Artur Mas quiere ser el candidato del PDECat en las elecciones autonómicas que todo el mundo da por hecho se convocarán en Cataluña esta primavera. Carles Puigdemont, el presidente de la Generalitat, ya ha dicho que no quiere ser cabeza de lista. Cuando aceptó el encargo, tras la salida de Mas por imposición de la CUP, no sabía muy bien el avispero en el que se metía. La política catalana se ha convertido en una carreta tirada por caballos desbocados y parece que no hay nadie que lleve las riendas.

La corrupción llevó a la extinta CDC a echarle un pulso al Estado movilizando a la sociedad en favor de la independencia. La táctica dio resultado. Cientos de miles de ciudadanos acudieron a las concentraciones, manifestaciones y cadenas humanas con motivo del 11 de septiembre con ese objetivo. La hoja de ruta concluía con la que se preveía como una victoria aplastante de JxSí (coalición de Convergencia y ERC) en las elecciones que se convocaron el 27 de septiembre de 2015, en plena efervescencia nacionalista.

Pero no fue así, JxSí se quedó a seis escaños de la mayoría absoluta y tuvo que pactar con la CUP para gobernar. El plan saltó por los aires.

Los antisistema condicionaron el apoyo a JxSí a la salida de Mas (cosa que lograron) y al compromiso firme de la celebración de un referéndum de autodeterminación en el plazo de 18 meses.

El tiempo pasa y en el panorama político se han producido novedades que aportan su dosis de intriga a una situación ya de por sí plagada de dudas. Por un lado, los procesos contra la corrupción (tanto el sumario que afecta a la familia Pujol, como el de las comisiones del 3% y más recientemente el caso del Palau de la Música) han puesto de manifiesto que Convergencia, sus fundadores y sus máximos dirigentes, han vivido durante décadas al margen de la ley, han financiado el partido ilegalmente y, al mismo tiempo, se han enriquecido.

Aunque sea inhabilitado por el TSJC, cree que todavía puede recurrir al Supremo, lo que le permitiría ser el candidato del PDECat

Cuestión importante para analizar un segundo elemento: el deseo de ERC de romper amarras con Convergencia o su heredero político (PDECat). No sólo para evitar contaminar su imagen, sino porque los republicanos acarician con los dedos la posibilidad de ser el partido más votado y, por tanto, el hecho de que su líder, Oriol Junqueras, sea el nuevo presidente de la Generalitat.

Por último, se han producido los juicios por desobediencia contra Francsc Homs (en el Supremo) y de Artur Mas (en el TSJC) como impulsores de la consulta ilegal del 9-N.

Homs será inhabilitado y, por tanto, no podrá optar a liderar el PDECat. Mas cuenta con que su sentencia se produzca tras el veredicto del Supremo. Además, él tiene la posibilidad de recurrir al alto tribunal y, por tanto, puede optar a ser cabeza de lista de su partido aunque también sea inhabilitado por el TSJC.

Su campaña de apariciones públicas está siendo un fracaso. Urkullu le dio plantón en el acto del Kursaal, con Ibarretxe y Otegi

De ahí que Mas lleve unas semanas en plena exposición mediática. Entrevistas, charlas, conferencias, viajes al extranjero, etc. El problema es que Mas es un cadáver político y él aún no lo sabe. Otros sí. Por ejemplo, el lehendakari Urkullu, que le dejó sólo en su acto en el Kursaal en el que el ex presidente de la Generalitat intervino junto a Ibarretxe y Otegi. Ningún miembro del Gobierno vasco se dejó ver en el aquelarre. El marginado Egibar fue la única representación del PNV.

Mas quiere forzar el referéndum y aparecer ante la sociedad catalana como el mártir de la independencia. Es su baza para que el PDECat no termine siendo un partido marginal. Sin embargo, a Mas le ha faltado grandeza o la valentía para dar cierta credibilidad a ese papel. Los argumentos que manejó en el juicio por desobediencia trataron de demostrar que él nunca pretendió vulnerar la resolución del Constitucional con la convocatoria del 9-N. En lugar de presumir de aquel gesto de desafío al Estado, ha buscado un resquicio para evitar ser inhabilitado.

El ex mano derecha de Pujol juega a ser más independentista que Junqueras. Pero ante el TSJC demostró que no está dispuesto a ser una víctima del procés

¿Con qué argumentos va a pedir ahora a los funcionarios de cualquier rango de la Generalitat que desobedezcan la ley en la convocatoria del próximo referéndum? ¿Quién se va a atrever a perder su condición de empleado público tras comprobar la hipocresía del líder que se postula para encabezar el movimiento?

Mas fue el primero que utilizó la astucia como una herramienta política frente al Estado. Y ahora es el Estado el que, cumpliendo la ley, no debe caer en la trampa de la provocación. Y, para ello, hay que utilizar la astucia. Habrá momentos de tensión, pero, como dice un alto cargo del Gobierno: «Jamas les daremos la baza de poder fotografiar a un guardia civil retirando una urna».