Este hombre no tiene disculpa posible. A sus muchos desmanes, perpetrados cuando ya había salido del gobierno pero mientras era director gerente del Fondo Monetario Internacional, es decir, mientras cobraba el cuarto salario más alto del mundo de organismos internacionales, 400.000 euros libres de impuestos, se une ahora el descubrimiento de que su codicia le envenenaba también cuando era vicepresidente segundo del Gobierno y ministro de Economía y Hacienda de José María Aznar. Era, siempre fue, un hombre rico porque lo era su padre. No pertenece a ese grupo al que se refería Alfonso Guerra cuando, en su discurso de dimisión como vicepresidente del Gobierno de Felipe González, vino a decir que entre los pobres se consideraba un idiota al que no se enriqueciera pudiendo hacerlo. «Honrado pero tonto», repitió Guerra varias veces en aquel discurso memorable.

El argumento resultaba inadmisible pero quizá se pueda reclamar un ápice de tolerancia a quien, habiendo vivido en la escasez y no teniendo la formación ética imprescindible para distinguir lo bueno de lo malo o a quien, habiéndolo distinguido, opta por salir de la pobreza rompiendo los códigos y las leyes. Es decir, robando. Pero es que a nuestro hombre no se le podría nunca enmarcar en el grupo de los necesitados y deslumbrados por el fulgor de la riqueza. No, Rodrigo Rato, educado en los mejores colegios y en las mejores universidades americanas, ha demostrado ser un sujeto sin rastro de código ético ni de conciencia de lo que significó en su día aquel gobierno que se empeñó en sacar a España de la formidable crisis económica en que la había dejado el último gobierno socialista, y lo consiguió, tuviera una hoja de servicios impecable y sideralmente alejada de la corrupción que ellos mismos, los hombres de Aznar, habían echado a la cara de Felipe González como una de las manchas, no la única, que le desacreditaban para seguir dirigiendo España.

Y ahora nos enteramos que, mientras Aznar clamaba en el Congreso su famoso grito «Váyase, señor González», tenía a su vera  a un hombre  firmemente dispuesto a sacar ganancias económicas personales de su puesto al frente del ministerio al que ya sabía que iba a acceder. Y, dicho y hecho,  «a los pocos meses de acceder a la vicepresidencia», dice el informe que la Oficina de la Investigación del Fraude ha enviado al juez, constituyó una empresa de comunicación, pero ocultando al conocimiento público que él era uno de sus principales accionistas. Eso tiene una explicación y es la de que el flamante vicepresidente del Gobierno, hijo de familia acomodada aunque con oscuros movimientos empresariales, se disponía a sacar provecho de la política de privatizaciones que el equipo de Aznar puso en marcha en cuanto accedió al poder. Da vergüenza sólo contarlo. La intención de aquel gobierno era la de sanear las cuentas del Reino de España de manera que nuestro país estuviera en condiciones de pasar el examen que permitiría incorporar a nuestro país a la moneda única, el euro, desde el primer momento. España lo consiguió, lo cual fue considerado una auténtica hazaña.

Lo perpetrado por Rato supone un daño inmenso a la reputación de la clase política española y un baldón al prestigio de los dos gobiernos de los que formó parte

Lo que nadie, absolutamente nadie podía sospechar es lo que ahora sabemos, a saber, que el número dos de aquel Gobierno tenía abierto su saco al pie de las privatizaciones porque las más importantes empresas del país, que fueron privatizadas, emprendieron campañas millonarias de publicidad para acompañar sus respectivas salidas a Bolsa. Fueron, insisto, las más importantes empresas del país las que tenían que conseguir colocar sus acciones con éxito en lo que se bautizó entonces con el nombre de «capitalismo popular». Y allí estaba Rato, el «golfo apandador», entonces revestido de la túnica de padre de la patria, engañando a los españoles, estafándoles en su ingenua confianza y riéndose en sus caras por haber creído que con la llegada del nuevo gobierno se pondría coto a los casos de corrupción que habían enfangado la trayectoria del anterior equipo comandado por Felipe González. Lo perpetrado por Rato supone un daño inmenso a la reputación, ya muy dañada, de la clase política española, y un golpe del que ya no se podrá recuperar; un baldón al prestigio de los dos gobiernos de lo que formó parte. ¡Y pensar que pudo haber sido designado por Aznar como su sucesor, con lo cual podría haber sido nuestro presidente! La sola idea añade un plus de inmensa indignación al profundo rechazo que suscita su comportamiento.

Por todo esto, por el hecho de que este hombre no tuvo nunca necesidad, como los pobres defendidos por Alfonso Guerra, de robar ni de engañar ni de hacer trampas a los españoles, porque ya era rico cuando llegó al poder, es por lo que este último episodio de su enfangada vida es, además de un escándalo, un insulto a la cara de todos nosotros. Si hay una carga que añada gravedad y repugnancia a la acción de tanto sinvergüenza como ha asolado España durante los últimos años, la de Rodrigo Rato es especialmente deplorable y ofensiva. No solo debe ser juzgado y condenado por sus atracos. Debe también ser objeto del desprecio de todos los que se crucen con él en la calle. Porque se ha burlado de todos nosotros. Y porque a su estafa económica a la Hacienda Pública que él comandó, ha añadido una gigantesca estafa moral que no tiene posible compostura.