La pena es que Rita Barberá se pudra en una caja de madera de pino y no en la cárcel». Éste es uno de los cientos de tuits ofensivos que se han lanzado a la red tras la muerte de la ex alcaldesa de Valencia. Los hay mucho peores.

La nueva política, una parte de la nueva política, nos ha retrotraído a lo peor de la vieja política. Los escraches, las descalificaciones ad hominen, los insultos, el amedrentamiento a través de las redes sociales… se corresponden con una forma totalitaria de entender la política. Lo único nuevo es que ahora utilizan herramientas más sofisticadas, pero el fin es el mismo.

No hace todavía una semana que Pablo Iglesias justificó la ausencia de los diputados de Podemos en el tradicional besamanos a los Reyes, que se produce en el acto de apertura de cada legislatura, porque le daba «asco» hacer cola junto a Barberá. Hoy mismo, con la noticia de su muerte inundando todos los informativos, el senador y reciente ganador de las primarias de Podemos en Madrid, Ramón Espinar, se ha referido a ella como «esta tipa».

La posición de Podemos, ausentándose del minuto de silencio que se ha producido en el Congreso, responde a esa lógica. «Lamentamos la muerte de Barberá pero no podemos participar en un homenaje político a alguien cuya trayectoria está marcada por la corrupción», afirmó Iglesias en su cuenta de Twitter.

Barberá, conviene recordarlo, está acusada de blanqueo de 1.000 euros en el conocido caso del pitufeo, en el que presuntamente participó la mayoría de los concejales del PP del Ayuntamiento de Valencia y que, en total, supuso una cuantía de 50.000 euros.

Cuando se da rienda suelta a las bajas pasiones, se abre la puerta a las prácticas que llevaron al poder a los partidos totalitarios

Pero, para los populistas, Barberá era mucho más que una presunta corrupta. Era la imagen perfecta de la derecha rancia a la que convendría borrar del mapa. Ella significaba, para una parte de los militantes y votantes de Podemos, la financiación irregular del PP, la chabacanería, el caciquismo, la España cañí.

La convirtieron en un símbolo y abrieron la veda para volcar sobre ella todo el odio que algunos de sus seguidores llevan dentro. Los dirigentes dan los argumentos, las masas ponen la sal gorda, la violencia si es preciso.

Dice Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo: «La alianza temporal de la élite y el populacho se basó en ese genuino placer con el que la primera veía al segundo destruir la respetabilidad».

En este caso, son las propias élites las que destruyen todo tipo de códigos. Lo más relevante del llamado caso Zapata no es si sus comentarios fueron o no delito (y creo que no lo fueron), sino la transgresión que supone hacer bromas y chistes sobre el Holocausto o sobre un terrible atentado de ETA. Lo que se rompe con ello no es una norma, una ley, sino una convención moral.

Probablemente Barberá conocía las artimañas de su partido para financiarse de forma irregular, pero eso no justifica la cacería de la que ha sido objeto. Nadie merece la burla encarnizada que ella ha sufrido tras su muerte.

Los partidos deberían poner coto al encanallamiento de la política. La lucha contra la corrupción debe basarse en la aplicación de la ley y la exigencia de transparencia y no tiene nada que ver con campañas organizadas de linchamiento. Nadie puede tomarse la justicia por su mano.

Cuando se da rienda suelta a las bajas pasiones, se abre la puerta al peor de los sectarismos, a la justificación de los actos más deplorables. En fin, a las prácticas que llevaron a los partidos totalitarios al poder.