«Es el momento 1938 de nuestra generación. La neutralidad ayuda al opresor y nunca a la víctima». La primera ministra de Lituania, Ingrida Šimonytė ha verbalizado en una entrevista lo que muchos tienen en mente estos días al observar cómo evoluciona la crisis sobre Ucrania entre Rusia, por un lado, y Estados Unidos y la OTAN, por otro. ¿Vivimos una vuelta a ese año marcado por la política de apaciguamiento?

Para muchos dirigentes bálticos y de Europa Oriental la comparación es pertinente. Cuando escuchan las exigencias de Putin, recuerdan que ya se anexionó Crimea en 2014 y no ha parado ahí. Ahora veta la ampliación de la OTAN a Ucrania y más allá: pretende que las ampliaciones al Este queden sin efecto. Reivindica la doctrina Brezhnev, es decir, que haya zonas de influencia que correspondan de facto al territorio soviético. O pretende lograr lo máximo posible en ese sentido. En otros países más lejanos no se percibe la amenaza rusa de igual forma.

El 30 de septiembre de 1938 se firmaron en Múnich los Acuerdos sobre los Sudetes que parecían ser el muro de contención contra las ansias de conquista del canciller alemán, Adolf Hitler. En marzo Hitler ya se había anexionado Austria pero el caso de los Sudetes, en Checoslovaquia, era diferente por los acuerdos con Francia y la URSS, que se comprometían a defenderla en caso de agresión.

Hitler consideraba los Sudetes territorio alemán por la minoría germana que residía en esta región checa. Los primeros ministros de Francia, Édouard Daladier, y el Reino Unido, Neville Chamberlain, cedieron los Sudetes a cambio de la paz. Una paz que apenas duró un año.

Neville Chamberlain saluda a Adolf Hitler, en 1938. / FLICKR

Para Hitler Checoslovaquia era una pieza clave en su avance en Europa, una enclave por el que británicos y franceses no querían ir a la guerra. De ahí que Chamberlain fuera recibido como un héroe cuando volvió de Múnich, tras lograr ese encuentro in extremis con Hitler. «Les traigo la paz de nuestro tiempo», dijo Chamberlain a los británicos a la vuelta de Múnich. Winston Churchill, que sería su sucesor, le acusó de haberse dejado humillar y le advirtió que habría guerra.

La entrega de los Sudetes

En España han sido dirigentes tan dispares como el eurodiputado del Partido Popular Esteban González Pons y el ex ministro socialista Alfonso Guerra, quienes han empleado este símil histórico. En una entrevista radiofónica, Alfonso Guerra ha dicho que en aquel momento las potencias europeas «pensaron que lo mejor que había que hacer era apaciguar al Führer y se reunieron en Munich en 1938 y le dijeron que se quedara con los Sudetes, porque pensaron que eso le calmaría». Y no fue así.

González Pons ha escrito en El Confidencial cómo los recientes viajes del primer ministro de Hungría, Viktor Orban y el presidente francés, Emmanuel Macron, le recuerdan mucho al de Neville Chamberlain a Múnich en 1938. «Tal vez sea porque los discursos sobre la Rusia originaria, la artificialidad de Ucrania, la necesidad de recuperar el ‘espacio vital’ o ‘lo de las últimas reclamaciones y ya’ me recuerdan demasiado a otros discursos que casi habíamos olvidado. Donde Putin dice ‘Ucrania’ pongan ‘Sudetes’ o ‘Checoslovaquia’ y ya verán, todo cuadra».

Se asumen narrativas contraproducentes. Orban dijo en Moscú que le parecían normales las demandas de Putin, cuando supondrían la expulsión de su país de la OTAN»

nicolás de pedro, institute for statecraft

A Nicolás de Pedro, investigador en The Institute for Statecraft, el paralelismo histórico, siempre con prudencia porque nunca son situaciones idénticas, le parece pertinente. «Hay un contexto muy frágil y muy volátil, mucho más de lo que se creen muchos en esta parte de Europa. En el debate político europeo hay una falta de cultura estratégica. Se están asumiendo unas narrativas contraproducentes. El primer ministro húngaro, Viktor Orban, dijo en Moscú que le parecían normales las demandas de Putin, cuando en sentido maximalista supondrían la expulsión de su país de la OTAN».

Orban es uno de los más firmes aliados de Putin en Europa. Contrasta su posición con la de otros países de Europa Oriental como Polonia, que desconfía del líder ruso y su insistencia en que no tiene intención de invadir Ucrania.

Rusia eligió como interlocutores a los estadounidenses y ninguneó a los europeos. Pero el presidente de Francia, Emmanuel Macron, ha dado un paso adelante y ha mantenido varias conversaciones telefónicas con Putin. Este lunes estuvo en Moscú donde ha mantenido una reunión de cinco horas con el líder ruso. El avance fue que nadie se ha levantado de la mesa de momento. Hay quienes ven a Macron como una especie de Chamberlain.

De Pedro es muy crítico con la intervención de Macron. «El resultado más probable será la muerte cerebral de la autonomía estratégica europea. Los rusos le están humillando a conciencia y deliberadamente. Buscan dividir a los europeos y erosionar el vínculo transatlántico. Directamente Putin le reprochó que no fuera el portavoz de la OTAN».

La finlandización de Ucrania

En su viaje hacia Moscú Macron llegó a decir a los periodistas que la finlandización de Ucrania podía llegar a plantearse. «Es una imposición y un ataque a la soberanía de Ucrania. Rusia pide tener derecho de injerencia en Ucrania y que se lo conceda Occidente. No va a pasar», dice Nicolás de Pedro.

El modelo de Finlandia corresponde a la guerra fría y alude a la neutralidad impuesta a este país nórdico en ese momento histórico. Sería convertir a Ucrania en una zona colchón, neutral, entre Rusia y la OTAN. Ya fue un modelo que defendieron Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski para Ucrania en 2014, cuando Rusia se anexionó Crimea y apoyó a los separatistas en el Donbás.

Sería una solución plenamente válida para Moscú pero choca con la oposición de las autoridades de Kiev y probablemente de Washinton y Londres»

rafael calduch, catedrático de rrII

Según Rafael Calduch, catedrático de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid, la finlandización de Ucrania «sería una solución plenamente válida para Moscú pero choca con la oposición de las actuales autoridades de Kiev y, probablemente también de Washington y Londres».

Subraya Calduch cómo hay una diferencia con el caso de Finlandia. «En su caso la neutralidad se produjo tras una guerra y la pérdida de una parte importante de su territorio originario. En el caso de Ucrania la actual amenaza de invasión todavía no se ha realizado, a pesar de las advertencias del presidente Biden de una guerra inminente».

«Esa finlandización supondría mantener a Ucrania en una permanente minoría de edad», mantenía Charles Powell, director del Real Instituto Elcano en un webinar organizado por el CEU. Si, como escribía Garton Ash Europa ha de decidir si es Yalta o Helsinki, es decir, si acepta la dinámica de división en bloques de la guerra fría o es fiel a sus valores y principios, que certifica el Tratado de Washington, «aceptar esa finlandización de Ucrania sería la victoria del modelo de Yalta», en palabras de Powell.

Lo que tiene sus riesgos, a juicio de Nicolás de Pedro, es ser blando con Putin, como lo fueron Chamberlain y Daladier. «Es una señal positiva que EEUU y la OTAN estén dispuestos a hablar de reducción de armamento pero no de los principios fundamentales. Por eso, los europeos deberían lanzarle otra señal a Putin: si no quieres que nos sentemos a la mesa, rechazaremos cualquier decisión. La iniciativa francesa le incentiva a Putin a seguir con su política de división».

En Munich, The Edge of War, una película de Netflix que retrata ese momento histórico, basada en el libro de Robert Harris, se plantea cómo Chamberlain supo en realidad que la guerra sería inevitable pero intentó ganar tiempo para consolidar la unión de los aliados. Es una versión edulcorada del que fuera primer ministro británico. Veremos cómo retrata la ficción en el futuro este convulso 2022.