La sucesión presidencial en Estados Unidos nos está ofreciendo el tipo de espectáculo sólo localizable en los documentales sobre insectos, en la política profesional y en los thrillers de psicópatas. Uno de esos dramas que se observan con fascinación porque, o se trata de ficción, o les pasa a formas de vida poco simpáticas. En nuestro caso, el Partido Republicano ejerce de Hannibal Lecter/mantis religiosa y Donald Trump de menú del día.

El escenario lo ofrecen  las darwinianas audiencias ante las comisiones del Senado para confirmar a los miembros del futuro gabinete presidencial. Los senate hearings, como se denominan en inglés, se iniciaron el pasado martes y venían acompañadas por una rueda de prensa convocada por Trump para el miércoles.

Es probable que tardemos años en descubrir los detalles de cómo y quién ha planificado la estrategia de los republicanos, pero todo apunta al equipo del vicepresidente Mike Pence, asistido por Reince Priebus. Sea como fuere, el resultado ha sido constatar explícitamente y brutalmente que la Administración ha sido fagocitada por los operadores altamente profesionalizados y del ala conservadora del Partido Republicano que, a todas luces, están operando independientemente del presidente Trump.

Merece la pena detenerse con detalle en algunas de las audiencias celebradas entre el martes y el jueves. El primer hearing fue protagonizado por Jeff Sessions, nominado para el cargo de attorney general (equivalente a ministro del Interior y fiscal general en España) y es especialmente relevante por la importancia del cargo, y porque marcó una senda por la que han ido transitando, a la manera de disciplinados polluelos detrás de mamá pato, el resto de nominados es sus respectivas audiencias.

«Me presento ante ustedes», empezó Sessions su perorata, «como un compañero con el que han trabajado durante 20 años». Los miembros republicanos de la comisión, por su parte, replicaron observando repetidamente las cualidades de Sessions como «compañero» y «uno de los nuestros» durante, recuerden, 20 años. Incluso los demócratas, en su papel de Savonarolas descoloridos, reconocieron que el servicio público del candidato se remonta nada menos que a los años 80 y la época clásica de la lucha por los derechos civiles.

Sessions dice que se propone servir al interés general, incluso si exige negarse a aplicar las promesas de Trump»

Desde luego que, según ellos, en el bando equivocado, pero dentro de la normalidad política. Por si quedara alguna duda acerca de las diferencias entre el experimentado Sessions y el neófito Trump, el senador procedió a observar que, en calidad de attorney general, se propone servir al interés general y que éste exige negarse a aplicar el grueso de las promesas electorales del presidente Trump en caso de que éste le ordenara implementarlas.

En términos más concretos y siempre con el exquisito desparpajo que otorgan un  ligero acento sureño y muchas tablas en la oratoria pública, Sessions nos explicó en vivo y en directo que prohibir la entrada de musulmanes qua musulmanes en el país es ilegal; que someter a las mezquitas a vigilancia especial universal no es aconsejable, y que emplear “métodos de interrogatorio mejorados”, que es como llaman a la tortura en los barrios finos de Washington DC, constituye un delito bajo la ley federal. Trump, cabe recordar, demostró repetidamente un notable entusiasmo por todas estas medidas y prometió implementarlas una vez alcanzar la Presidencia.

Lógicamente, no todos los nominados por Trump han surgido del aparato político republicano. Aun así, incluso entre la sangre presuntamente nueva traída a la política para «limpiar el  cenagal», que según  Trump es Washington (por una vez con razón, la ciudad se asienta sobre una marisma), se han apresurado a rechazar las promesas electorales de su líder con idéntica velocidad, claridad y contundencia.

El general (retirado) James Mattis, nominado a titular de Defensa, y el empresario Rex W. Tillerson (secretaría de Estado) constituyen excelentes ejemplos. Mattis es un general de infantería de marina con amplia experiencia en Afganistán, Irak y los pasillos del Pentágono que se las vio con un panel de senadores, encabezado nada menos que por John McCain, el ex candidato presidencial y héroe de guerra. McCain detesta a Trump y posee unos modales legendariamente ariscos y, sin embargo, defendió a Mattis con una untuosidad oleaginosa pero indudablemente sincera.

Y eso incluso antes de que el ex marine expresara opiniones diametralmente opuestas a las de Donald Trump cuando observó, otra vez, que en su departamento no se iba a tolerar el uso de la tortura; que los acuerdos de control nuclear firmados con Irán «deben respetarse»; que la Rusia de Vladimir Putin es una amenaza para los Estados Unidos y la Otan un pilar fundamental de la seguridad nacional norteamericana.

Incluso Rex Tillerson, al que se supone temperamental y profesionalmente próximo a Trump y personalmente vinculado a Rusia, se vio forzado a reconocer – leyendo un texto impreso despacito y casi sin aturullarse – que «Rusia hoy representa un peligro».

El ‘trumpismo’ fue útil para la campaña pero está siendo sustituido por el ‘republicanismo de toda la vida’

En conclusión, el trumpismo, entendido como una narrativa política ideológicamente contradictoria pero coherente en la oposición al statu quo, fue útil para  alimentar la campaña presidencial de Trump pero, llegados al punto en el que la política intersecta con la gestión pública, ha sido definitivamente enterrado y está siendo sustituido por lo que uno puede denominar como republicanismo de toda la vida.

En otras palabras, el vacío ideológico y programático que esconde Trump se ha llenado con las asunciones propias del Partido Republicano. En la frontera con México, por ejemplo, oímos que el famoso muro (Wall, en inglés) ya es una ‘verja’ (fence), excepto allí donde ya está instalada y allí donde no lo está porque no hace falta.

Con respecto a Obamacare sabemos que Trump ha prometido «derogar y sustituir» la reforma, pero a fecha de hoy solo se están debatiendo las propuestas que los republicanos llevan años tratando de promover. Uno puede coincidir o no con las premisas del Republicanismo más próximo al Tea Party y al movimiento conservador, pero éstas guardan una relación puramente tangencial  con las posturas de Donald Trump.

Desde luego, certificar la defunción del trumpismo como narrativa política no significa el comportamiento personal de El Donald – llamémoslo trumpismo estilístico – vaya a modificarse. En la rueda de prensa celebrada el miércoles, por ejemplo, Trump insultó a la CNN, a Buzzfeed, llamándolos, respectivamente, «mentirosos», «basura» y poco menos que «nazis». No obstante, si los problemas de El Donald con los depredadores del Partido Republicano no fueran suficiente, también parece que las cosas están cambiando en el otro extremo de su cadena alimenticia.

Durante los últimos años Trump ha sido capaz de manipular a los medios hasta el punto de haber conducido la primera campaña presidencial low cost de la historia reciente. Por lo visto el miércoles, no obstante, la prensa y en particular los medios escritos, parecen haber empezado a desarrollar los anticuerpos necesarios para neutralizar el parásito del trumpismo.

Según el patrón establecido, los exabruptos deberían haber bastado para minimizar el impacto en los medios del desaguisado en el Senado –obsérvese, por ejemplo, el anonadante debate, también esta semana, entre Donald Trump, crítico cinematográfico y la Escuela de Ciencia Política Aplicada de Hollywood, encabezada por Meryl Streep y Ricky Gervais. La estrategia tuvo cierto éxito en las televisiones y en los medios electrónicos gracias, como siempre, a la extraordinaria habilidad audiovisual de Trump, unida a la pulsión sensacionalista inevitable en ambas vehículos de comunicación.

Los medios escritos, no obstante, se concentraron en el aspecto sustantivo de los senate hearings relegando los insultos varios a un segundo plano. Se dan aquí dos procesos paralelos. Por un lado, una parte de la prensa escrita parece empezar a descontar el histrionismo de El Donald y en segundo lugar, aquí también, a diferencia del contexto electoral ahora la política –el estilo– que Trump sabe manejar, coexiste con la sustancia de la gestión pública que Trump ni conoce ni, crece la sospecha, tiene el menor interés en conocer.

Algo similar ha venido ocurriendo en ámbitos tan diversos como los despachos de grandes multinacionales y entre los inmigrantes ilegales al sur del Río Grande. General Motors y la Ford han despachado los tuits demagógicos de Trump con retornos al mercado laboral estadounidenses puramente cosméticos (el presidente electo ha salvado alrededor de 2.000 puestos de trabajo en un mercado de 160 millones de trabajadores); en México los inmigrantes observan que tras años de sortear el reforzamiento de las barreras fronterizas, los novedades de Trump serán el menor de sus problemas.

Hay ocasiones en la que ocurre lo que tiene que ocurrir porque además es inevitable. Tras la evaporación del trumpismo queda Trump y su novísimo entretenimiento  presidencial; y quedan los republicanos y su Gran y (después de todo) Viejo Partido.


David Sarias es profesor de Pensamiento Político y Movimientos Sociales en la Universidad San Pablo CEU.