Con la defenestración de Pedro Sánchez a manos de los suyos no ha acabado, ni muchísimo menos, el camino del sufrimiento del PP hacia la formación de gobierno. Y no porque Javier Fernández, el presidente de la gestora socialista, no esté dispuesto a hacer todos los esfuerzos que estén en su mano para intentar convencer a los suyos de que lo mejor para el partido es huir de unas terceras elecciones y de que abstenerse en una investidura de Mariano Rajoy es lo menos malo que les puede suceder. Por ese lado el presidente del Gobierno puede estar tranquilo: los dos hombres, Rajoy y Fernández se van a apoyar el uno en el otro y, hombro con hombro, van a intentar recorrer el último tramo del camino ayudándose recíprocamente para no caer. Porque saben que, si uno de los dos falla, arrastrará inexorablemente al otro al suelo.

Rajoy y Fernández van a caminar hombro con hombro porque saben que, si uno falla, arrastrará inexorablemente al otro al suelo

Pero el PP tiene abierto por otro lado un flanco que deja al descubierto la debilidad de la fortaleza que las sucesivas elecciones han levantado en torno a él. Y ese flanco es el judicial. Además del daño a su imagen y a su ejecutoria que le pueda hacer el juicio sobre las tarjetas black, lo que puede acabar hiriendo de muerte la última etapa de su accidentado recorrido hasta La Moncloa es lo que suceda en el juicio sobre el caso Gürtel. Y eso es porque Francisco Correa, el jefe de esa trama de corrupción que incluye entre los implicados a muchos dirigentes autonómicos y municipales del Partido Popular, parece haber llegado a un acuerdo con el fiscal por el que está dispuesto a declarase arrepentido de sus delitos y a confesar las interioridades del funcionamiento de la trama -lo cual incluye nombres y apellidos e información detallada de los manejos perpetrados- a cambio de una rebaja de su condena.

No sabemos hasta dónde está dispuesto Correa a llegar en su confesión interesada. Puede que no llegue muy lejos, pero eso es una incógnita a día de hoy. De hecho, en el PP no han dado muestras de nerviosismo ante la declaración de este hombre, que empieza el jueves. Pero en Génova pueden estar cometiendo un error. Es cierto que la corrupción asociada al PP ha pasado a un segundo plano para sus votantes ante la perspectiva de que ocupara la presidencia del Gobierno un Pedro Sánchez en alianza con Pablo Iglesias y con el apoyo de los independentistas catalanes. Ese temor y esa reacción defensiva explica que, a pesar de todo, la candidatura popular haya seguido siendo la más votada de manera creciente en las dos últimas elecciones generales.

Las confesiones de Correa podrían tener unos efectos devastadores en las filas socialistas con consecuencias sobre la investidura de Rajoy

Pero ahora Mariano Rajoy necesita la ayuda, en forma de abstención, de un Partido Socialista que se ha fracturado en dos entre otros motivos por el debate de si abstenerse supone o no apoyar al PP, al que el PSOE ha identificado, de un modo un tanto maniqueo, como la representación genuina y única de la corrupción en España. Y la declaración de Francisco Correa en plena operación pedagógica de «abstenerse no es apoyar» que han puesto en marcha los dirigentes territoriales del  PSOE, con Fernández a la cabeza, puede producir el efecto de un auténtico sabotaje al plan conjunto de las direcciones popular y socialista para sacar adelante un gobierno. Porque lo que cuente Correa, a partir del jueves ante el tribunal, puede equivaler a echar vinagre en las heridas, aún sangrantes, que sigue teniendo el Partido Socialista. Y podría echar por tierra los esfuerzos de los miembros de la gestora para pastorear a la grey socialista y conducirla por la senda de las decisiones constructivas por el bien del país.

Puede que los votantes del PP tengan ya amortizados los desmanes cometidos en el caso Gürtel, pero lo votantes socialistas no. Y mucho menos sus militantes. Y para qué decir los dirigentes próximos a Pedro Sánchez, entre los que se cuentan muchos de los miembros del grupo parlamentario del PSOE. Así que estemos atentos a las confesiones del jefe de esta enorme trama de corrupción porque, aparte de sus posibles efectos judiciales beneficiosos para el interesado, podría tener unos efectos políticos devastadores en la filas socialistas con consecuencias igualmente destructoras sobre la esperada sesión de investidura tras la que Mariano Rajoy podría, por fin, formar gobierno. No está dicho todo aún.