Las posibilidades de que Mariano Rajoy salga investido gracias a la abstención del PSOE son tan escasas ahora como lo eran hace una semana. La salida forzada de Pedro Sánchez de la secretaría general no ha allanado lo suficiente el camino como para que militantes, dirigentes y diputados socialistas asuman ahora, como mal menor, un gobierno del PP, después de haber estado negando con rotundidad esa opción, como si se tratase de una una herejía, durante casi un año.

Aunque el presidente de la gestora, Javier Fernández, ha insistido en que lo peor en estos momentos para los socialistas es ir a elecciones, la posición irreductible del PSC (con Núria Parlón como abanderada), anunciando ya la ruptura de la disciplina de voto en el Grupo Socialista si se da luz verde a Rajoy, y la segura negativa a aceptar la nueva doctrina que propone la dirección provisional del partido por parte de los diputados alineados con Sánchez, complica sobremanera una operación que necesitaría un tiempo del que sus inspiradores carecen. Con este panorama, y tras el espectáculo ofrecido en el Comité Federal del pasado sábado, sería una temeridad por parte de la gestora forzar una posición en el Congreso que, a todas luces, no cuenta con el respaldo de una mayoría cualificada. El riesgo de fractura es evidente y una temeridad que ni Fernández, ni Susana Díaz se pueden permitir.

Por otro lado, el cambio de postura de la dirección socialista, del «no» a la abstención, daría la razón a Sánchez, que ha sostenido que el golpe de mano auspiciado por una parte de su ejecutiva no tenía otro fin que favorecer un gobierno de Rajoy. El ex secretario general habría sido el mártir de una maniobra para derechizar al partido.

Las tensiones internas en el PSOE y las buenas perspectivas del PP alejan la investidura de Rajoy

Como Ferraz ha demonizado hasta la náusea al PP, para muchos socialistas colaborar con sus votos en la perpetuación de Rajoy es tanto como traicionar sus esencias socialdemócratas. El viraje táctico que ahora se pretende desde la dirección del partido, aunque cuenta con valiosos aliados mediáticos y económicos, implica un peligro ruptura que podría llevar al PSOE a la desaparición.

Tampoco el PP se lo va a poner fácil al PSOE. Rajoy no se va a conformar con una abstención en la investidura si ese gesto no lleva aparejado el apoyo a los presupuestos y al techo de gasto, piezas clave de la política económica y eje de los compromisos adquiridos con Bruselas. Lo que va a plantear el presidente en funciones a Fernández es muy simple: o pacto de legislatura, o gobierno de coalición.  Si no, elecciones. En Génova se respira optimismo desde que Núñez Feijóo ganó por mayoría absoluta en Galicia. Si no se produce ese acuerdo de largo alcance que dé estabilidad al gobierno de Rajoy, la perspectiva de nuevas elecciones en diciembre es algo que no sólo se baraja como probable, sino que suena a música celestial en el cuartel general de los populares. Sus dirigentes cuentan con alcanzar un mínimo de 150 escaños, que, sumados a los que obtendría Ciudadanos, darían una cómoda mayoría absoluta al centro-derecha, construida, además, sobre los escombros de un PSOE que sería superado por Podemos.

Por tanto, a pesar de que mucha gente piensa que, tras la defenestración de Sánchez, ahora es más probable que antes evitar unas terceras elecciones, la realidad es justo la contraria. El miedo a una ruptura del PSOE y el aprovechamiento de la debilidad del mismo por parte del PP hacen que los comicios sean ahora más probables que antes del cisma socialista evidenciado en el Comité Federal.

Lo que vamos a ver a partir de ahora es cómo unos y otros tratan de echarse las culpas mutuamente de la convocatoria de unas elecciones que, en teoría, no quiere nadie. Esas maniobras de distracción se van a ir concretando en los próximos días y, de hecho, algunos dirigentes socialistas, como Emiliano García Page, ya han comenzado a poner la venda antes de la herida.

Parece evidente que los ciudadanos van a castigar al partido que consideren responsable de la tomadura de pelo que supone convocar tres elecciones generales en menos de un año. Nos adentramos en la campaña del disimulo.