Los socialistas críticos con el enrocamiento político de Pedro Sánchez, atrincherado bajo la capa de sus militantes, que son para él como para Súperman es la capa, se enfrentan de pronto y al mismo tiempo a una tarea múltiple para la que no es seguro que se hayan preparado. La primera derivada de esa tarea es la de decidir -y de común acuerdo, que es lo difícil- si se quitan de enmedio y cuanto antes a Pedro Sánchez. Porque, naturalmente, saben que si fracasan en el intento, ya pueden darse por muertos para los restos de sus vidas políticas.

Hay una segunda derivada y es la de elegir el método, y aquí se abren varias posibilidades, algunas más cruentas que otras, algunas más improbables que otras.  Podrían intentar que la mitad de su ejecutiva presentara la dimisión, con lo cual el secretario general tendría que seguir la misma senda. Esa opción no parece factible porque los números no les salen a los críticos. Podrían también intentar lo mismo el próximo sábado en el Comité Federal, pero es dudoso que sumen la mitad más uno de los presentes dispuestos a dar ese golpe de mano de efectos devastadores para Pedro Sánchez, sí, pero también para el partido, que evidenciaría así públicamente su desgarro y su rotura por la mitad. Algo nada deseable para el país.

Abstenerserse daría al PSOE grandes posibilidades de sacar provecho de un Gobierno en minoría

Y hay otra derivada que, siendo la más fácil y la más lógica, se ha convertido, por obra y gracia del propio secretario general, en un anatema que amenaza a quien lo cometa con los fuegos del infierno eterno. Esa alternativa es la de defender que el PSOE debe abstenerse en la sesión de investidura y permitir así a Mariano Rajoy la formación del Gobierno. Hasta el día de hoy sólo uno de los barones socialistas ha osado defender semejante herejía, a pesar de que ello no involucraría al PSOE con el PP ni con sus políticas y daría al partido la libertad de defender sus políticas en todo momento, y con posibilidades grandes, además, de sacar mucho provecho de la debilidad de un Gobierno en minoría.

Bien, pues parece que el milagro empieza a abrirse paso entre las brumas del «dogma de Sánchez» y están apareciendo poco a poco las voces que defienden a cara descubierta algo tan razonable. Si los socialistas del grupo parlamentario y los convocados el sábado al Comité Federal fueran capaces de explicar a esa militancia que dicen tan arriscada -aunque eso habría que verlo- que dejar gobernar  a quien ha ganado las elecciones no es una traición a las esencias del partido ni tampoco a su ideología, habrían ganado una batalla planteada hasta el momento en términos de una simpleza ridícula. Y el país podría por fin empezar a atisbar que existe un horizonte.