El presidente de la Comisión Europea, el socialcristiano Jean-Claude Juncker, está en Madrid, en visita casi de cortesía, para saludar al presidente del gobierno, su «amigo» Mariano Rajoy, tras el periodo de interinidad de casi un año. También se ha entrevistado con el rey Felipe VI. Antes, por la mañana, mantuvo una conversación con un grupo de periodistas.

Juncker es un europeísta convencido, lo que hoy es sinónimo de antiguo. Europa, la vieja Europa, la Europa de la concordia y el estado del bienestar se encuentra en franco declive. El Brexit, el auge de los partidos populistas de extrema derecha o de extrema izquierda, la xenofobia, el rechazo a los refugiados, el miedo a lo desconocido… Todo ello tiene un denominador común: euroescepticismo.  Este domingo, la magullada UE se enfrenta a dos nuevas sacudidas: el referéndum en Italia sobre la reforma constitucional, que puede provocar la caída de Matteo Renzi, y las elecciones en Austria, en las que podría ganar el candidato del nacional populista Partido Liberal Austriaco (FPÖ).

Juncker admite que existe un «gap» de credibilidad entre los ciudadanos y sus gobiernos. Pero, en su opinión, el problema no es tanto la existencia de grupos que cuestionen el sistema, como la respuesta que los partidos que lo han sustentado dan a ese desencanto: «Los grandes partidos han imitado a los populistas, y al final, los ciudadanos votan al original y no a la copia».

Europa no debe ser sólo la Europa del capital y de los bancos. Apelo al corazón social»

Aunque resulta evidente que la desafección tiene un sustrato económico, que entronca con el miedo de la clase media y trabajadora a perder los privilegios de un sólido estado de bienestar construido durante décadas, Juncker desliga el auge del populismo de los recortes. No le falta razón. Países que han mantenido casi intocable el gasto social pese a la crisis, como Francia, Alemania, Holanda o Austria han sufrido en los últimos tiempos el avance de los partidos más abiertamente antieuropeos.

«Lo que más me asusta -afirma- es que ahora parece que se puede decir todo. Hay un rechazo a lo que viene de afuera y ese sentimiento es absolutamente contrario a lo que significa Europa. Cuando yo era niño, en mi escuela, llegaban cada poco tiempo niños de otros países, italianos, españoles, que venían a un país extraño del que no conocían ni la lengua. Se tiraban meses llorando ¿Qué hacíamos nosotros? Les dábamos la mano, los llevábamos a nuestras casas, les invitábamos a merendar… Eso es Europa».

El luxemburgués apela al «corazón social» de Europa. Un corazón que ahora late muy despacio, necesitado de marcapasos

Aunque defiende la ortodoxia económica (Juncker está convencido de que España cumplirá el objetivo de déficit) cree que la UE debería tomar medidas para defender su economía frente a gigantes como China y EEUU, que utilizan elevadas barreras arancelarias, por ejemplo, en el acero, para proteger a sus industrias nacionales. El presidente de la CE es partidario de contestarles con la misma moneda. «Europa no debe ser sólo la Europa del capital y de los bancos», exclama.

No quiere inmiscuirse en cuestiones de política doméstica y no se manifiesta sobre las consecuencias que tendría para la UE la victoria del «no» en el referéndum italiano. Por supuesto a Juncker le gustaría que ganara el «sí». Este año los guardianes de las esencias europeas ya han tenido suficientes sorpresas desagradables.