Argentina en 1985 era el país de la esperanza, que entonó el «nunca más» a los crímenes de la dictadura. «Hoy hemos perdido la fuerza del ‘nunca más’ y vivimos cada vez más polarizados», afirma la periodista Norma Morandini, que asistió como cronista del grupo brasileño Globo y la revista española Cambio 16, día tras día, durante seis meses, a las sesiones del llamado Juicio a las Juntas Militares. Es la trama de la película Argentina, 1985, cuyo estreno ha despertado el debate en Argentina: emociona a los jóvenes que desconocían la trascendencia del momento histórico e indigna a otros por olvidos incomprensibles como la referencia al relevante papel de la Conadep (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas). Para Morandini, a pesar de las omisiones, brinda «la oportunidad para restituir la verdad histórica».

«El juicio reconstruyó el rompecabezas macabro del terrorismo de Estado. Nos mostró lo que había sido oculto», relata Norma Morandini, a quien el encargo periodístico llevó a volver a Argentina desde el exilio. «Éramos felices y no lo sabíamos. Teníamos esperanza en la democracia». En Argentina comenzó la democracia con el juicio a las Juntas Militares, que puso en marcha el presidente Raúl Alfonsín, cuyo papel en la película, está minimizado. El proceso, que se celebró en la Cámara Nacional de Apelaciones de Buenos Aires, empezó el 22 de abril de 1985 y terminó el 14 de agosto. 

La sentencia se conoció el 9 de diciembre de ese año. En el banquillo se sentaron nueve militares, integrantes de las tres armas de las Juntas que dirigieron el país desde el golpe del 24 de marzo de 1976 hasta la Guerra de la Malvinas en 1982. La Causa 13/84 concernía a Jorge Rafael Videla, Orlando Ramón Agosti, Emilio Eduardo Massera, Roberto Eduardo Viola, Omar Graffigna, Armando Lambruschini, Leopoldo Fortunato Galtieri, Basilio Lami Dozo y Jorge Anaya. 

En la película Argentina, 1985, aspirante a los Oscar y dirigida por Santiago Mitre, Alfonsín aparece detrás de una puerta cuando se reúne con el fiscal Julio César Strassera, al que da vida en la película Ricardo Darín. El actor se vio con Morandini para preparar el papel. “Está bien retratado. Strassera era un hombre modesto y con él compartimos la evolución del proceso”. A Strassera le comentó la periodista si no podría sentar una base jurídica el hecho de que hubieran ocultado las pruebas y fuera difícil hallarlas. “Me miraba con benevolencia”. 

Tampoco se resalta la importancia de la Conadep, que fue quien realizó la investigación que permitió abrir la causa al fiscal Strassera. Cinco días después de asumir el poder el 10 de diciembre de 1983, Alfonsín creó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, presidida por el escritor Ernesto Sábato. Su objetivo fue investigar las violaciones a los derechos humanos durante el período del terrorismo de Estado en Argentina entre 1974 y 1982. 

Los miembros de la Conadep, de la que formaban parte otras 17 personalidades además de Sábato, entre ellos Magdalena Ruiz Guiñazú y Graciela Fernández Meijide, recorrieron Argentina buscando testimonios de supervivientes y sus familias, así como pruebas sobre los centros de detención. Sábato entregó el informe, que constaba de 50.000 páginas, el 20 de septiembre de 1984. El propio Sábato leyó el prólogo ante Alfonsín del que luego se llamaría Informe Nunca Más, título elegido por Marshal Meyer, también miembro de la Conadep. Ese ‘nunca más’ era el lema utilizado por los supervivientes del gueto de Varsovia en referencia a las atrocidades de los nazis.  

La Conadep buscó a los supervivientes y logró que vencieran sus miedos. Investigaron los centros de detención»

«La Conadep buscó a los supervivientes y logró que vencieran sus miedos. Investigaron los centros de detención, que algunos reconocieron con los ojos vendados. Así se consiguió que comparecieran 800 testigos. El punto de partida fue el trabajo de la Conadep”, señala. En la película apenas se ve a los ayudantes del fiscal Strassera recoger unos tomos en los que pone Conadep.

Una década más tarde, Morandini escribió De la culpa al perdón, una reflexión filosófica sobre el tema de fondo del juicio, porque como periodista se limitó a los hechos. «Explico en el libro que lo imperdonable es el crimen. El perdón no se debate públicamente. Otro tema es la reconciliación y qué hacen las sociedades con su pasado y cómo se restituye la convivencia». No encontró editor hasta diez años más tarde y fue difamada como si hubiera promovido el fin de los juicios, que se abrieron después del proceso a las Juntas Militares. «Es una mentira que nunca salí a contestar porque no acepto tribunales». 

Los periodistas que informaban sobre el juicio tenían prohibido usar grabadora y entre ellos reinaba la desconfianza porque temían que hubiera infiltrados. “Había cautela porque el poder militar no se había desmantelado”, recuerda. “El mérito de Alfonsín es haber decidido celebrar el juicio. El mérito del fiscal Strassera es no haberlo eludido. Y también tuvieron mérito los jueces”, señala. Sin embargo, fue un juicio que se hizo “a espaldas de una sociedad que celebraba el fin de la dictadura, que dejó en manos de la justicia la revisión del pasado”. 

“Estábamos limitados por no poder transcribir los testimonios con la ayuda de la grabadora, pero intentamos trasladar en nuestras palabras esos relatos estremecedores. Ninguno de nosotros logró la hondura de la única crónica de Borges titulada Lunes, 22 de julio de 1985, que fue difundida por la agencia Efe y también la publicó El País”, relata Morandini. 

Lunes, 22 de julio de 1985. Jorge Luis Borges

» (…) De las muchas cosas que oí esa tarde y que espero olvidar, referiré la que más me marcó, para librarme de ella. Ocurrió un 24 de diciembre. Llevaron a todos los presos a una sala donde no habían estado nunca. No sin algún asombro vieron una larga mesa tendida. Vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Después llegaron los manjares (repito las palabras del huésped). Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturados y no ignoraban que los torturarían al día siguiente. Apareció el Señor de ese Infierno y les deseó Feliz Navidad. No era una burla, no era una manifestación de sí mismo, no era un remordimiento. Era, como ya dije, una suerte de inocencia del mal.

Qué pensar de todo esto? Yo, personalmente, descreo del libre albedrío. Descreo de castigos y de premios. Descreo el infierno y del cielo. Almafuerte escribió: «Somos los anunciados, los previstos, / si hay un Dios, si hay un punto omnisapiente; / y antes de ser, ya son, en esa mente, / los Judas, los Pilatos y los Cristos».

Sin embargo, no juzgar y no condenar el crimen sería fomentar la impunidad y convertirse, de algún modo, en su cómplice (…)».

Morandini conserva los cuadernos de sus crónicas durante esos seis meses que marcaron su vida. Sus jefes no lo sabían al contratarla pero la periodista había sufrido la desaparición de dos de sus hermanos, Néstor y Cristina. “Preguntaba a los testigos por ellos pero ninguno reconoció haberlos visto”. 

“Siempre me conmovió la gesta de las madres del pañuelo blanco, que increparon al poder cuando la sociedad estaba en silencio, de esos sobrevivientes que vencieron el miedo y contaron los que les había pasado, y el papel de los jueces, del fiscal Strassera, el fiscal adjunto Ocampo y los ayudantes. Uno de ellos, Alfredo Pochat, siguió investigando casos de corrupción y fue asesinado”, rememora. 

A la periodista argentina le impresionaron testimonios como el de la pareja de japoneses que nunca había hablado entre ellos sobre la hija desaparecida, la mujer que tras narrar las atrocidades sufridas al pasar cerca de los periodistas exclamó: «Me olvidé contar que me violaron», o la exposición de Massera, quien dijo al tribunal que era responsable pero no se consideraba culpable. «Quería dejar claro que ellos eran culpable por haberlo permitido. Cada uno teníamos alguna responsabilidad por no haber impedido tantos muertos, por el silencio, por haber sido cobardes».  

El juicio es una oportunidad única porque aparece de forma descarnada el ser humano. No se puede prescindir de la justicia pero la verdad trasciende a la justicia»

“El juicio es una oportunidad única porque aparece de forma descarnada el ser humano. No se puede prescindir de la justicia pero la verdad trasciende a la justicia. La verdad de por qué una sociedad, un país consiente que un grupo se erija en dueño de la vida y de la muerte nos involucra a todos. El juicio abrió la caja de Pandora con todos los males que nuestro país había guardado pero escuchamos el susurro de la esperanza”, dice la periodista, que fue diputada (20055-2009) y senadora (2009-2015). «La democracia argentina empezó así de la forma más auspiciosa, condenando la impunidad política que nos atravesó 50 años atrás en nuestra historia. Se condenó a los jerarcas de la muerte», añade. 

Las penas fueron criticadas por leves por muchas organizaciones de derechos humanos. Cinco de los militares fueron condenados y cuatro resultaron absueltos. Para Videla y Massera la pena fue cadena perpetua con destitución. Viola, a 17 años de prisión; Lambruschini a ocho años de prisión; y Agosti a cuatro años y seis meses. Todos fueron destituidos. Graffigna, Galtieri, Lami Dozo y Anaya fueron absueltos.

Ninguno de los militares mostró arrepentimiento. El que más lejos llegó fue el general Lanusse, que en su declaración recordó una conversación con el dictador Reynaldo Bignone, a quien había dicho: “Qué ejército es este, mi general, en el que los oficiales salen encapuchados al frente de sus subordinados y sus mujeres toman el té en las vajillas de sus secuestrados”. 

Lo que tampoco recuerda la película es que el peronismo iba a amnistiar a los militares si ganaba las elecciones y Alfonsín quería condenar a las cúpulas, no a los que cumplieron las órdenes, pero los jueces abrieron la posibilidad de abrir hasta 3.000 procesos más. Los levantamientos de los carapintadas arrancan a Alfonsín las leyes de obediencia debida y punto final. Y fue el peronista Carlos Saúl Menem quien indulta a guerrilleros y militares en 1989. 

«Argentina fue más lejos que ningún otro país en América Latina al condenar a los jerarcas pero creo que postergamos el énfasis en una educación auténticamente democrática que haga efectivo el ‘nunca más’. Hoy la polarización que vivimos y la ideologización del pasado trágico hace que al ver la película me invada una enorme tristeza por lo que perdimos, la confianza en la democracia republicana, la democracia como cultura, como política. He perdido la esperanza que nos concitó el juicio», concluye Morandini. Esa alegría compartida por quienes escucharon al fiscal Strassera su alegato final, su ‘nunca más’, está amenazado por el discurso del odio y la política se ha apropiado de la memoria histórica, que es «un hecho plural».  


Los responsables de las Juntas en una imagen de ‘Argentina, 1985’.

Infierno y muerte de los colaboracionistas

Norma Morandini. CAMBIO 16, junio de 1985

Creían que iban hacia la libertad y terminaron fusilados en un descampado de Buenos Aires. Este fue el extraño destino de seis jóvenes montoneros que habían sido secuestrados y desaparecidos a pocos meses del golpe militar de 1976. De supuestos guerrilleros montoneros se tornaron en colaboracionistas y fueron asesinados por la Policía el mismo día en que les habían prometido un viaje a Uruguay y Brasil como premio a su colaboración.

¿Cinismo o delación? ¿Supervivencia o muerte? ¿Ingenuidad o buena fe? Todo se mezcla en este episodio que como una trama macabra reconstruyeron 15 testigos durante la segunda semana del juicio público a las Juntas Militares argentinas.

Esto revela otra de las aristas de la tragedia: la de los desesperados prisioneros, destruidos por la tortura, y que pasaron a colaborar con sus verdugos para evitar la muerte.

Alojados clandestinamente en la Brigada de Investigaciones de La Plata, a unos cincuenta kilómetros de Buenos Aires, el grupo integrado por tres jóvenes y cinco mujeres gozaba de los privilegios de los elegidos. Vivos en la muerte, ellos salían a la calle, visitaban a sus familiares, recibían a sus padres, esposas y hermanos a cualquier hora, y hasta llegaron a organizar pequeñas fiestas. Corría el vino, y el mate (la infusión del Río de La Plata) pasaba de mano en mano, de víctimas a verdugos.

Liliana Galarza, una joven que fue secuestrada al cuarto mes de su gravidez, alumbró a su hija Ximena en el mismo lugar de su cautiverio. Fue asistida en el parto por la doctora María Magdalena Mainer, igualmente presa junto a su hermano Pablo Joaquín. La Gorda Lucrecia, otra colaboracionista, llegó a torturar a sus ex compañeros, según relató al tribunal la superviviente Adriana Calvo de Laborde.

Ximena fue bautizada por el sacerdote Christian von Wernick, capellán de la Policía de la provincia de Buenos Aires, que actuaba como nexo entre los familiares y el grupo alojado en la Brigada de La Plata. Hasta el mismo coronel Camps, el entonces poderoso comisario de la Policía de la provincia de Buenos Aires, actualmente en la cárcel, se ofreció como padrino de la recién nacida.

«Todos querían a la nena, era como una mascota del grupo. Los guardias venían a acariciarla. Se veía que todos la querían», fue el candoroso relato de Martín Galarza, el padre de Liliana, que pasó a visitar a su hija tras recibir una llamada telefónica.

El proceder siempre fue el mismo. Secuestrados en los últimos meses de 1976, todos fueron brutalmente torturados hasta tornarlos montoneros arrepentidos que pasaron a establecer contacto con sus familiares en los primeros meses de 1977. Entre llamadas, cartas y visitas nació una extraña relación entre los doloridos y perplejos familiares del grupo en cautividad. Todos se encontraban periódicamente en las visitas colectivas de tiempo ilimitado.

Nadie preguntaba nada. Tal vez por evitar las respuestas que nadie quería oír, ellos poco indagaban por las razones de tanta libertad, en momentos en que miles de personas desaparecían sin dejar ningún rastro, o los cadáveres se apilaban ante los ojos aterrorizados de los argentinos.

«Yo no entendía nada, señor juez. Fui a la dirección que mi hija me envió en una carta para visitarla. Me encontré con un escudo y una bandera. Estaba en la Policía. Ahí vino mi hija corriendo, traía los zapatos rotos, las muñecas destrozadas y llorando me abrazó: ‘No podía hacer otra cosa, mamá’. Era Día de Reyes», recordó emocionada Nicolasa Zárate de Salomone, madre de una joven que integraba también el grupo.

Otro de los prisioneros, el joven Domingo Moncalvillo, que visitaba a su padre en los fines de semana, dejó embarazada, en una de esas visitas, a su esposa, que permanecía en libertad.

Ya en esa época, prisioneros y familiares se ilusionaban con la promesa del coronel Ramón Camps. Un viaje a Uruguay y luego a Brasil para comenzar una nueva vida. La fecha prevista fue el 30 de noviembre de 1977.

El capitán del Ejército Federico Asís, al que llamaban El Francés, actuaba como responsable del grupo, y organizó con los familiares los aspectos prácticos del viaje, documentación, ropa y dinero. Ellos transformaron sus ahorros en dólares y cruzeiros para los viajes. Los más precavidos hasta llevaron trajes de baño para ser usados en las tropicales playas brasileñas. En tanto, el capellán Christian von Wernick «asesoraba espiritualmente» al grupo. «Yo les aconsejaba que escucharan discos de Gardel cuando sintieran nostalgias del país», relató al tribunal el sacerdote. El negó que hubiese preparado la documentación para los jóvenes como aseguran la totalidad de sus familiares. Incluida la legalización del Ministerio de Relaciones Exteriores y del diploma médico de la Gorda Mainer.

«Me pareció extraño, cuando mi hermano, en una visita, me dijo que ya estaban listos los documentos para el viaje, pero que les faltaban las fotografías», reveló la periodista Mona Moncalvillo, hermana del preso Domingo, Moncalvillo.

Y en ese submundo de violencias y mentiras, en el que todos engañaban a todos, no tardaron en aparecer las verdaderas intenciones de los captores: Liliana Galarza fue la primera en desaparecer, después de entregar su hijita a su familia. Su padre, hoy viudo, conserva a la niña y su acta de nacimiento, en la que consta que Ximena nació en la calle 55, número 930, que es el domicilio de la Brigada de Investigaciones. Poco después desapareció del grupo Guillermo García Cano. Los seis restantes continuaron con los preparativos del viaje. «Nos hicieron una hermosa fiesta de despedida», escribió una de las jóvenes en su última carta a la familia. El 30 de noviembre, en lo que ellos creían el camino hacia la libertad, los seis fueron fusilados en las cercanías de la ciudad de La Plata. El suboficial de la Policía Julio Alberto Emed, que custodió al grupo, relató ante la Comisión Nacional de los Desaparecidos cuál fue el verdadero destino de los ex montoneros.

Divididos en dos grupos, en los que siempre estuvo el cura Von Wernick, golpearon a los jóvenes hasta hacerles perder el conocimiento. El médico de la Policía, doctor Berges, narcotizó a las mujeres. Dirigió la operación el comisario Echecolaz. Todos dispararon. Emed relató que el coronel Rospide disparó tan de cerca que el impacto de las balas salpicó de sangre al religioso Wernick. Ya de regreso a la Brigada de Investigaciones, todos recibieron elogios por la misión, y el sacerdote dio un sermón absolviendo a los criminales. «Porque habían matado por la patria, Dios les perdonaba».

El padre Von Wernick continuó pidiendo «paciencia y fe» a los ya desesperados familiares que nunca más tuvieron noticias de sus hijos después de aquel fatídico 30 de noviembre.

El oficial Amed reveló también que los seis cuerpos fueron quemados en una gran hoguera en Puesto Vasco, otro campo de detención y exterminio. Los cuerpos ardieron durante tres horas.

Un tabú aún dentro de este dolido país que comienza a juzgar su pasado de horrores, el colaboracionismo parece irrelevante ante el magnicidio. Sin embargo, formó parte de la estrategia militar. Mediante aniquiladoras sesiones de torturas, en las que sobraba el sadismo y la demencia, tentaban captar al preso quebrado, como se le llamaba en la jerga montonera, utilizada luego por los militares. El trabajo de colaboración variaba de un campo a otro y los elegidos eran siempre los altos dirigentes montoneros. Algunos salían a reconocer en la calle a ex compañeros. Silvia Labayru, detenida en la Escuela de Mecánica de la Armada, el más siniestro de los lugares de detención, donde convivían kafkianamente colaboracionistas y verdugos, relató a la Conadep que se hizo pasar por hermana del capitán Astiz ante el grupo de las Madres de la Plaza de Mayo, en el que el militar se había infiltrado para secuestrar y matar a la fundadora de ese grupo, Azucena Villaflor de Vicenti, y las dos monjas francesas, Leonie Duquet y Alice Domon. Las tres desaparecieron después de horribles torturas.

Otros colaboraban en los trabajos administrativos del centro de detención. Archivaban los diarios, especialmente los recortes que contra la Junta Militar publicaban los diarios extranjeros. Los mismos que los argentinos no podían leer por la censura. Y hubo varios que, más sanguinarios que sus mismos captores, llegaron a torturar a sus ex compañeros como forma de destruir las causas del encierro.

Sin embargo, muchos de esos ex compañeros colaboracionistas son hoy los principales testimonios en contra del accionar represivo de las tres Juntas Militares. Primero, por sus relatos ante la Conadep, y ahora, seguramente ante el juicio público, ellos permitieron reconstruir hasta en las aspectos más prosaicos ese espacio de dolor y muerte por el que pasaron miles de secuestrados, a los que precisamente se los había hecho desaparecer para evitar las pruebas condenatorias.