Pedro Sánchez ya tiene la entrada del camino completamente despejada para empezar a conducir a su partido por la senda que él decida. Y esa es precisamente la incógnita: no a dónde quiere llegar, que eso está muy claro, sino por dónde quiere discurrir y sobre qué bases va a articular la acción política del PSOE. Porque Sánchez ha cambiado tantas veces de posición que ya nadie podría asegurar si la última es o no la definitiva.

Pero en su camino hacia La Moncloa tiene que superar innumerables obstáculos y el primero de ellos lo tiene dentro del PSOE. Es evidente que de aquí a la celebración del Congreso federal del 17 y 18 de junio no va a hacer ningún movimiento que apunte a una limpia interna porque necesita que todo el partido, incluidos los barones que han trabajado a favor de la candidatura de Susana Díaz y, por lo tanto, en contra de la suya propia, se sumen mansamente a la elaboración de listas acordadas para la elección de los delegados a ese Congreso. Pero una vez que ese tramo esté resuelto y él tenga asegurada la formación de una Ejecutiva a su medida, ya será el dueño y señor del partido y entonces empezará lo realmente trascendental: diseñar un modelo de partido y configurar un proyecto político nuevo, que no va a contar, seguro, con el acuerdo de muchos de los cargos orgánicos que en ese momento sobreviven en el PSOE. Y ese será el momento en el que la nueva directiva empezará a poner las bases para eliminar de sus puestos a aquellos que hoy los ocupan y que han formado parte del equipo del «plan antiguo».

Ahora bien, no debe olvidar que muchos de los barones a quienes querría ver fuera de la estructura orgánica del partido -sobre todo a una- ocupan sus respectivos gobiernos gracias a los votos de los ciudadanos, lo cual les otorga una legitimidad que él de momento no posee. Tendrá que ir con mucho tiento porque, aunque es verdad que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos, no se puede tampoco romper más huevos de los que necesita estrictamente la tortilla.

Pedro Sánchez se debe ahora de una manera plena a sus militantes que son quienes le han dado la victoria y le han aupado al grito de «no es no», el único argumento realmente utilizado por él durante toda la campaña de las primarias sumado al otro, más circunstancial pero igualmente decisivo, con el que se ha presentado como el líder derrocado por una conspiración palaciega. Las bases socialistas van a seguir ciegamente al héroe que ellos han conseguido traer de vuelta  del destierro pero Sánchez está ahí para que saque a Rajoy de La Moncloa. Cómo lo haga y sobre qué bases no es algo que haya importado mucho a la militancia y digo esto porque el líder socialista ha cambiado tantas veces de planteamientos como de camisa y quienes le han aupado a la secretaria general del PSOE no parecen haber tenido ningún problema en seguir respaldándole.

¿Va a respaldar las medidas que adopte Rajoy frente al choque inminente que se va a producir entre el Estado español y el independentismo catalán?

Pero que el camino que haya de recorrer para alcanzar su sueño de presidir el Gobierno de España no importe demasiado a sus bases con tal de sacar a Rajoy de La Moncloa no significa que tampoco les importe a sus potenciales votantes y mucho menos a los españoles en general. Por eso está obligado a dejar clara y nítida su idea de España. No es lo mismo decir esa bobada de somos una nación plurinacional pero de «naciones culturales», que es como no decir nada porque es una obviedad que tiene muchos siglos de existencia, que decir eso mismo pero en términos políticos. ¿Propone el nuevo PSOE de Pedro Sánchez lo que nunca habría propuesto el PSOE recién fallecido, esto es, que España se defina como una «nación de naciones»? Es decir, ¿va a proponer Pedro Sánchez y su equipo que se modifique el artículo 2 de la Constitución?

Si es así conviene que lo dejen claro cuanto antes y expliquen también con qué apoyos piensa contar para un cambio que requiere la aprobación de los dos tercios de las dos Cámaras, la disolución de las Cortes, la convocatoria de elecciones, la aprobación de nuevo por parte de los dos tercios de las nuevas Cámaras y a continuación la aprobación por todos los españoles en referéndum de esa modificación constitucional. Esto no es más que un ejemplo para demostrar que no basta con lanzar una idea que convenga al candidato para ganarse los votos de según qué sector de la militancia socialista porque después hay que enfrentarse a los efectos que esa ocurrencia pueda tener en la vida real de los españoles.

Es evidente que Sánchez aspira, como todo político en activo, a ganar las elecciones, y si es con mayoría absoluta, mejor, pero todos sabemos que se conformaría muy mucho con obtener el número suficiente de escaños que le permitiera pactar con otras fuerzas y alcanzar por esa vía el poder. ¿Cuáles son sus aliados potenciales y quiénes prefiere él? Porque no es lo mismo pactar con el Podemos que encarna Pablo Iglesias que inclinarse por una alianza con Ciudadanos. Es verdad que es demasiado pronto para reclamarle tanta concreción sobre un futuro que puede no estar tan cercano como a él le gustaría, pero ese asunto y muchos otros más serán elementos determinantes que decidirán su destino. Con el apoyo de la militancia se llega hasta la secretaría general pero ni un paso más allá. Después hay que contar con los votantes y esa es harina de muy otro costal.

Otra cuestión importante y de respuesta urgente: ¿va a respaldar el nuevo PSOE las medidas que adopte el presidente del Gobierno, su detestado Mariano Rajoy, frente al choque inevitable e inminente que se va a producir entre el Estado español y el independentismo catalán? Puede que esas sean cuestiones irrelevantes para la militancia que ha llevado a Pedro Sánchez a la secretaría general del partido con el encargo casi único de echar a Rajoy pero sin duda son importantes para quienes, con la papeleta en la mano, van a decir finalmente si él puede o no culminar su  sueño de entrar en el palacio de La Moncloa. Sus apelaciones a «un tiempo de enorme ilusión, de compromiso con la sociedad española y de esperanza en el futuro” sirven para hoy y para dos meses más. A partir de ahí no valdrán las palabras sino los hechos.