Hay palabras que duelen, palabras que delinquen y hasta palabras que matan. Veo últimamente mucha gente en vilo con los líos tremendos que se pueden montar por decir una palabra fuera de sitio. Como si hasta ahora no se hubieran dado cuenta de que hay que tener con ellas el mismo cuidado que si manejáramos una mercancía peligrosa. Debe de ser porque durante años muchos las subestimaron temerariamente, porque el poder de las palabras siempre ha estado ahí.

El mismo material que alegra un fin de fiesta con fuegos artificiales puede causar un desastre. Con las palabras pasa lo mismo. La mezcla equivocada provoca una explosión. Somos, a veces, Tedax del lenguaje que en situaciones extremas tenemos que tomar en milésimas de segundo la decisión que marcará nuestras vidas: el cable verde o el cable rojo, el te quiero o el adiós.

Temen en Deliveroo que si llaman a las cosas por su nombre de repente les llegue un multón de la inspección de trabajo

Aunque en realidad, las palabras pueden ser mucho más peligrosas que los explosivos. Solo ellas tienen el superpoder de transformar la realidad: lo que no se nombra no existe. Por eso Deliveroo ha prohibido en la empresa utilizar las palabras “trabajador”, “contrato” y “salario” para evitar inspecciones. Esta plataforma de reparto de comida a domicilio solo tiene 80 trabajadores en plantilla pero los que se juegan la vida pedaleando por la ciudad con los paquetes son más de mil autónomos sin salario mínimo (ups, he dicho salario).  Y si se caen en un cruce o se les rompe la bici es su problema, porque no los considera trabajadores (uy, se me ha vuelto a escapar).

Temen en Deliveroo que si llaman a las cosas por su nombre de repente les llegue un multón de la inspección de trabajo con todas las letras y por escrito. Porque por escrito las palabras multiplican su poder.

Que se lo digan a los titiriteros que fueron a prisión por escribir en una pancarta Gora Alka Eta o a Casandra, la muchacha a la que por tuitear un chiste sobre Carrero Blanco que no estaba a la altura la condenaron por enaltecimiento de terrorismo.

Según las palabras que uno use lo pueden acusar de explotación laboral, de incitación al odio o de gilipollas.

Otros tienen más suerte y van por ahí utilizando las palabras sin ton ni son, como el tertuliano de Intereconomía que hace unos días amenazó con que si una transexual fuera “a la clase a la que están mis nietos”, él iba a ir “a la cárcel. Pero, además, con razón”.

Aquéllos que ahora andan con miedo porque ya no se puede decir nada deberían dejar de echarle la culpa a las palabras. Lo que a uno le vuelve un machista o un homófobo no es lo que dice, sino lo que piensa. Solo que gracias al lenguaje podemos descubrirlo.

Por eso hay que tener mucho cuidado con las palabras. Dependiendo de las que uno decida usar lo pueden acusar formalmente de explotación laboral, de incitación al odio o, simplemente, de gilipollas.