Jaled Meshal, máximo dirigente del movimiento Hamás, presentó hace un mes un documento por el que su organización acepta la creación de un Estado palestino con las “fronteras del 67”. Según precisó Meshal, dicha afirmación no significa en absoluto el reconocimiento por parte de Hamás del Estado de Israel ni la renuncia de lo que ese grupo considera los derechos históricos del pueblo palestino.

El sorprendente documento de Hamás llama la atención por varios factores. El primero es el extraño “vacío territorial” que se deduce de su texto. Al parecer, traspasados los perímetros de Gaza y Cisjordania, sólo existe un abismo sin nombre. Menos mal que ese supuesto “vacío” lo llena, sin ninguna discusión internacional, el actual Estado de Israel. Pero más importante que la ficción anterior de Hamás es su alusión a las “fronteras del 67”, una referencia que merecería, por un comité de expertos en la materia, una profunda reflexión psicoanalítica. Lo digo sin mala intención. Después de haber escuchado a la guerra y a la diplomacia todo lo que tenían que decir sobre el litigio, ojalá la psiquiatría sea el remedio capaz de curar la dolencia centenaria que sufren por su mutua hostilidad los judíos de Israel y sus vecinos de Palestina.

Hamás acepta la creación de un Estado palestino con las ‘fronteras del 67’, pero sin reconocer el Estado de Israel

Este 5 de junio se cumplen cincuenta años del inicio de la Guerra de los Seis Días (5-10 de junio de 1967). En esa guerra relámpago el ejército de Israel ocupó la Franja de Gaza (gobernada nominalmente por el muftí palestino de Jerusalén, pero administrada realmente por el Egipto de Nasser) y también Cisjordania (las bíblicas Judea y Samaria, anexionadas en 1950 al reino de los hachemitas de la ribera oriental del Jordán por el rey Abdullah).

Al contrario de lo que sucedió con los Altos del Golán (que, si bien no anexionados formalmente, Israel los integró en 1981 en su sistema administrativo a todos los efectos), los dos espacios palestinos mencionados se denominan en la jerga oficial israelí “los territorios”, un término jurídica y políticamente ambiguo que, en cualquier caso, designa unos espacios oficialmente ajenos a la soberanía estatal de Israel. Aunque, para lo que aquí nos interesa, Gaza (un territorio de 363 kilómetros cuadrados de extensión) y Cisjordania (5.879 kilómetros cuadrados) deben retornar -según la opinión unánime de las organizaciones palestinas- a la situación existente el 4 de junio de 1967. Lo que significa, según dichos grupos, la reintegración de dichas tierras a la soberanía de los propios palestinos. En este sentido, el nuevo documento de Hamás no es más que la continuación de los pasos recorridos en diferentes fechas anteriores por Fatah, la OLP y, naturalmente, después de Oslo, por la Autoridad Palestina.

Sin embargo, señalar la data del 4 de junio de 1967 es lo mismo que remontarse al primer semestre de 1949 porque entre ambas fechas no se produjo cambio territorial alguno, al menos no con la participación del Estado de Israel. Pero, al mismo tiempo, la fijación palestina con la citada fecha del 4 de junio de 1967 entraña un olvido consciente de un tiempo más remoto, significa un silencio político que incluso hoy muestra la legitimidad (o su ausencia) de algunos argumentos morales sostenidos por cada uno de los contendientes. Pero vayamos por partes, dejando para el final lo que sucedió en los meses posteriores a la histórica Resolución 181, aprobada por la Asamblea General de la ONU el 29 de noviembre de 1947, que decidió la partición de Palestina (27.000 kilómetros cuadrados) en dos Estados independientes.

Durante el período febrero-julio de 1949, los israelíes y sus enemigos Egipto, Líbano, Jordania y Siria, de manera separada y bilateral, firmaron cuatro armisticios en la isla griega de Rodas en cumplimiento de la Resolución 62, adoptada por el Consejo de Seguridad de la ONU el 16 de noviembre de 1948. ¿Cuál era la finalidad de esa norma internacional? Pues la trascendente y al mismo tiempo limitada de acordar el alto el fuego tras la guerra de 1947-48, estableciendo las líneas de demarcación provisional (en ningún caso fronteras) que no debían cruzar los ejércitos implicados. Como a cada uno de los acuerdos (que no tratados) de armisticio se adjuntó un mapa donde se la trazaba y rotulaba con dicho color, a partir de ese momento la raya de separación entre israelíes y palestinos fue conocida con el nombre de “línea verde”.

Sólo se alcanzará la paz definitiva entre israelíes y palestinos cuando ambas partes acepten la existencia de dos Estados

Por lo demás, esa línea confirmaba casi en su integridad los resultados espaciales que dejó el fin de las hostilidades del mencionado conflicto bélico de 1947-48. Lo único que cambió entre la firma de dichos armisticios en 1949 y el 4 de junio de 1967 -como antes dije- fue la voluntad de facto o de iure de los egipcios y los jordanos de no respetar la decisión adoptada por la ONU en noviembre de 1947 sobre la partición del territorio entre dos Estados. Unos y otros no sólo negaron la soberanía del pueblo palestino sobre Gaza y Cisjordania. Egipto y Jordania ni siquiera concedieron a dicho pueblo, árabe como ellos, ningún resquicio de autonomía sobre su propio territorio.

En el acuerdo de alto el fuego suscrito por Israel y Egipto se dice literalmente sobre la línea de demarcación: “No debe ser considerada de ningún modo como una frontera política o territorial; está marcada sin perjuicio de los derechos, reivindicaciones y posturas de ambas partes en el momento del armisticio en cuanto se refiere al arreglo definitivo de la cuestión palestina”. Por su parte, en el acuerdo firmado por Israel y Jordania el 13 de abril de 1949 se dice lo siguiente: “Las disposiciones del presente acuerdo están dictadas, exclusivamente, por consideraciones militares”. ¿Qué había sucedido en los meses anteriores?

Cuando vio la luz la Resolución de partición de noviembre de 1947, la Palestina histórica tenía una extensión, como antes dije, de 27.000 kilómetros cuadrados. Al futuro Estado de Israel la ONU le adjudicó algo más de la mitad de ese territorio, exactamente el 54%. Una cuota que no incluyó el enclave conjunto de Jerusalén y Belén (por un total de 700 kilómetros cuadrados), que quedaría sujeto en el futuro a una administración internacional. A todos los datos anteriores se los llevó el viento de la realidad.

Los palestinos y sus aliados árabes no aceptaron la partición, iniciaron desde el primer momento las escaramuzas contra sus vecinos judíos y cuando, tras la salida de la región de las tropas británicas, el 15 de mayo de 1948 los judíos constituyeron su Estado, le declararon la guerra. En el curso de la misma, los israelíes ampliaron su territorio inicial, redondeando su posesión sobre Galilea al mismo tiempo que se expandían por todo el Desierto del Negev. Al firmarse los citados convenios de armisticio, Israel detentaba unos 20.700 kilómetros cuadrados, un tercio más de su lote inicial. Los palestinos, por el contrario, tuvieron que conformarse con dos “islotes” de tierra desconectados entre sí: las tantas veces mencionadas Cisjordania y Gaza, con una superficie conjunta de 6.242 kilómetros cuadrados. A ese resultado de la primera guerra árabe-israelí los palestinos lo denominan las “fronteras del 67”, es decir, el statu quo existente el 4 de junio de 1967.

Como sus antecesores en la lista histórica palestina, la organización Hamás (diga lo que diga de forma explícita) se ha visto forzada con el paso del tiempo a reconocer dos conclusiones obvias. La primera es que su rechazo (en el caso de Hamás, desde su nacimiento en 1987) a la decisión internacional de noviembre de 1947 sobre la partición de Palestina y la consiguiente fundación de dos Estados fue ilegítimo. La segunda es que la exigencia a Israel de la devolución de los territorios ocupados durante la Guerra de los Seis Días y la intención de los palestinos de regresar a la situación de partida del 4 de junio de 1967 supone admitir, sancionar y bendecir políticamente por los propios palestinos los resultados de una contienda bélica. O, lo que es lo mismo: revalida el supuesto derecho de conquista del Estado de Israel sobre el excedente territorial a su favor que sale de comparar el territorio israelí en su momento fundacional con el territorio ocupado al firmarse en 1949 los acuerdos de armisticio.

Personalmente, como tantos otros, pienso que sólo se alcanzará la paz definitiva entre israelíes y palestinos (si todavía estamos a tiempo respecto a su viabilidad efectiva) cuando ambas partes acepten la existencia de dos Estados. Lo que, sin embargo, no puede significar que olvidemos la gran contradicción palestina; la consistente en omitir y hacer tabla rasa de un fenómeno histórico irrebatible: que en 1947-48 (una época en la que Judea y Samaria se encontraban libres de militares y colonos judíos, y, por tanto, no había ningún argumento sólido para desatar una guerra contra los judíos de Palestina) el joven Estado de Israel sufrió una agresión bélica que sólo buscaba su destrucción. Lo mismo que posteriormente sucedió en los días preliminares al 5 de junio de 1967, que Israel se vio obligado a neutralizar anticipándose al ataque conjunto de Egipto, Siria, Irak y Jordania con una acción bélica preventiva que ha pasado a la Historia con el nombre de la Guerra de los Seis Días.