Íñigo Errejón se propone seguir peleando en una batalla que desde el pasado domingo tiene ya más que perdida. Pero aún se resiste a abandonar por su propio pie la segunda posición en el partido que ocupó hasta este fin de semana y pretende forzar a Pablo Iglesias a asumir definitivamente y de cara al público el papel de verdugo que todos esperan que cumpla.

Pero Iglesias no es tonto y, además, le asiste toda la razón. Es decir, que la pretensión formulada por Errejón de seguir ocupando la portavocía del grupo parlamentario de Podemos desde la que defendería las tesis pablistas que ha combatido hasta hace dos días no se sostiene ni se entiende si no es interpretando sus palabras como un intento decidido de poner a Iglesias ante la tesitura de expulsarle de ese cargo a cara descubierta. No en vano, el antiguo número dos del partido insiste de una manera llamativa en personalizar en el secretario general la responsabilidad de ese cese. «Si Pablo quiere que yo… bla, bla» «Si Pablo considera que yo…bla, bla». Ahora bien,»si Pablo no desea que yo…bla,bla». En definitiva, que su destino político está en manos de Pablo y en ningunas otras. Pablo, sin embargo, no deja de adjudicar al Consejo Ciudadano, que se celebrará el próximo fin de semana, el peso de una decisión que todos sabemos que tomará él y solo él aunque contará con el entusiástico aplauso de sus fieles.

No tiene sentido que el perdedor de este combate pretenda seguir ejerciendo el mismo papel que si el congreso de Podemos no se hubiera celebrado

Pero no tiene sentido que el perdedor de este combate pretenda seguir ejerciendo el mismo papel que si el congreso de Podemos no se hubiera celebrado y él no hubiera salido ampliamente derrotado al final del largo combate mantenido durante meses. Y el argumento esgrimido por él sobre la épica de corte cuasi falangista del mandar obedeciendo no se lo salta un torero. Él lo sabe mejor que nadie y a lo que está jugando es a exhibirse como víctima propiciatoria de un líder implacable.

Pero Pablo Iglesias está en todo su derecho a configurar un equipo con los suyos, que para eso ha ganado. Y no tiene por qué constituir una ejecutiva -Consejo de Coordinación-  respetando la proporción 40%-60% de representación de las dos corrientes que midieron sus fuerzas en Vistalegre II, sino que tendrá que conformar un equipo coordinado y coherente, “una orquesta que suene acompasada», dice Iglesias, cosa que en los últimos tiempos no sucedía en modo alguno. Y en esa orquesta ya no tiene sitio Íñigo Errejón porque lo importante en la conformación de los equipos no es únicamente «las capacidades para el puesto», como parece sostener ahora el derrotado. También son imprescindibles las coincidencias de planteamientos y las lealtades que nacen de ellas.

Otra cosa es que el líder del partido morado calcule el precio que va a tener que pagar si aparta brusca y radicalmente a su antiguo responsable de la Secretaría Política y de la primera fila de la dirección del partido y, echadas las cuentas, opte por reservarle un puesto visible pero ligeramente vacío de competencias relevantes. Sólo así podrá desactivar con el paso del tiempo el propósito formulado públicamente por Errejón de seguir en la brecha porque «no es el momento de pasos atrás, sino de pasos adelante». Falta de claridad no se le podrá reprochar al niño. Pero también aquí tiene todas las de perder.