacido en la isla griega de Corfú en junio de 1921, se había convertido durante su vida en uno de los personajes más carismáticos de la realeza británica. Fue hospitalizado en febrero de este año, y recibió el alta a mediados de marzo en precario estado de salud.

El príncipe Felipe, marido y consorte de la reina Isabel II, duque de Edimburgo, conde de Merioneh, barón Greenwich y Lord High Admiral, era tan conocido por sus metidas de pata que, cuando cumplió los noventa años, el diario The Independent lo celebró con un artículo donde destacaba las noventa más sonadas. Como aquella vez en el Caribe en que se dirigió a un grupo de niños con problemas auditivos que había cerca de una banda de música muy estridente y, sin pensárselo demasiado, les dijo: «¿Sois sordos? Si sois de por aquí, no me extraña». O aquella otra ocasión, también memorable, cuando le comentó a un estudiante británico en China: «Si te quedas aquí mucho tiempo, volverás a casa con ojos rasgados».

Él era así: una mezcla entre sinceridad a veces cruel y poca tolerancia por lo políticamente correcto. Muchos quisieron ver arrogancia en su comportamiento —esa insufrible condescendencia de las clases altas británicas disfrazada de humor negro—, pero era todo lo contrario.

Por muchos defectos que tuviese, y la lista era larga —era impetuoso, impaciente, testarudo y, a menudo, grosero—, Felipe también destacaba por su aversión al esnobismo. En el fondo, sus abruptos comentarios eran su particular manera de demostrar que él no era un royal al uso, sino un alma libre y rebelde que siempre odió las absurdas tradiciones del establishment

Aunque Felipe era pura sangre azul, en realidad él siempre se sintió un ‘outsider’ en Buckingham

Aunque Felipe era pura sangre azul, en realidad él siempre se sintió un outsider en Buckingham. Para empezar, no era inglés de nacimiento: nació el 10 de junio de 1921 en la mesa de la cocina de Mont Repos, la casa de veraneo de la familia real griega en la isla de Corfú. En principio, su pedigrí era impecable: su madre era la princesa Alicia de Battenberg, nieta de la reina Victoria, y su padre era el príncipe Andrés de Grecia, cuarto hijo del rey Jorge I de Grecia y de su esposa, la gran duquesa Olga de Rusia, nieta del zar Nicolás I.

Sin embargo, a pesar de lo rimbombante de semejante genealogía (su verdadero apellido era Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg), Felipe era en realidad un royal de tercera. La familia real griega era considerada de poco postín dado que apenas tenía historia (Jorge I, el primer rey de la dinastía, era un príncipe de Dinamarca que fue elegido rey de Grecia en 1863), eran pobres para los estándares reales y, encima, sufrían continuos exilios. Felipe, de hecho, pasó poco tiempo en Grecia: a los pocos meses de nacer, su familia tuvo que huir del país en un buque que les facilitó la armada británica. En vez de un cochecito o una cuna, a él lo metieron en una caja de naranjas. 

Una desastrosa vida familiar

Su vida familiar fue un desastre: su madre fue internada en un psiquiátrico por esquizofrenia cuando él era niño, su padre se fugó con su amante a Montecarlo, sus hermanas se casaron con nazis y él vivió desde los once años al cuidado de parientes que se apiadaron de él. Tan sólo encontró algo de estabilidad cuando entró en la escuela naval de Darmouth y se convirtió en oficial de la Royal Navy. Fue entonces cuando conoció a la persona que le cambiaría la vida: la entonces princesa Isabel, heredera al trono de Inglaterra. La primera vez que se vieron, ella tenía trece años y él, dieciocho. Para ella fue un flechazo y jamás pensó en otro. 

En cuanto se enteró del romance, la Corte puso el grito en el cielo. No era ningún secreto que existía una lista de pretendientes adecuados para la princesa, todos exquisitos duques de Inglaterra, ricos y con propiedades extensas: los Grafton, los Rutland, los Buccleuth y los Porchester, cuyo hijo, Henry Porchester, futuro conde de Carnarvon, era un gran amigo de Isabel.

Cuando saltó la noticia de que él era el elegido, los insultos no tardaron en llegar. «Teutónico» fue lo más suave que lo llamaron

El nombre de Felipe, por supuesto, no salía por ningún lado y, cuando saltó la noticia de que él era el elegido, los insultos no tardaron en llegar. «Teutónico» fue lo más suave que lo llamaron. «Burdo, sin educación y poco capaz de ser fiel», sentenció Allan Tommy Lascelles, el todopoderoso secretario privado del rey. Incluso la mismísima madre de Isabel lo comenzó a apodar el Huno, en referencia a las hordas bárbaras germánicas que arrasaron el Imperio Romano. 

Pero el huno en cuestión no se amilanó. No sólo sirvió con distinción en la Segunda Guerra Mundial, sino que, a la vuelta a Londres y ayudado por su tío, Louis Dicky Mountbatten, el hermano de su madre, puso en marcha una inteligente campaña de relaciones públicas para convencer a la opinión pública de que era un candidato respetable a la mano de la princesa. Se repitió hasta la saciedad que descendía de la reina Victoria, que había estudiado en Gordonstoun, un internado de Escocia, y que había servido con honor en la Marina británica. Unas cuantas fotos de él jugando al cricket, deporte nacional por excelencia, dejaron claro que, en el fondo, aquel príncipe extranjero era más inglés que el té de las cinco.

Al final, al rey Jorge VI no le quedó más remedio que dar su consentimiento a la boda de su querida hija con aquel príncipe que no tenía donde caerse muerto. Se casaron el 10 de noviembre de 1947 y, poco después, el nuevo matrimonio puso rumbo a Malta, donde él continuó su carrera naval. Su intención era disfrutar de una magistral trayectoria en la Armada como la de su tío Dicky Mountbatten, el cual llegó a ser virrey de la India, jefe de las fuerzas navales de la Alianza Atlántica en el Mediterráneo, primer Lord del Almirantazgo y jefe del Estado Mayor naval. 

Giro de timón del destino

Pero el destino le tenía deparado un derrotero totalmente distinto. El rey Jorge VI murió el 6 de febrero de 1952 con tan sólo 56 años y su hija se convirtió inmediatamente en reina. La frustración de Felipe por no haber podido cumplir sus sueños profesionales se tornó en rebeldía contra los adustos cortesanos que poblaban la Corte. 

Sin embargo, esta cabezonería fue de gran ayuda: su negativa a seguir los manuales ayudó sobremanera a que la marca Windsor se renovase. Aunque su imagen estará siempre ligada a la de un hombre que debía caminar obligatoriamente tres pasos por detrás de su esposa, Felipe trabajó para que la monarquía fuese más abierta, transparente y accesible (fue el primer miembro de la familia real en conceder una entrevista y presentó documentales sobre tecnología en televisión).

También se obsesionó porque fuera más activa (apoyó a más de ochocientas organizaciones sociales). Y que se implicase con problemas reales (fue un pionero en la defensa del medio ambiente y creó el Premio Duque de Edimburgo para fomentar la valentía y el sentido de la responsabilidad en los jóvenes). Por no decir que intentó que Buckingham funcionase de manera más eficiente y, sobre todo, moderna, comenzando porque se empeñó en que la coronación de su mujer fuera retransmitida por la BBC, algo que por aquel entonces, en junio de 1953, fue visto por algunos como una revolución y, por otros, como un auténtico sacrilegio. 

Muchos cortesanos, por supuesto, jamás le perdonaron semejantes innovaciones, pero su visión, al final, triunfó: a veces motu propio, a veces por presiones externas, la monarquía británica se renovó de arriba abajo y ahora es un modelo de cómo transformar y hacer sobrevivir una institución medieval en pleno siglo XXI pero sin perder los fundamentos.

Sus aportaciones fueron tan importantes que, cuando se retiró de la vida pública, en el 2017, con 96 años, incluso el muy republicano diario The Guardian reconoció que «su contribución al desarrollo de una monarquía moderna no está en duda». 

Como el marido de la reina Victoria

Tan sólo otro consorte consiguió una hazaña semejante: el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, marido de la reina Victoria, quien en el siglo XIX saneó las finanzas, modernizó la gestión de los palacios y creó el manual de cómo debía comportarse una verdadera monarquía parlamentaria.

Los parecidos entre ellos eran destacables: ambos extranjeros de nacimiento (Alberto era alemán y Felipe, griego), ambos royals de tercera, ambos pobres para los estándares reales, ambos odiados por la Corte, ambos apasionados de la tecnología y políticamente conservadores (Albert se llevó muy bien con Sir Robert Peel y Felipe, con Margaret Thatcher).

No hay duda de que Isabel y Felipe siempre se entendieron y que llegaron a disfrutar de una gran química

Ambos tuvieron también matrimonios aparentemente estables, aunque con enormes altibajos. No hay duda de que Isabel y Felipe siempre se entendieron y que llegaron a disfrutar de una gran química. Sus personalidades, además, aunque opuestas, eran perfectamente compatibles: la seriedad de ella le daba estabilidad a él; y la rebeldía de él le aportaba libertad a ella. Cuando él explotaba de rabia, lo que sucedía bastante a menudo, ella simplemente hacia oídos sordos o le espetaba: «Oh, shut up, Phillip«, cállate, Felipe. Él era uno de los pocos para los cuales ella no era Her Majesty, sino simplemente Lilibeth (o, muy en privado, cabbage, repollo). 

Leal pero no fiel

Felipe fue siempre un consorte leal y el apoyo a su mujer fue constante y encomiable (ella, en un discurso en 1997 para celebrar sus bodas de oro, reconoció que «él ha sido, sencillamente, mi fuerza y mi soporte todos estos años»). Sin embargo, que fuera leal no significa que fuera fiel, y los rumores de aventuras extramaritales fueron frecuentes desde el principio.

No era ningún secreto que, poco después de que su mujer subiese al trono, el duque y su secretario privado, Mike Parker, salían por las noches a divertirse en Les Ambassadeurs, el Milroy Club y, sobre todo, el Thursday Club, en el Soho. Y también era vox populi que allí se veía con mujeres, por lo que la lista de posibles amantes no tardó en ser la comidilla de Londres: la actriz de musical Pat Kirkwood, la cabaretera Hélène Cordet, la condesa de Westmorland, la novelista Daphne de Maurier, las actrices Merle Oberon y Anne Massey, y un largo etcétera. Con los años también se rumoreó una larga relación con Penny Romsey, la mujer de Lord Brabourne, e incluso se llegó a decir que se lió con Susan Barrantes, la madre de Sarah Ferguson, esposa durante unos años de su hijo Andrés. 

La reina Isabel, educada según los estándares de la clase alta de que infidelidades han de ser toleradas mientras no haya escándalos públicos, simplemente miró para otro lado y entendió que Felipe necesitaba de vez en cuando to steam off, ese eufemismo tan exquisitamente British que significa «liberar humo para no explotar». 

Tras no poder dar su apellido a sus hijos, Felipe estalló: ‘Solo soy una maldita ameba’. Y partió a un largo viaje de varios meses

Pero, a veces, la situación se volvía insostenible y se sabe que la pareja pasó por una fuertísima crisis matrimonial en 1956. Felipe sentía ofuscado, ninguneado por la Corte y sin rumbo en la vida. La gota que había colmado el vaso era no haber podido ni siquiera poner su propio apellido a sus hijos (todos ellos eran, simplemente, Windsor, el nombre de la dinastía británica). «Sólo soy una maldita ameba», estalló un día Felipe. Aprovechando que tenía que inaugurar los Juegos Olímpicos de Melbourne, partió en un largo viaje de varios meses.

A su vuelta, y para arreglar las cosas, la Reina no tuvo más remedio que ceder en algunos puntos: decretó que, a partir de entonces, aunque la dinastía seguiría siendo sólo Windsor, sus hijos se llamarían Windsor-Mountbatten (Mountbatten es la traducción inglesa de Battenberg, el apellido materno de Felipe: «Berg» es montaña o monte en alemán y «Mount» en inglés). 

Un desastre de relación con Carlos

Las crisis matrimoniales de sus hijos fueron otro gran golpe para ellos. Isabel y Felipe tuvieron cuatro hijos: Carlos, príncipe de Gales (1948), Ana (1950), Andrés (1960) y Eduardo (1964). Si bien con Ana la relación siempre fue estupenda (ambos tienen el mismo carácter decidido y valiente), con Carlos fue un desastre desde el principio. Excesivamente tímido, muy sensible y de complexión algo débil, Carlos no respondía al tipo de hijo varón que Felipe esperaba e intentó endurecerlo con prácticas erróneas que le crearon al chiquillo una inseguridad enfermiza.

Criticó sin piedad —muchas veces injustamente— todas las iniciativas de su hijo, presionó lo indecible para que se casara y llegó a indicarle que Diana Spencer, una muchachita prácticamente adolescente, era la persona adecuada. Se equivocó, por supuesto, pero en su defensa hay que decir que Felipe hizo todo lo que estuvo en su mano para que la pareja funcionara y ayudó a Diana a integrarse en Buckingham. 

Años más tarde, en 1997, cuando Diana murió en un accidente de coche en París, Felipe se volcó con sus nietos, Guillermo y Enrique, que acababan de perder a su madre. Fue él quien más los acompañó aquellos duros días y, desde entonces, la unión entre abuelo y nietos fue increíblemente fuerte. Incluso se rumorea que Guillermo se llevaba muchísimo mejor con su abuelo que con su padre. 

La reacción popular tras la muerte de Diana fue furibunda… Isabel y Felipe entendieron que si no cambiaban, y tenían que hacerlo rápido, todo se derrumbaría

La muerte de Diana también significó que la reina Isabel fuera duramente criticada. El público pensó que reaccionó tarde, mal y sin ningún tipo de cariño. Tan furibunda fue la reacción popular que algunos temieron que la monarquía tuviera los días contados. Isabel y Felipe entendieron que si no cambiaban, y tenían que hacerlo rápidamente, todo se derrumbaría.

Inmediatamente pusieron en marcha un ambicioso plan para reflotar a la familia real y recobrar el prestigio perdido. Después de años de mucho esfuerzo, lo consiguieron y ahora la monarquía vive uno de sus momentos más gloriosos, con unos niveles de aprobación milagrosos. 

Ése, en el fondo, es el gran legado que deja tras de sí Felipe. Aquel «refugiado», como lo tildaban con desdén en la Corte, fue clave para salvar a los Windsor. Cuando se retiró del «servicio activo», en 2017, dejó tras de sí una impecable hoja de servicios: más de 22.000 eventos a los que asistió él solo y 637 viajes oficiales al extranjero.

Sin embargo, siguiendo su peculiar pasión por lo abrupto, cuando la periodista Fiona Bruce lo entrevistó por su noventa cumpleaños y le preguntó si había triunfado en su papel de príncipe consorte, él simplemente se encogió de hombros, masculló una sonrisa chulesca y dijo: «I couldn’t care less” o, como diríamos por aquí, «me importa un bledo». 


Ana Polo Alonso es la editora de Courbett Magazine, una publicación digital sobre libros, diseño y cultura. También es la creadora del podcast Sin Algoritmo, centrado en novedades literarias. Publicará próximamente una biografía sobre Jackie Kennedy y está trabajando en una biografía sobre la reina Isabel II de Inglaterra.

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