Francisco Correa es un tipo listo. Tiene el instinto de supervivencia del hombre hecho a sí mismo. En tiempos, fue un gran conseguidor («dinamizador», dice él) que, prácticamente, «vivía en Génova», la sede del PP.  Contrato por aquí, comisión por allá,… dinero a la cuenta en B. Con un punto de sorna, ha llegado a decirle a la fiscal Concepción Sabadell que el primer sorprendido por la cantidad que tenía a buen recaudo en Suiza fue él.

Correa se comporta como un arrepentido. Una persona dispuesta a contar toda la verdad, como un empresario que, en su ímpetu creador, cometió algunos pecadillos, que podían haber sido saldados «con un tirón de orejas y una multa».

Suena creíble todo lo que dice, cómo funcionaba en tándem con Luis Bárcenas, cómo repartía la pasta y regalaba viajes, coches y fiestas a sus compinches: además del gerente del PP (alias LB), Jesús Sepúlveda (alias JS), Jesús Merino (alias JM), Gerardo Galeote (alias GG). Pero al llegar a PAC empiezan los problemas. No sabe quién es. Eso sí, insiste en que no se trata de Paco Cascos, «no es Paco Cascos».

Su credibilidad empieza a perder enteros. La confesión alcanza a los Ministerios de Medio Ambiente y Fomento (Álvarez-Cascos). Afirma que las constructoras pagaron comisiones del 2% o el 3% por obras que adjudicaron esos ministerios. Sin embargo, Álvarez-Cascos no aparece por ningún lado. Pero sí menciona dos empresas (ACS y Dragados) que pertenecen a uno de sus mayores enemigos: Florentino Pérez. Como se ve, Correa no dio puntada sin hilo.

La llegada de Rajoy a la presidencia del PP en 2004, afirma, supuso su destierro a Valencia ¿Fue por la mala relación con el también gallego Pablo Crespo, su número dos? ¿Fue, tal vez, porque fichó para su entramado empresarial a Antonio Cámara, amigo de Aznar y enfrentado también a Rajoy?

Como lagunas de memoria resultan poco convincentes. Correa ha demostrado tener una gran capacidad para recordar algunos detalles. Si observamos con detenimiento, en sus dos días de declaración ha mantenido, por encima de los «subidones» y los agotamientos, una enorme coherencia. Ha ofrecido datos significativos sobre la implicación en la trama corrupta de personas que ya están en el banquillo. Y ha sido especialmente preciso con Bárcenas, con el que rompió relaciones a consecuencia del pelotazo de Arganda.

Sin embargo, al margen del  ex tesorero del PP, nadie más relevante en el partido, personas que por aquellos años de vino y rosas tenían mucho poder en Génova, ha aparecido con responsabilidades tanto en la concesión de negocios como en el reparto de beneficios.

Correa trata de conseguir, con su confesión a medias, una rebaja de pena, que la Fiscalía y el tribunal estimen su esfuerzo por decir la verdad. Veremos hasta dónde logra su objetivo. Sin embargo, queda una duda razonable sobre la veracidad de sus declaraciones: queda la sensación de que, hasta ahora, sólo ha tirado de la manta a medias.