Han sido nueve largos meses los que el Partido Socialista se ha visto en una situación de provisionalidad. La Gestora que surgió después del fatídico Comité Federal del 1 de octubre, que puso fin abruptamente al mandato de un secretario general que había sido elegido por la militancia, no fue capaz de gestionar con la agilidad que hubiera sido necesaria la celebración del proceso de primarias.

Los acontecimientos se fueron encadenando de manera rápida. En una decisión incomprensible y sin precedentes, la Gestora obligó al Grupo Parlamentario Socialista a que sus 85 diputados tuvieran que abstenerse para permitir el gobierno de Mariano Rajoy. El pretexto para ello era facilitar la supuesta gobernabilidad del país y no llevar a cabo unas terceras elecciones. Pero la realidad era otra bien distinta.

Lo que se quería era obligar a Pedro Sánchez a renunciar a su escaño de diputado, pues todo el mundo sabía que por respeto a sus votantes, por convicción con sus principios y por respeto a la palabra dada nunca iba a consentir que Mariano Rajoy, con la abstención del Partido Socialista, fuera presidente del gobierno.

Es evidente que se hubieran podido evitar terceras elecciones si el Partido Popular hubiera querido conseguir la mayoría parlamentaria suficiente. Se vio cuando para la elección de la Mesa del Congreso consiguieron 179 escaños, o como ahora se van a aprobar ahora los presupuestos generales, sin olvidar los acuerdos a los que ha llegado con otros grupos parlamentarios incluido el PDCat para conseguir la convalidación del Real Decreto de la estiba.

El objetivo de la abstención era desalojar a Sánchez de la vida pública, pero no calcularon la reacción de la militancia

Pero el objetivo era muy claro: desalojar a Pedro Sánchez de la vida pública y permitir un gobierno del PP. Lo que no calcularon bien quienes diseñaron esta estrategia fue la reacción de la militancia socialista y de muchos que sin tener carnet del partido habían votado las posiciones y el programa del PSOE, que claramente abogaba por un «sí al cambio» y por tanto un No a Rajoy.

Surgieron por toda España plataformas de apoyo a Pedro Sánchez y de crítica contundente a esa abstención, y esas plataformas representaban a la militancia socialista que con fuerza, ilusión y ganas quería transformar España con un proyecto político socialdemócrata donde aquellos que más lo necesitaban, clases medias y trabajadoras, jóvenes, pensionistas, dependientes, parados o mujeres víctimas de las desigualdades entre tantos otros colectivos, vieran de verdad defendidos sus derechos y sus justas reivindicaciones.

Y para ello no había nada mejor que confiar en alguien como Pedro Sánchez. En un momento en que tantos políticos hacen de la política no un servicio público sino su modus vivendi, aferrándose desesperadamente al sillón, Pedro Sánchez representaba la valentía y la honestidad. Era capaz de irse al paro y defender sus convicciones por cumplir con la palabra dada. Quienes tantas veces en los partidos políticos hacen política olvidándose de la sociedad no percibieron que la ola que apoyaba a Pedro Sánchez era imparable.

Quienes hacen política olvidándose de la sociedad no percibieron que la ola de Sánchez era imparable

Era esa ola de la ilusión, de la esperanza, de las ganas de transformar la sociedad y lo era para aquellos que con carnet del partido o simplemente socialistas de corazón entendían que había que luchar por una sociedad más justa y sobre todo por defender el programa con el que nos habíamos presentado a las elecciones.

A veces cuando los políticos se aíslan en sus despachos no se dan cuenta de lo que ocurre en la calle. Creen que existe un mundo ideal y se olvidan de que hay gente que sigue sin llegar a fin de mes, casi cuatro millones de parados, dependientes desatendidos y mujeres víctimas de la violencia de género. Se creen que un determinado cargo orgánico les da derecho a ser los únicos intérpretes de la realidad social de un país. Y ese alejamiento de la realidad les llevó a no ver o a no querer ver la fuerza de la militancia socialista, una fuerza positiva, valiente y capaz de devolver la ilusión perdida en el PSOE desde hace muchos años, cuando ya en 2011 con un escenario bipartidista se perdieron cuatro millones de votos.

Se inicia una nueva etapa para Pedro Sánchez. Yo confío en que la palabra dada por todos los candidatos a las primarias de que estarían detrás del secretario general se cumpla y que se consiga un Partido Socialista unido y fuerte, que constituya una alternativa auténtica de gobierno al PP y donde las prioridades sean precisamente aquellas que afectan al interés general y no a las cuestiones internas del partido.

Su candidatura es un proyecto con un claro sentido de Estado, sin concesiones a la demagogia ni al populismo

La candidatura de Pedro Sánchez no es fruto de la improvisación. Va acompañada de un programa sólido y trabajado, con aportación de cientos de personas que conocen profundamente la realidad política, social y económica de este país. Ese programa quiere ser el punto de partida de un verdadero programa de gobierno. Y sobre todo es un proyecto socialdemócrata sin complejos y con un claro sentido de Estado, sin concesiones a la demagogia ni al populismo.

España necesita nuevamente un Gobierno de progreso, un Gobierno de izquierdas que devuelva la ilusión a la ciudadanía para poder seguir transformando la sociedad. Ese proyecto lo tiene que encarnar un Partido Socialista unido que mire hacia el futuro. Y en ese futuro, la figura de Pedro Sánchez representa el líder cercano a los problemas de los ciudadanos. El hombre honesto en sus convicciones, capaz de dejar su escaño por no apoyar una abstención rechazada por la inmensa mayoría de los votantes socialistas.

El PSOE no puede permitirse nuevamente consumirse en guerras internas. Tiene que aprender de la fuerza, el empuje y la ilusión de la militancia, haciendo piña con un secretario general elegido por tan amplia mayoría como lo ha sido Pedro Sánchez. Sólo así el PSOE podrá tener futuro.