Esta fotografía no fue realizada por un profesional, sino por un enamorado que la quiso guardar para solazarse con su contemplación cuando la mujer –que fue durante muchos años su amante- retornara a su lejana casa y a sus quehaceres parisinos. En efecto, está datada en Chicago y en 1952, en el baño de una vivienda, la del improvisado fotógrafo, que se llamaba Nelson Algren, un mocetón yanqui, novelista de éxito que se había enamorado de ella.

Fue él quien le hizo alcanzar por primera vez esa descarga que se conoce con el nombre de orgasmo… Así lo confesaría, años más tarde, la bella que aquí vemos de espaldas mientras se arregla con sus dos manos el cabello. Un pelo castaño que su dueña se empeñaba en ocultar al público bajo un elaborado turbante.

La foto nos permite contemplar una espalda firme que se ciñe y estrecha en un grácil talle. Debajo relucen dos medias lunas que iluminan la escena: prietas y poderosas. Un culo comme il faut. Un notable trasero junto al cual, apretándolo con las dos manos, uno imagina poder pasar un largo y feliz invierno… Más abajo, hacia el suelo, están esos muslos rellenos y el corvejón carnoso fronterizo con unas pantorrillas bien formadas, aunque algo cortas.

Muslos rellenos y el corvejón carnoso fronterizo con unas pantorrillas bien formadas»

Pero la mujer –el lector ya lo habrá observado- no está completamente desnuda. Lleva puestos zapatos de tacón. ¿Son zapatos o se trata de esas zapatillas que usaban nuestras madres cuando querían aparecer en deshabillé pero elegantes? No, son zapatos… y si usa zapatos y no zapatillas, es porque, probablemente, está de paso. Pero ya he ido demasiado lejos, aunque no me resisto a suponer que el fotógrafo y la mujer disfrutan de unas vacaciones o, quizá, ese día –el de la fotografía- es domingo, probablemente, a media mañana.

O, mejor, es ya media tarde y tras la merecida siesta -que ha seguido al encuentro amoroso- la mujer ha saltado de la cama,  se ha metido en la ducha y, después de secarse, quiere arreglarse el pelo. Mas, sea como sea, de esta mujer –a quien no vemos el rostro en el espejo y no sabe que está siendo fotografiada- emana un perfume de humana tranquilidad, y nada nos extrañaría que, una vez él abandonara la cámara fotográfica sobre una silla que no vemos, se acercara por detrás a Simone de Beauvoir para restregar su cuerpo aún desnudo contra las nalgas bien dotadas de la chica, mientras sus manazas de laboratore atrapan amorosas los dos senos que a nosotros se nos ocultan.

Y de esta suerte, la áspera intelectual parisina, la autora de El segundo sexo y de Los mandarines (novela no muy buena que recibió el premio Goncourt), una mujer de quien siempre se dijo, maliciosamente, que vivía y crecía a la sombra de Sartre (de él se vengó sin piedad en un libro-despedida titulado La ceremonia del adiós), esta hermosa y distante mujer, humana y tierna ante un espejo, que vemos en la foto que apareció no hace mucho entre las cosas que dejó tras su muerte Nelson Algren, con quien ella compartió el lado más amable de la vida.