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"Los rusos nos humillaron y nos torturaron psicológicamente sin piedad en Jersón"

Anjela Slobodian pasó 30 días encarcelada, en pésimas condiciones sin saber de su pareja, por su trabajo como periodista

Anjiela, a la derecha, y los escenarios de su cautiverio

Anjela, a la derecha, y los escenarios de su cautiverio. Suspilne / Jerson Online

Han pasado dos semanas desde la liberación de Jersón. Esta ciudad era la única capital regional que Rusia logró ocupar desde el comienzo de su invasión a gran escala hace ya nueve meses. Rusia también se anexionó toda la región después de organizar un referéndum ilegal en septiembre. El 11 de noviembre, el ejército ucraniano entró en la ciudad mientras los rusos huían.

Antes de partir, los rusos destruyeron toda la infraestructura crítica. La ciudad que tenía casi 300.000 habitantes antes de la invasión ahora está completamente sin electricidad, agua y calefacción. Las autoridades ucranianas están trabajando para restaurar todos estos servicios, pero esto es un reto difícil ya que la ciudad, y el resto de Ucrania, están bajo el bombardeo constante de los misiles rusos. Se calcula que en Jersón quedan unos 75.000 ciudadanos.

Cuando las fuerzas ucranianas liberaron Jersón, también descubrieron fosas comunes con cientos de cuerpos de los civiles asesinados. También hay cámaras de tortura. Los lugareños hablan de persecuciones, amenazas, violencia y saqueos por parte de las fuerzas rusas.

Anjela Slobodian era periodista de Jersón. Estaba en su casa cuando comenzó la invasión rusa y cuando los rusos ocuparon su ciudad natal. Durante la ocupación, los invasores rusos la encarcelaron durante un mes por su desempeño como profesional. Anjela comparte su testimonio sobre esas 30 largas jornadas en el pasado mes de septiembre.

La sala número 6

Los soldados rusos llegaron a su domicilio y le pusieron una bolsa negra en la cabeza. También se llevaron a su pareja. «Éramos cinco mujeres en una celda para tres personas», recuerda Anjela, “Llamábamos a nuestra celda la sala número 6″. 

Esta es una referencia a un cuento de Anton Chejov, donde al autor describe una institución mental. Para Anjela, su encarcelamiento era como estar en un pabellón psiquiátrico. Pasó un mes en el centro de detención temporal de la ciudad que los rusos convirtieron en una gran cámara de tortura.

«Los rusos no nos golpearon», continúa. «Tenían otros castigos para nosotras. Nos estaban humillando, torturándonos mentalmente, sin ninguna piedad».

Por ejemplo, Anjela y sus compañeras de celda escuchaban regularmente a otros presos, varones, siendo torturados en la celda contigua a la suya. Muchos hombres eran antiguos soldados o voluntarios. Otros eran ciudadanos comunes y corrientes que se atrevieron a protestar contra la ocupación rusa e incluso había gente que había acabado allí por simple mala suerte.

Recuerda haber escuchado cómo asesinaron a un hombre. Los rusos lo interrogaron y lo golpearon demasiado fuerte, por lo que murió. Entonces, los soldados discutían sobre cómo deshacerse del cuerpo. También escuchó cómo violaban a una persona en una celda contigua.

Sabíamos cuándo torturaban a nuestros chicos con corriente eléctrica, cuándo los golpeaban y cuándo los obligaban a hablar»

«Sabíamos cuándo torturaban a nuestros chicos con corriente eléctrica, cuándo los golpeaban y cuándo los obligaban a hablar», dice Anjela. «Los rusos no saben nada sobre el dolor. Extienden su toxicidad a todos los seres vivos. Son criaturas miserables». Para Anjela, fue «una experiencia terrible». Cada día los recluidos en la sala número 6 comenzaban con el mismo pensamiento: hay que sobrevivir. «Pero no todos sobrevivieron», evoca Anjela.

La compañera de celda de Anjela, una mujer de 66 años, sufrió un ataque cardiaco mientras estaba en prisión. La señora murió en la celda. Había sido capturada porque su hijo era un voluntario local.

«Mi otra compañera de celda fue encarcelada porque su esposo estaba arrestado. Y la liberaron cuando ya no la necesitaban. Se la llevaron para interrogarla y luego le dijeron: ‘Tu esposo está muerto, así que ya puedes irte’. Esa es una vida perdida más», relata con pesar.

«Otra compañera de celda era maestra. Estuvo presa por algo relacionado con su hermano. Pasó 33 días cautiva, sin ningún tipo de aclaración sobre cuál era la razón para no poder salir de ese infierno», añade la ex periodista.

El alcalde cautivo

Anjela obtuvo su libertad después de treinta días de cautiverio. «Al día siguiente de mi liberación, ya estaba de vuelta a la prisión. Pero esta vez, del otro lado. Estaba esperando junto a las puertas para llevar algo de comida a mi antigua compañera de celda. Ella estuvo allí durante cuatro meses a causa de algunas acusaciones falsas», señala.

Todas las mujeres fueron liberadas antes de que llegaran las tropas ucranianas el pasado 11 de noviembre, por lo que pudieron celebrar la retirada rusa. Sin embargo, Anjela aún no tiene ánimo de festejos.

Sé que los rusos se llevaron a 36 personas cuando se retiraron. Había tres mujeres cuyos nombres conozco y espero que las encuentren»

«Sé que los rusos se llevaron a 36 personas cuando se retiraron», dice. «Había tres mujeres cuyos nombres conozco, y espero que las encuentren. Comparto esta información con las autoridades ucranianas. Cuando los rusos te liberan del cautiverio, te quitan los documentos, el dinero y los teléfonos». Uno de los cautivos es el alcalde de Jersón, Ihor Kolyjayev. No abandonó la ciudad cuando estaba ocupada y no aceptó la autoridad rusa a finales de junio. Ha estado en cautiverio desde entonces. A pesar de los numerosos llamamientos de la comunidad local e internacional para que lo liberaran, los rusos se han negado.

Kolyjayev tiene serios problemas de salud. Cuando los rusos se retiraron, se lo llevaron con ellos. Actualmente, se encuentra en Chaplynka, en la región de Jersón, que es la parte de los territorios que aún controlan los rusos.

Jersón está siendo bombardeado constantemente desde el área cercana ocupada. Se avecina una crisis humanitaria en la ciudad, ya que no hay calefacción mientras las temperaturas están bajo cero. Sin embargo, los ciudadanos siguen resistiendo. Los supermercados, oficinas postales y trenes ucranianos están regresando a la ciudad; los que huyeron durante la invasión también están volviendo lentamente. La gente espera que puedan empezar pronto a reconstruir todo lo arrasado por los rusos. 

Esto también es cierto para Anjela. Ya no quiere recordar lo que vivió ni pensar en los gritos que atronaban sus oídos. «Espero olvidar todo lo que viví y celebrar nuestra victoria con mis antiguas compañeras de celda».

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