La trayectoria política de Rodolfo Martín Villa es quizá la más larga de todos los dirigentes españoles vivos y de casi todos los que ya han muerto y participaron en el proceso de la Transición. Y esa trayectoria acredita de manera indiscutible su decisiva aportación al proceso que llevó a España a alcanzar su objetivo de homologarse con el resto de las democracias occidentales.

Martín Villa, vinculado desde su juventud al mundo sindical, y perteneciente a lo que se conocía entonces como los reformistas del régimen, es gobernador civil de Barcelona cuando muere Franco pero es llamado  por el presidente Carlos Arias Navarro para que entre a formar parte del primer Gobierno de la Monarquía como ministro de Relaciones Sindicales. Desde que asume la cartera intenta abordar la reforma de los Sindicatos Verticales con el objetivo básico de suprimir la obligatoriedad de sindicación impuesta por el franquismo. Pero fracasa en su intento porque los muy tímidos proyectos de reforma política emprendidos por ese Gobierno se estrellan contra el muro de la intransigencia del franquismo ortodoxo, con plena capacidad de influencia política por entonces, de modo que su reforma sindical fracasa junto con la reforma política nonata de Manuel Fraga, ministro de la Gobernación.

Pero tanto Martín Villa como Fraga son los autores del primer atisbo de intento de apertura política de aquel Gobierno Arias cuando autorizan en el mes de abril de 1976 la celebración del XXX Congreso del sindicato socialista UGT, que tiene lugar en España por primer vez en los últimos 40 años. Un congreso que se cerró con varios cientos de asistentes, incluidos los representantes sindicales de todos los países que asistían al acto, cantando a voz en cuello La Internacional sin que la Policía, que vigilaba los alrededores, interviniera en ningún momento.

La primera prueba seria y decisiva a la que tuvo que enfrentarse como ministro de Relaciones Sindicales fue el movimiento huelguístico

Pero la primera prueba seria y decisiva a la que tuvo que enfrentarse Rodolfo Martín Villa como ministro de Relaciones Sindicales fue el movimiento huelguístico más importante vivido hasta entonces en España, que afectó a todos sectores y a todas las zonas geográficas del país. En enero de 1976 los conflictos obreros alcanzan una magnitud desconocida hasta entonces. “Aquello afectó”, recuerda, “a la totalidad de la economía nacional y del movimiento obrero”.

Las huelgas de enero tienen un carácter netamente político y han sido preparadas y alentadas, a través del sindicato Comisiones Obreras, por el Partido Comunista de España. Lo que el PCE intenta es llevar el movimiento huelguístico hasta su nivel máximo con el propósito de alcanzar una huelga general política capaz de provocar la caída del régimen. “La huelga política era la única arma para presionar para cambiar el sistema, no quedaba más camino que ése”, reconocía Carrillo. “Nunca conseguimos hacerla. Pero ese año, en enero de 1976, tratamos de empujar eso adelante”.

El Gobierno lo interpreta como un desafío que amenaza cualquier intento de apertura política porque, si se ponía en peligro el orden, la paz social, uno de los bienes que el franquismo había vendido como un logro propio, los ortodoxos del régimen se alzarían contra todo intento reformista y lo aplastarían definitivamente. En esta huelga lo que pase en Madrid va a ser la piedra de toque; dentro de Madrid, los servicios públicos y, dentro de éstos, el Metro. El  Metro de Madrid se paraliza el 5 de enero y el Gobierno, en lugar de militarizar al personal  -lo cual significaba aplicarle el Código de Justicia Militar en lugar  de las normas laborales-, decide emplear a los militares para dar el servicio público, y el 7 de enero el Metro vuelve a funcionar.

En Madrid la tensión laboral remite a finales de enero pero en febrero Cataluña toma el relevo. A finales de febrero, sin embargo, la ola de huelgas ha remitido en toda España… salvo en Vitoria, donde los protagonistas del conflicto, obreros, empresarios y autoridades, se muestran incapaces de encontrar una salida a un conflicto que se va tensando con los días y donde la situación es cada vez más brutal e insostenible.

La voz cantante en Vitoria la llevan unas Comisiones Obreras Anticapitalistas que son una escisión del frente obrero de ETA

Lo representantes del sindicato oficial han sido tajantemente apartados de toda negociación, los representantes de UGT y de CCOO han sido relegados a un papel secundario y la voz cantante la llevan unas Comisiones Obreras Anticapitalistas que son una escisión del frente obrero de ETA.  “Vitoria no fue un conflicto laboral, fue un conflicto político”, dice Alfonso Osorio, por entonces vicepresidente segundo del Gobierno. “Varios ministros estábamos preocupadísimos, ente ellos Martín Villa, Adolfo Suárez [ministro Secretario General del Movimiento] y yo mismo. A mí me estaba llegando informaciones en las que se me advertía que todo aquello podía terminar en sangre. Hablamos con Fraga, pero Fraga mantuvo ante este conflicto una actitud extremadamente liberal: `Los empresarios españoles, nos dijo, están demasiado acostumbrados a que les resuelva sus problemas la Guardia Civil y eso, a donde vamos, no puede continuar así´. Pero nosotros sabíamos que aquello tenía muy serias implicaciones políticas”.

Finalmente, sucedió.  El 3 de marzo de 1976, en la puerta de la parroquia de San Francisco de Asís, caen muertos por disparos de la Policía tres trabajadores. Días más tarde fallecen otros dos. Hay 45 heridos de bala y el resto, hasta más de un centenar, por golpes. El ministro de la Gobernación está en Bonn y en su ausencia le sustituye Adolfo Suárez, que pasa esas dos jornadas, 3 y 4 de marzo,  pendiente de que la situación no vuelva a desbordarse. Pero la conmoción y la indignación en la ciudad de Vitoria es incontenible y el ambiente en el funeral que se celebra en la catedral es electrizante y está cargado de ira. Mientras, se ha decidido que Fraga no adelante su regreso para no dar la sensación en el extranjero de que sucede algo grave. Pero la prensa internacional se ocupa a toda página de lo sucedido en Vitoria y del demoledor golpe político que lo ocurrido supone para el crédito democrático de este Gobierno, ya muy falto de él.

La verdad es que he pasado momentos difíciles, duros y hasta amargos en la vida política, pero para mí el olvidar aquello es muy difícil”

El sábado día 6,  Manuel Fraga, que ya ha regresado de Alemania, viaja a Vitoria en helicóptero.”Fraga” recuerda Martín Villa, “me pidió que le acompañara. Yo era entonces un ministro joven, si se quiere un ministro de segunda frente a Fraga, que era un ministro de primera. Nos recibieron, a Fraga más que a mí, por aquello de que [él] era el ministro conocido, insultándonos. Uno de los familiares nos preguntó si veníamos a rematar a las víctimas. Yo, la verdad es que he pasado momentos difíciles, duros y hasta amargos en la vida política, pero para mí el olvidar aquello es muy difícil”.

Independientemente de los efectos políticos que los sucesos de Vitoria tuvo en el ya menguante crédito reformista y democratizador de aquel Gobierno, el somero relato hecho aquí de lo sucedido pone de manifiesto el nulo papel y la total inexistencia de responsabilidad de Rodolfo Martín Villa en la tragedia de Vitoria, que fue el resultado dramático de un conflicto que hacía meses que había dejado de ser laboral y había entrado de lleno en un callejón sin salida de naturaleza netamente política. Y que fue  gestionado desde el comienzo con extraordinaria torpeza por parte de todas las partes en conflicto y con una evidente miopía política por el entonces ministro de la Gobernación. La única participación en los sucesos sangrientos de Vitoria de Rodolfo Martín Villa fue la de acompañar a Manuel Fraga a visitar los heridos. Por eso carecen de fundamento histórico las acusaciones que los dirigentes de Podemos Pablo Iglesias e Irene Montero le vienen haciendo y ayer formularon en el Congreso de los Diputados.

Carecen de fundamento histórico las acusaciones contra Martín Villa que los dirigentes de Podemos Iglesias y Montero le vienen haciendo

Pero Martín Villa no sólo es inocente de las atrocidades de las que le acusan los del partido morado. Es que este político es uno de los que contribuyó más decisivamente al proceso democratizador de nuestro país y uno de los que más empeño puso en lograr el acercamiento entre los líderes de los partidos de la oposición democrática y el Gobierno de Adolfo Suárez, decidido a alcanzar la reconciliación y el reencuentro entre las dos Españas.

Nombrado ya ministro de la Gobernación por el presidente Suárez, Martín Villa  asume lo que él mismo ha calificado como “la conducción del cambio”. Es decir, la tarea de gestionar el orden público en una situación política muy cambiante en la que se inicia el camino hacia la democracia, lo cual ensancha cada día el campo de las libertades.

Este político es uno de los que contribuyó más decisivamente al proceso democratizador y uno de los que más empeño puso en lograr el acercamiento

Durante el verano de 1976 convoca todos los gobernadores civiles para explicarles cuáles son los propósitos políticos del Gobierno y para darles instrucciones concretas de comportamiento respecto de la actuación de los partidos políticos y los sindicatos, que siguen siendo ilegales por entonces pero que iban a ser legalizados en un futuro más bien cercano. En sus tiempos se suprime la conocida como Brigada Político-Social, de tenebrosa memoria; la Policía Armada pasa a denominarse Policía Nacional y los uniformes grises, con toda  su carga simbólica de represión, son sustituidos por uniformes marrones.

Martín Villa padece durante toda su gestión en el Gobierno Suárez los ataques incesantes del terrorismo de ETA, del GRAPO, del FRAP y del terrorismo de ultraderecha, todos ellos empeñados en hacer intransitable el camino hacia la democracia que los españoles han empezado a recorrer. Durante el período en que él es ministro de Interior (julio de 1976-marzo de 1979) se producen 152 asesinatos terroristas.

Durante el período en que él es ministro de Interior (julio de 1976-marzo de 1979) se producen 152 asesinatos terroristas

Él es uno de los ministros que se entrevista uno por uno con todos los procuradores de las Cortes de Franco para convencerles que den su aprobación al proyecto de Ley para la Reforma Política, Y él es también quien da la orden para que se detenga al líder comunista Santiago Carrillo, que durante ese otoño ha estado haciendo numerosas apariciones públicas en Madrid para luego desaparecer limpiamente, dejando así en ridículo no sólo a la Policía española sino también al Gobierno en pleno.

“Yo pongo a cualquier ciudadano en el papel de ministro de la seguridad” dice Martín Villa, “que no es capaz de conseguir que sus servicios dejen de ser tomados el pelo por Santiago Carrillo. Y que conste que en el momento de la detención se me crea un problema político. Pero para mí era un problema mayor que hubiera un ciudadano que estuviera burlando continuamente a la policía, […] un servicio esencial del Estado”. Pero una vez detenido, Martín Villa se ocupa personalmente de proteger a Carrillo de cualquier posible agresión por parte de elementos ultraderechistas. “Yo aquella noche” recuerda el entonces ministro, “la pasé entera en el ministerio cuidando cada cuarto de hora la situación que se estaba viviendo. Yo suponía que, sabiendo que yo estaba encima y preguntando, eso serviría para aplacar y no para excitar”.

Confiesa que en la Semana trágica vio muy seriamente amenazado el proceso de transición a la democracia

Como ministro de la  Gobernación (la denominación cambia en julio de 1977) Martín Villa sufre en primera línea los ataques al proceso político en marcha que tienen lugar: en la Semana trágica son asesinados dos estudiantes, cinco miembros de un despacho de abogados laboralistas pertenecientes al Partido Comunista, dos miembros de la Policía Armada y un guardia civil. Siendo un hombre poco dado a la exageración, confiesa sin embargo que en ese periodo de diciembre de 1976 y enero de 1977 él vio muy seriamente amenazado el proceso de transición a la democracia.

Firmó oficialmente la autorización del PCE y, siendo ministro de Interior, se aprobó la amnistía

Él es uno de los pocos ministros que toma parte del rápido proceso de legalización del Partido Comunista en la Semana Santa de 1977 y es quien firma oficialmente la autorización que permite que el PCE quede inscrito en le Registro de Asociaciones Políticas, a partir de lo cual puede concurrir a las elecciones del 15 de junio de 1977 cuyo 40 aniversario se conmemora estos días.

Finalmente, y por no alargar más el relato de su trayectoria y de su aportación decisiva a la democracia española, debe añadirse que en octubre de 1977, siendo él ministro de Interior, se aprueba la amnistía por la que se declaran amnistiados todos los delitos de intencionalidad política, cualquiera que fuera su resultado, cometidos antes del 15 de diciembre de 1976, fecha del referéndum sobre la Reforma Política. Esa ley de amnistía permitió salir de la cárcel incluso a los terroristas con delitos de sangre, de modo que hubo un momento en España en el que no había ningún miembro de ETA en prisión. Muy pronto, sin embargo, empezaron a llenarse de nuevo las cárceles de asesinos etarras.

Su biografía política continúa mucho más allá. Esto no es más que un esbozo de su aportación a la conquista de la democracia que hoy disfrutamos. Pero basta para demostrar que no sólo es merecedor de la medalla conmemorativa que el Rey le entregó ayer sino también, y sobre todo, del reconocimiento y la gratitud todos los españoles.