A lo largo de las elecciones la relación de Donald Trump con los medios de comunicación ha sido la de un virtuoso violinista con un Stradivarius. Como la dinámica se está manteniendo durante el proceso de formación de la futura Administración merece la pena examinar el asunto considerando el lugar que ocupan el propio presidente electo y sus asesores más allegados dentro del ecosistema político-ideológico del republicanismo y los particulares de cómo y cuándo se han venido pronunciando tanto los diferentes nombramientos como las distintas filtraciones sobre el asunto. En apariencia, el nombramiento más significativo hasta la fecha ha sido el de Stephen K. Bannon como asesor especial del presidente y estratega en jefe oficioso de su futuro gobierno.

La trayectoria de Bannon incluye la dirección de Breitbart.com, un sitio web comúnmente identificado con la Derecha Alternativa (Alt Right, en su acrónimo en inglés), que es como ahora se denomina al sector más virulentamente nacionalista y xenófobo de la derecha estadounidense instalada en la periferia más exterior del republicanismo.

Desde 1964 el republicanismo se divide en tres sectores distintos pero interconectados entre sí  y organizados a modo de círculos concéntricos

A riesgo de simplificar, desde 1964 el republicanismo se divide en tres sectores distintos pero interconectados entre sí  y organizados a modo de círculos concéntricos. En primer lugar, en el círculo interior se encuentra el aparato compuesto por los miembros del organigrama formal del partido incluyendo el Comité Nacional Republicano o la Conferencia de Gobernadores Republicanos y los cargos electos más relevantes, notablemente en el Congreso y en las gobernadurías estatales.  Es el sector más políticamente posibilista y profesionalizado que apela a la masa de votos  desideologizados pero afines al centroderecha.

Su poder reside en la experiencia sobre el funcionamiento de la vida política nacional y en el control sobre los recursos financieros y logísticos del partido. Aquí se localizan dos personajes claves del equipo de Donald Trump: el vicepresidente Mike Pence y Reince Priebus, que fue elevado a jefe de gabinete (chief of staff, en inglés), el puesto más importante dentro de la Casa Blanca, al mismo tiempo que Bannon recibía su nombramiento.

En segundo lugar, el segundo anillo del republicanismo incluye al Movimiento Conservador que surgió a mediados de los años 50 y está compuesto por una coalición de intelectuales y activistas fuertemente ideologizados que a fecha de hoy incluye a la derecha religiosa, el conservadurismo tradicional, neoconservadores y libertarios. Este sector ha creado una red de organizaciones independientes entre sí y del aparato republicano. La lista incluye el Partido Conservador del Estado de Nueva York y el Partido Libertario (ambos prestos a competir con los Republicanos), think-tanks como Cato Institute o la Heritage Foundation, e influyentes publicaciones como The Weekly Standard o National Review.

El poder de este sector procede de su propia base electoral independiente pero bastante más reducida que la de los posibilistas del centro; de su capacidad de proveer a los candidatos de fondos independientes de los del propio partido y de voluntarios que son valiosísimos en un sistema electoral que usa su mano de obra de forma intensiva; y de su capacidad de generar propuestas políticas y de gestión pública coherentes. Por ejemplo, el programa de la primera administración Reagan fue gestado  por los especialistas de la Heritage Foundation y la reacción al 11 de Septiembre llevó la impronta de los neoconservadores.

Ningún candidato republicano desde Nixon ha logrado pervivir en el poder sin la aquiescencia del Movimiento Conservador

En la práctica, ningún candidato republicano desde Richard Nixon ha logrado pervivir en el poder sin, al menos, la aquiescencia del grueso de este movimiento pero, dadas las peculiaridades del sistema electoral estadounidense, el Partido Republicano es el único vehículo viable para que el ideario conservador impacte sobre la política nacional y se traduzca en iniciativas de gestión pública. De ahí surge una entente hostil mediante la cual sujetos como Pence y Priebus – cuyo principal interés es seguir ganando elecciones – se avienen a cortejar a los conservadores.

Donald Trump y Stephen Bannon han surgido del tercer sector en disputa y que los propios conservadores han definido como «el ala enloquecida», «los pirados» o «la derecha fantasiosa». Se trata de grupúsculos intensamente radicalizados, electoralmente irrelevantes y políticamente embarazosos –siempre existe el riesgo de que espanten al votante republicano moderado– que cobran prominencia cuando el Grand Old Party se encuentra en la oposición. Los ejemplos más recientes incluyen eso que Hillary Clinton definió como «la vasta conspiración de derechas» que paralizó la Administración de su marido utilizando el escándalo Lewinsky, o el movimiento birther, que casi logra la misma hazaña con la Administración de Barack Obama cuestionando su lugar de nacimiento y religión.

En realidad, estos agentes políticos no son nada nuevo. La Alt Right, como buena parte del Tea Party no hace tanto, no es más que la versión 2.0 de viejos compañeros de viaje del republicanismo como el McCarthyismo en los años 50 o la John Birch Society, todavía en activo y famosa en los años 60 por haber definido a Dwight Eisenhower como un «agente consciente de la vasta conspiración comunista».

Trump y Bannon surgen de lo que los conservadores definen como ‘el ala enloquecida’ o ‘la derecha fantasiosa’

La diferencia es que, hasta ahora, el aparato del Partido Republicano y el Movimiento Conservador siempre habían conseguido mantener a estos grupúsculos bajo control y a considerable distancia de los centros neurálgicos de toma de decisión.  La derecha fantástica ha sido la banda punk manipulada y alimentada por los Republicanos para tareas de agitación y propaganda. En otras palabras, la Alt Right y el resto de la derecha radical son expresiones de la pulsión populista que ha coloreado de una u otra forma la vida política de Estados Unidos desde la Guerra Revolucionaria puestos al servicio del Partido Republicano y del Movimiento Conservador.

En la cultura política de Estados Unidos, la interacción entre los actores políticos del centro mayoritario y los extremos ideológicos que orbitan en la periferia exterior de los mismos es mucho más común que en la mayoría de naciones europeas. La captura –robo, según los propios afectados– de la nominación republicana por lo que National Review denomina los «extremistas pirados» de Trump  es buena muestra de hasta qué punto los aparatos de los partidos mayoritarios son vulnerables al asalto de fuerzas políticas descontroladas.

Bannon, como Trump y el resto de compañeros de viaje de la Alt Right y el movimiento Birther, es un monstruo alimentado por los medios afines al republicanismo (notablemente la cadena de televisión Fox News) que se ha escapado de la botella como ya ocurrió con el McCarthyismo y con la John Birch Society. Trump, que utilizó los servicios de Roy Cohn, el que fuera la mano derecha de McCarthy en los 50, conoce estas dinámicas tan bien como las propias de la prensa de masas.

Así las cosas, el nombramiento de Bannon ha desencadenado la predecible cascada de titulares uniformemente horrorizados y perfectamente alineados con lo que hemos venido presenciando desde que Trump inició su carrera electoral. En resumen: hasta ahora Republicanos y Conservadores siempre han mantenido a la derecha populista radical en su lugar, pero Bannon significa la entrada de la «derecha enloquecida», racista y conspiranoica, en los puestos decisorios del Estado. Desde luego la reacción está más que justificada por lo que tiene de simbólico. Pero el daño incalculable que Donald Trump ha infligido en ese apartado ya se consumó con su propia victoria electoral. Entretanto, y gracias al ruido mediático generado por Bannon, el nombramiento de Reince Priebus como director ejecutivo y el creciente papel que están jugando el vicepresidente Mike Pence están pasando mucho más desapercibidos.

El nombramiento de Bannon significa la entrada de la ‘derecha enloquecida’, racista y conspiranoica, en los puestos decisorios del Estado

Priebus y Pence son dos apparatchik republicanos que apoyaron la campaña de Trump colocándose sendas pinzas en la nariz y ahora ocupan puestos de poder claramente definidos. Priebus supervisará el día a día del ala oeste de la Casa Blanca y Pence ya está actuando con los republicanos del Congreso con formas reminiscentes a las del todopoderoso Dick Cheney. A mediados de semana la sucesión de eventos parecía indicar que el partido Republicano devoraba a Trump. A fin de cuentas la Administración necesita personal capaz de distinguir el extremo del bolígrafo legislativo del que sale la tinta y de leer acuerdos comerciales internacionales sin fruncir el entrecejo y morderse la punta de la lengua. John Bolton, un prominente conservador y candidato a Secretario de Estado, se permitió expresarlo ante las cámaras con una arrogancia rayana en la falta de respeto. «En política exterior», dijo, «la realidad se impone y la lealtad política no basta», por lo que Trump necesita buscar expertos más allá de su círculo de asesores de campaña. Como por ejemplo, se sobreentiende, él mismo.

Afortunadamente para Trump, los agitadores y propagandistas que necesitan activos para preservar su imagen de populista antisistema andaban mientras todo esto ocurría felicitándose por el nombramiento de Bannon en un puesto de responsabilidad indefinida y fuera del organigrama de mando de la Casa Blanca.  Además de a Bannon, Trump también ha seleccionado a Mike Pompeo para dirigir la CIA y al senador Jeff Sessions para el puesto de titular de interior (attorney general, en Inglés). Ambos están situados en el punto donde la periferia de la derecha radical intersecta con el aparato del Partido y/o el Movimiento Conservador y han llevado al Congreso la influencia conservadora provocada por el Tea Party, pero también cuentan con amplia experiencia de gestión pública y una sólida formación.

Uno puede objetar o no con sus ideas pero ni son nuevas ni particularmente radicales. Estos nuevos republicanos en el Congreso –que es de donde proceden todos los nombramientos de Trump excepto Bannon y el general Michael Flynn como asesor de Seguridad Nacional– están ahora contemplando iniciar la Presidencia antisistema y regeneradora de Trump mediante la re-introducción de los earmarks, o mecanismos de gasto especiales utilizados toda la vida para comprar voluntades políticas en el Congreso. Una idea revolucionaria. Iniciada originalmente en 1817. Imaginamos que anuncia la fuerza y dirección de los aires de cambio.

 

David Sarias es profesor de Pensamiento Político en el CEU