«Boris Johnson es uno de esos jugadores creativos, capaz de remontar un partido cuando todo va mal, pero siempre ha infravalorado lo determinante que es tener un buen equipo alrededor. Ahora va a tener que hacer un gran esfuerzo por convencer al partido de que no pasará nunca más lo vivido estos días». El periodista y asesor Guto Harri se sinceraba así a la BBC sobre su antiguo jefe. El escándalo de las fiestas, el llamado Partygate, ha puesto en cuestión la supervivencia del primer ministro, dos años después de una contundente victoria electoral. Entre bambalinas ha movido los hilos Dominic Cummings, el antiguo gurú de Boris Johnson. Dejó de ser su spindoctor tras enemistarse con Carrie Symonds, la pareja del primer ministro, que antes trabajó en su equipo de comunicación.

Este viernes ha roto su silencio su antecesora, Theresa May, de su propio partido. «Nadie está por encima de la ley», ha dicho en una carta a un diario local, el Maidenhead Advertiser. «Es vital que quienes fijan las normas, cumplan con las normas… Es importante para conseguir el nivel de confianza necesario entre el público y el gobierno», señala May, que reconoce su «enfado» al escuchar esas historias sobre quienes están en el centro del gobierno y no han cumplido las normas.

Y este sábado ha dado un paso adelante el primer tory que se propone para suceder a Boris Johnson. Es Tom Tugendhat, ex soldado y actual presidente del comité de Exteriores de los tories. En declaraciones a Times Radio, que cita el Telegraph, ha dicho que es hora de que los parlamentarios den el paso y luego proceda el partido.

El Partygate está adquiriendo niveles de intriga dignos de una buena serie de ficción. Hay pasión y odio, bacanales secretas, guiños a lo prohibido desde el seno del poder, y una espera que se prolonga in extremis. Hagamos un repaso por los protagonistas de esta trama:

Esperando a Sue Gray

Todas las miradas llevan días focalizadas en Sue Gray, la funcionaria a quien el primer ministro Boris Johnson encargó una investigación sobre las revelaciones sobre las fiestas en Downing Street en pleno confinamiento que principalmente ha publicado el Daily Telegraph, ese diario donde publicaba una columna semanal Boris Johnson por 275.000 libras anuales.

Gray expondrá qué pasó realmente en esas fiestas, quiénes fueron, en qué condiciones estaban y si violaron las normas del confinamiento. Su informe se espera desde finales de la semana pasada, pero su publicación se ha retrasado ya varias veces, tantas que los memes se multiplican cada día.

Hasta ahora Boris Johnson ha calmado los ánimos en su partido en virtud de esta investigación interna, que ahora se ha pospuesto al cruzarse con la investigación de Scotland Yard, que ha abierto un caso por ocho de las 17 fiestas que contempla el informe de Gray. El debate ahora es si la publicación de ese informe entorpece o no la investigación policial y si puede conocerse todo su contenido o solo partes.

Nacida a finales de los 50 en Londres, es funcionaria desde que terminó sus estudios. Durante un tiempo se tomó una excedencia y se hizo cargo de un pub en Newry, en Irlanda del Norte, donde tiene familia. Está casada con un cantante folk, Bill Conlon, bastante conocido a los dos lados de la frontera irlandesa. Dicen que es muy estricta, hasta tal punto que hay quienes dice que «Robespierre a su lado parece un niño de un coro». Este informe es su prueba de fuego.

Si el informe determina que el primer ministro ha violado el código ético ministerial, es decir, ha mentido, tendrá serios problemas para mantenerse en el poder.

La batalla del ‘Torygraph’

Boris Johnson era Dios para el Daily Telegraph, que le apoyó a muerte en la campaña electoral de finales de 2019. Este diario, conocido como el Torygraph, es la Biblia de los tories. Su papel contra el primer ministro está siendo excepcional. La mayor parte de las exclusivas están en su portada.

Su corresponsal político fue quien informó de las dos fiestas que tuvieron lugar en Downing Street justo en vísperas del funeral por el Duque de Edimburgo. Aparentemente, Boris Johnson estaba en Chequers, la casa de campo de los primeros ministros británicos, pasando el fin de semana.

Pero también dieron la foto de la fiesta en el jardín, el 20 de mayo de 2020, en la que se ve claramente a Boris Johnson y a su pareja sentados disfrutando de una tarde festiva, con otros invitados. La excusa del primer ministro en ese caso fue que era un acto de trabajo en el que solo estuvo 25 minutos.

Pero ahí no quedó la juerga. La última celebración de la que han dado cuenta los medios británicos se refería al cumpleaños de Boris Johnson, el 19 de junio, cuando primero estuvo con la gente de su oficina y luego con sus allegados. En este caso el debate era si hubo pastel, señal de celebración, o no. Y si literalmente fue embestido por un pastel, como si fuera algo accidental, provocado por el propio pastel. Es decir, algo que el primer ministro no podía evitar de ninguna manera.

Los medios británicos han sentenciado a Boris Johnson. Memorable ha sido la portada de The Independent con esta titular: «Nadie me avisó de que las fiestas estaban contra las normas, dice el hombre que impuso las normas».

Sin embargo, llama la atención que quien lleve la voz cantante haya sido el Daily Telegraph, el amor de sus amores. Boris Johnson ejerció como periodista antes de ser político y castigó a las instituciones europeas todo cuanto pudo como corresponsal en Bruselas. Luego se hizo columnista a la par que ponía rumbo a su objetivo: Downing Street.

Todo indica que Dominic Cummings, quien creó la campaña del Brexit, ha elegido bien quien tenía que dar la puntilla a Boris Johnson. Si el diario de cabecera de los tories, pierde la fe en él, muchos conservadores dejarán de verle como quien les llevó a la victoria en 2019. Será quien puede poner en peligro su escaño en las próximas elecciones.

La guardia pretoriana de Boris Johnson

Entre los leales a Boris Johnson destaca el diputado Jacob Rees-Mogg, uno de los brexiters más fieros. Rees-Mogg es capaz de defender a Boris Johnson hasta el ridículo y sostiene que todo el escándalo es una vendetta de Dominic Cummings, sin entrar en si lo que denuncia es veraz o no. Ha llegado a decir que el debate sobre el pastel en la fiesta de cumpleaños de Boris (si hubo o no), no es una emboscada, sino una encerrona. (It’s not an ambush, it’s better an ambuscade).

Rees-Mogg mantiene que en caso de que se fuerce la dimisión del primer ministro, habría que convocar nuevas elecciones. Es una forma de presionar a los tories para que se lo piensen mucho antes de promover una moción de no confianza. En realidad, el procedimiento lleva a unas primarias para elegir un nuevo líder, que asume como primer ministro. No hay razón para ir de nuevo a las urnas. Otra de sus leales hasta ahora es la ministra de Exteriores, Liz Truss, quien también se ha hecho cargo del Brexit, tras la dimisión de David Frost por discrepancias con el primer ministro.

Fue precisamente otro de los titulares de esta cartera del Brexit, David Davis, quien más claramente ha pedido a Boris Johnson que se vaya. En una sesión parlamentaria, evocó una frase de Leo Amery a Chamberlain y le dijo: «Por amor de Dios, váyase».

A pesar del entusiasmo de Jacob Rees-Mogg, la credibilidad de Boris Johnson está por los suelos, por debajo del líder laborista, Keir Starmer, que ha pedido en reiteradas ocasiones la dimisión del primer ministro. Boris Johnson ha llegado a estar peor que su predecesora, Theresa May, en su peor momento, aunque ha mejorado ligeramente en los últimos días. Los laboristas están por delante en las encuestas aunque llegaron a estar a 11 puntos y ahora la diferencia es menor.

El Comité 1922 en modo ‘wait and see’

Cuando estalló el escándalo del Partygate, en el Partido Conservador empezó a armarse una revuelta. Los mismos votantes que confiaron en Boris Johnson en el norte de Inglaterra, desengañados del laborismo, veían que el primer ministro se había saltado las reglas que él mismo había impuesto. The Independent, de izquierdas, publicó una portada demoledora: «El primer ministro dice que no sabe si saltó la reglas que él mismo impuso».

El llamado «motín del pastel de carne», que debe su nombre a la circunscripción electoral de Alicia Kearns, donde se encuentra Melton Mowbray, cuna de esta vianda, comenzó a tomar cuerpo. Participaban diputados del llamado Red Wall, es decir, de distritos que habían sido arrebatados a los laboristas en las elecciones. En gran parte gracias al mensaje de Boris Johnson: prometió cumplir con el Brexit y compensaciones a esas zonas que se ven marginadas.

Finalmente, esta revuelta se disolvió cuando uno de los diputados descontentos, Christian Wakeford, de Bury South, se pasó a los laboristas. Para los conservadores esto fue una traición en toda regla, algo que jugó en favor de Boris Johnson.

Nunca se supo cuántas cartas habían llegado al Comité 1922 pero se llegó a publicar que se habían redactado más de las 54 necesarias y que habían llegado una treintena. El presidente del Comité 1922, Graham Brady, no hace público el número hasta que se supera el mínimo. Para activar la moción de no confianza al líder del partido se necesitan un 15% de los diputados del grupo parlamentario. Y para que salga adelante se precisan 180. Es previsible que el proceso se active de nuevo si el informe de Sue Gray demuestra lo que los medios han publicado.

Boris Johnson asegura que no dejará el puesto a menos que pierda. De momento le salva la incógnita sobre el informe de Gray y el hecho de que sus posibles sucesores están siendo muy prudentes. Destaca el ministro de Hacienda, Rishi Sunak, que ha crecido en popularidad en la pandemia por los planes de ayuda. También se habla de Liz Truss, de momento fiel a Johnson. Si hubiera moción, y la ganara, dice que seguiría. Aunque Margaret Thatcher también anunció que se iba a atrincherar y luego tiró la toalla. Aunque Johnson sea un jugador que va por libre y descontrolado, sin el partido está perdido.