«Si me vierais, no me reconoceríais. Soy un cadáver andante». En una carta dirigida a su equipo, el disidente ruso Alexei Navalni se describía así poco antes de entrar en un hospital-prisión donde le internaron por los efectos del encarcelamiento y la huelga de hambre que mantiene para denunciar su situación. El presidente ruso, Vladimir Putin, sin embargo, sigue ignorándole en su discurso anual y pasa a la ofensiva contra Occidente, contra todo aquel que pase «las líneas rojas». ¿Cuáles son? Las que decida el Kremlin. Y las mueve a su libre albredío.

En su discurso a las dos Cámaras, Putin ha dejado claro que Rusia responderá «de manera asimétrica, rápida y dura» a todo aquel que cruce esas líneas rojas. «No queremos quemar puentes, pero si alguien percibe nuestra buena intención como apatía o debilidad y pretende quemar esos puentes, entonces verán que la respuesta de Rusia sería asimétrica, rápida y dura… Lo lamentarán como hace mucho que no lo hacen».

Era la primera vez que hablaba Putin después de las últimas sanciones de la Administración Biden contra Rusia. La amenaza está dirigida a Estados Unidos y a sus aliados europeos.

Y las líneas rojas se sitúan en Ucrania, en cuya frontera Rusia ha incrementado su presencia militar a niveles desconocidos desde el inicio de la guerra en 2014. También en el Mar Negro hay más presencia naval rusa. Y también en la enconada defensa de Navalni, que para Putin es el enemigo innombrable. No mencionó su nombre ni una sola vez.

Sin embargo, sí aludió a un intento de atentado contra el presidente bielorruso, Alexander Lukashenko. «La práctica de organizar golpes de Estado, los planes de asesinatos políticos… eso es demasiado. Se han sobrepasado los límites», dijo Putin.

Ya no habrá sorpresas

«Rusia no va a pillar a nadie por sorpresa nunca más», dijo el ministro ucraniano de Exteriores, Dmytro Kuleba, en una intervención reciente en Bruselas. Como señala Christoph Meyer en Politico, «efectivamente, muchos líderes europeos ya han tenido ocasión de aprender las lecciones de la guerra en Georgia en 2008 y la guerra no declarada en Ucrania y la anexión de Crimea en 2014». Apunta Meyer cómo el factor sorpresa suele jugar a favor del Kremlin.

Y añade como el Kremlin «tiene gran habilidad para explotar la asimetría informativa con Occidente. Es bastante fácil para Moscú lograr información sobre qué pueden hacer los europeos y cómo se posicionan en los diferentes escenarios. Pero hay mucho secretismo en el Kremlin y solo decide Putin y un círculo muy restringido de asesores de su propia confianza».

A la vez que mantiene esta posición de dureza, Putin participa este jueves en la cumbre del clima, promovida por Biden. De esa manera, intenta mostrar que efectivamente están dispuestos a colaborar cuando se abordan problemas globales.

La ‘bestia negra’ del Kremlin

Putin no menciona a Navalni por su nombre y eso ya revela la importancia del disidente ruso, que regresó a principios de año a Moscú, a pesar de que sabía el riesgo que corría. En agosto pasado se sintió enfermo en el avión que le trasladaba de Siberia a la capital rusa y tuvo que ser atendido de urgencia a mitad de camino.

El líder ruso aceptó en ese caso que fuera atendido en Alemania. En Berlín trataron su caso y dictaminaron que había sido envenenado con Novichok, un agente químico que no está al acceso de cualquiera. Hay que tener una capacidad propia de un Estado para fabricarlo.

El Kremlin niega cualquier vinculación con el atentado que sufrió Navalni, a quien trata como si fuera un delincuente común aunque a la vez lo considera un enemigo del Estado. Navalni regresó y le detuvieron por no haber cumplido las condiciones de libertad condicional de una pena anterior. Lo hizo para recibir tratamiento médico en el exterior.

A principios de año unas 100.000 personas se concentraron en todo el país para exigir la liberación de Navalni. Ese miércoles han sido menos los que se han atrevido a desafiar al Kremlin. Una tercera parte, pero han salido en distintas ciudades del país. Las mayores manifestaciones han tenido lugar en Moscú y San Petersburgo, ciudad natal de Putin. Cientos han sido detenidos.

Ayudas económicas con mensaje electoral

Rusia tiene varios frentes abiertos y celebra elecciones legislativas en septiembre. Los ciudadanos rusos han perdido capacidad adquisitiva. En 2020 la inflación fue de un 4,9% y la economía está en recesión. Ha cerrado el primer trimestre con una caída del 1,3% del PIB.

Unos 17,8 millones de rusos, un 12,1% de la población, tienen unos ingresos inferiores a 126 euros mensuales. En su intervención, Putin ha prometido ayudas a las familias con niños en edad escolar (10.000 rublos, 108 euros), a niños de familias monoparentales (unos 60 euros) o a las embarazadas que viven en situación de precariedad (unos 65 euros). Todas las medidas supondrán unos 4.300 millones de euros en dos años.

La campaña de vacunación va muy lenta, a pesar de contar con vacunas propias. En el mejor de los casos, se precisan dos años para que todos los rusos estén inmunizados. Y esto incide en la economía también.

Con este panorama doméstico, a Putin le va bien agitar el nacionalismo en la pugna con Ucrania. Cualquier mínimo error puede hacer estallar el polvorín de nuevo. Y también le lleva a mantener el control en las calles.

Es difícil saber el estado de Navalni pero está dispuesto a seguir hasta el final. Es valiente»

carmen claudín, cidob

El presidente, Joe Biden, ha advertido a Putin que Estados Unidos reaccionará si le pasa algo a Navalni. Biden sorprendió en su primera entrevista como presidente al reconocer que creía que Putin era «un asesino». Los intelectuales se han movilizado, y los gobiernos occidentales, pero nada de eso inmuta a Putin.

«Es difícil saber cuál es el estado de Navalni. Pero está dispuesto a seguir hasta el final. Es valientePuede morir en cualquier momento porque el sistema penitenciario ruso es brutal», explicaba Carmen Claudín, investigadora senior en el CIDOB.

Y Navalni sigue en el sistema penitenciario, aunque sea en un hospital.