No acierta Pedro Sánchez, no acierta. Ya sabemos que el que fue máximo dirigente del Partido Socialista durante dos años justos no puede adornar su escaso curriculum profesional con logros políticos que iluminen y enriquezcan su trayectoria. No vamos a enumerar aquí la larga lista de fracasos electorales que le han acompañado desde que asumió la secretaría general del PSOE pero sí nos queremos detener en sus últimas actuaciones tras las elecciones generales de junio de este año.

Su empecinamiento en negar al partido ganador una abstención que permitiera la formación de un Gobierno en España llevó al país a límites de vértigo próximos ya al paroxismo. Fue la sospecha fundada de que este temerario político estaba rondando el terreno inadmisible de cerrar un pacto con Podemos para ser investido presidente en una  sesión de investidura que contara con la abstención de los independentistas catalanes, a lo que se añadía un juicio  radicalmente crítico con la frívola y personalísima interpretación de sus sucesivos fracasos electorales, lo que movió a los entonces críticos de su partido a empujarle fuera de la secretaría general en el transcurso de un escandaloso, por homicida, Comité Federal.

Y tampoco puede decirse que los movimientos de Sánchez en ese convulso período de su vida política hayan sido precisamente un acierto. Durante ese tiempo se comportó como un ser obsesionado con alzarse con la presidencia  del Gobierno al precio que fuera, incluida la posibilidad de forzar a Rajoy a convocar unas terceras elecciones que hubieran destrozado definitivamente al PSOE. Pero él seguía adelante, con la pretensión de que las bases del partido, radicalizadas por los mensajes de resistencia insensata que él llevaba inoculándoles casi un año, se rebelaran contra sus representantes orgánicos y le llevaran en volandas a vencer  -Sánchez contra el aparato- a la estructura intermedia del partido y a los barones con responsabilidades de Gobierno en sus respectivas comunidades autónomas.

Y en eso sí ha tenido éxito. Levantar a las bases y enfrentarlas con sus secretarios regionales le ha salido bien. Pero ni siquiera en eso está sabiendo rentabilizar la labor de fractura interna a la que se dedicó con denuedo durante meses y meses. Y ahora sigue metiendo la pata, esta vez en su propio perjuicio. Porque, para empezar,  mientras en Madrid los diputados que le habían apoyado hasta el final libraban una batalla desgarradora dentro del grupo parlamentario y se mantenían en el compromiso asumido por Sánchez de votar «no» en la investidura de Rajoy, él estaba de viaje por Estados Unidos, ajeno a las penalidades que estaban padeciendo los suyos. La cosa no parecía ir con él y de eso se dolieron amargamente en su día sus compañeros de viaje que  se habían quedado aquí al cuidado de la «posición».

Pero no sólo eso.  Resulta que el intrépido Sánchez sigue haciendo la guerra por  su cuenta y trabaja por sí y para sí, en lo que parece ser un feo rasgo de su carácter. Porque los diputados que le apoyaron hasta el final y que han pagado su rebeldía con el apartamiento de sus cargos parlamentarios y con una multa de 600 euros vienen siendo olímpicamente ignorados por su líder, que ni siquiera les llama por teléfono para informarles de sus planes de regreso al partido en olor de multitud. Si continúa cometiendo errores de este calibre y va dejando en la cuneta a quienes le fueron útiles en su momento pero a los que por el momento ya no necesita se arriesga a que una ola de desencanto crezca y se extienda por el procedimiento del boca a boca hasta dejarle huérfano de los fervores que tanto busca.

No acierta Pedro Sánchez intentando fracturar a su partido más hondamente aún de lo que ya lo ha hecho en el último año. Y tampoco acierta quemando los rastrojos de la lealtad de quienes probablemente podrían volver a resultarle indispensables en un futuro cercano. Porque puede  que acabe siendo una impresión compartida la de que él mira solamente por sí y utiliza a quienes le rodean en su único y exclusivo beneficio.

A ese paso las sesiones de aclamación del líder injustamente expulsado del poder que Sánchez está intentando convocar por toda España, como un paseo entre el fervor de las multitudes de un Cid contemporáneo muerto, se pueden acabar convirtiendo en tristes convocatorias de desahuciados. Aunque esa posibilidad, que  perjudicaría mortalmente sus pretensiones innegablemente egocéntricas, es exactamente la que beneficiaría de modo igualmente innegable a los intereses de su partido. Váyase lo uno por lo otro.