Vestida con un sweater rosa con cuello de croché, como si nunca hubiera roto un plato del Embassy o tal vez para evocar otros tiempos (no sé si a antes o después del Tamayazo), comparecía Esperanza Aguirre ante la Audiencia Nacional por la primera parte del caso Gürtel (entre 1999-2005). Tan concurrida está esta trama de casos aislados que ha habido que dividirla en dos partes.

La ex lideresa ha insistido mucho, a diferencia de lo que suele estilar su gallardía, en todas las cosas que no ha hecho y que no recuerda. No sabía quién era Francisco Correa y no dio instrucciones al acusado Alberto López Viejo, ex consejero en su Gobierno. Quien, por cierto, pese a ser su viceconsejero de Presidencia, no era una persona de su confianza, “no lo era”, ha insistido.

Al ex presidente de la Comunidad de Madrid y ex persona por la que pondría la mano en el fuego, Ignacio González, que ha pasado la noche en el calabozo, sí que lo conoce porque lo nombró ella. Pero mantiene Aguirre sin rubor que la trama Gürtel la destapó ella, ahora bien, fue “sin saberlo”.

Hay cosas que en sede judicial es mejor hacer sin querer, no sea que se demuestre que una ha tenido conocimiento de algo delictivo y no lo ha ido a denunciar, como sería su obligación y la de cualquier ciudadano.

Al comparecer en calidad de testigo, Esperanza Aguirre está obligada a decir la verdad, no como en las ruedas de prensa o en los libros que escribe. Por eso, ha respirado varias veces hondo antes de decir que no sabe de algo. Con lo que a ella le gusta saber, ha tenido que declarar que desconocía cantidad de cosas que pasaron entre 2003 y 2012, cuando fue presidenta in vigilando de la Comunidad de Madrid.

Como si fuera una Infanta el día del Domund, ella sólo se encargaba de sonreír en las inauguraciones

Preguntada por sus responsabilidades políticas de las tramas de corrupción que más que salpicar ahogan la época en la que dirigió el PP madrileño, Aguirre ha preferido recordar todos los hospitales que levantó, las carreteras que construyó y las ancianitas a las que ayudó. Como si fuera una Infanta el día del Domund, ella sólo se encargaba de sonreír en las inauguraciones.

Pero de quién lo organizaba todo ha insistido en no tener ni idea. “Yo me ocupaba de los actos, no de la logística”, ha dicho. Y cuando sentía que tenía razón no podía evitar subir el volumen y venirse un poco arriba. Aunque luego, envainándose un poco el tono, ha reconocido: “Que se cobró en exceso, que es lo que interesa al tribunal, no digo yo que no”.

Y es que hacerse la Infanta es mucho más complicado de lo que parece. Sobre todo cuando alguien presume de haber escrito un libro titulado Yo no me callo. Para ir de mujer florero ante un Tribunal hace falta entrenarse mucho la falta de orgullo. Normal que a Esperanza Aguirre no le salga bien. A la esposa del condenado Excelentísimo Señor Iñaki Urdangarin le salía mucho mejor.

Ha sido a la salida de la Audiencia Nacional, acorralada por los micrófonos de los periodistas, cuando Esperanza Aguirre se ha desmoronado y se le ha quebrado la voz. Porque una cosa es hacerse la tonta ante el juez y otra ante los madrileños, que la han visto siempre vestida de chulapa. Eso sí que duele.