El ex secretario general del PSOE anunció el sábado a mediodía, unas horas antes de la sesión de investidura, que renunciaba a su acta de parlamentario y que, a partir de ahora, se dedicará a visitar las agrupaciones para hablar con los militantes con el objetivo de reconstruir el partido.

A lomos de su Peugeot 407, cual Rocinante, Pedro Sánchez recorrerá España para desfacer el entuerto del 1 de octubre, ese golpe que le descabalgó de la secretaría general y que ha permitido a Rajoy volver a ser presidente gracias a la abstención de 68 diputados socialistas.

Sánchez cuenta con las simpatías que despierta todo perdedor. En su intervención del sábado se presentó como una víctima, pero, a la vez, como ese hombre capaz de sobreponerse para luchar hasta el final, como un Quijote de la política.

Enternece imaginarse al militante Sánchez por las carreteras secundarias en busca del calor de las bases

En frente se encuentra con el aparato, sí. Ese aparato poderoso que tiene en el PSOE andaluz su máximo generador de potencia. Tiene en su contra a Susana Díaz, que ha tejido en la sombra la maniobra que acabó en la toma de Ferraz en esa triste noche del 1 de octubre. La presidenta de Andalucía representa al stablishment socialista; su ideología siempre está supeditada a la conquista del poder. Aliados con ella, aunque de forma coyuntural, los popes del socialismo postfranquista: Felipe González, Alfredo Pérez Rubalcaba, etc. Y el peso de grandes grupos económicos y mediáticos, como César Alierta o el diario El País, con los que Sánchez nunca ha sabido o no ha podido conectar y a los que se refirió en la entrevista que le hizo Jordi Évole en Salvados.

Enternece imaginarse al militante Sánchez por las carreteras secundarias en busca del calor de las bases y enfrentado a la artillería pesada de un partido que, aunque debilitado, sigue siendo la segunda maquina política más potente de España.

Ahora bien, ¿qué pretende Sánchez? ¿Adónde nos lleva su insurrección? ¿Sería bueno para el PSOE que volviese a recuperar la secretaría general? ¿Sería bueno para España un Partido Socialista capitaneado por él?

Quizás acuciado por el miedo a la conspiración que se gestaba en el partido desde hacía meses, tras las elecciones del mes de junio, Sánchez comenzó a negociar con Podemos un gobierno alternativo. Gobierno que, para hacerse posible, necesitaba del apoyo de los partidos independentistas.

No lo consiguió, entre otras razones, porque para sellar ese pacto necesitaba del visto bueno de un Comité Federal que ya había dicho «no» a toda alianza con los partidos que quieren romper España.

Pero hay que dar por seguro que, si Sánchez se impone en las primarias, si tiene éxito su ofensiva del Peugeot y logra recuperar la secretaría general del PSOE, hará todo lo posible por derribar al Gobierno de Rajoy recuperando ese denominado gobierno alternativo de progreso. Lo ha dejado claro en Salvados: «El PSOE y Podemos están condenados a entenderse».

Si la sesión de investidura ha sido un trago amargo para Antonio Hernando y para todo el grupo socialista en el Congreso, lo que ocurrió el pasado sábado por la tarde fue la peor campaña imaginable para las aspiraciones de Sánchez. Ver a Pablo Iglesias zarandeando al PSOE, y después cómo el líder de Podemos palmeaba las espaldas de Rufián (ERC) y Matute (Bildu), tras sus vomitivas intervenciones, debería ser suficiente antídoto como para que el PSOE se abstuviera de plantear siquiera una mesa de negociación sobre el sexo de las musarañas con tales mentecatos.

Una victoria de Sánchez, con su giro a la izquierda, sería el principio del fin de este viejo gran partido

En una ocasión, casi al principio de su mandato, Sánchez me dijo que el verdadero enemigo del PSOE no era el PP, sino Podemos. En Salvados, se arrepintió de haber considerado como «populista» a Podemos. Quizás  con el tiempo haya decidido asumir la máxima de que si no puedes derrotar a tu enemigo, lo mejor es unirte a él. Le recomiendo que se aplique esta enseñanza de Maquiavelo: «El príncipe debe guardarse de entablar una alianza con alguien más poderoso que él para atacar a otros a no ser que se vea obligado a ello. La razón es que, en caso de victoria, te haces su prisionero».

El PSOE tiene por delante un futuro incierto. Una victoria de Sánchez, con el giro a la izquierda que propone, sería el principio del fin de este viejo gran partido. Tampoco el susanismo le garantiza un futuro más brillante. La solución no es fácil, pero pasa, necesariamente, por recobrar la unidad, abrir el partido a la sociedad y buscar un nuevo liderazgo que mire sin miedo hacia el futuro.